martes, 15 de mayo de 2012

DÍA 78. PRIMER POEMA



El primer poema que escribí para ti 
 llevaba el signo del anhelo.
Era inocente entonces y por eso creía
en la pasión de un príncipe que yo liberaría
de su cálida trampa.
Aquel primer poema 
fue una canción de luz 
encendida en tus brazos, atrapada
 en mi red de mariposa
Después volví a la tierra.
Posé mi fantasía de cristales hermosos 
sobre tu hierba fresca.
Ya en el cuarto poema 
había llegado el tiempo silencioso
en medio de un tropel de alas caprichosas,
circulando en los nombres, aventando a la prisa,
invadiendo los sueños,  pertrechado en las horas
y entonces,  me convertí en oculta gacela
 sin que te dieras cuenta .
Ha pasado la vida . Te escribí mil poemas.
He llegado a esta página.
Ahora no sé que nombre llevo, 
qué palabra me nombra.
Ya no soy mariposa,
ni gacela ni trampa.
Sólo sé que sostengo en mis manos la barca
en la que río abajo
navegamos
hacia un mar de palabras 

jueves, 3 de mayo de 2012

DÍA 77. LA CENA





Llegaron temprano.   Ángel los recibió  con una copa de ginebra en la mano. Sus primos habían traído un regalo de esos que uno lleva -de compromiso- cuando lo invitan a cenar.  Se trataba de una cesta con níscalos y setas. Junto al presente, llegaron los abrazos, las sonrisas, las palabras almidonadas, pretenciosas.  Ya conocía cada quien las máscaras de los otros. El tono falso con el que se trataban era viejo; venía de una antigua rencilla familiar por temas de herencia. Ángel los hizo pasar al salón de la casa con una efusividad mal ensayada.  Y allí estuvieron conversando largamente. Entre ponches y ginebras  fueron pasando, de los niños al último viaje a París, del delicioso aroma procedente de la cocina a la última película de los hermanos Coen.  Fue, instalados en la mesa del comedor y estando ya en el segundo plato, cuando los primos hicieron comentarios jocosos sobre el  hallazgo providencial de los enormes níscalos que habían traído, a lo que Ángel correspondió asegurándoles que en el almuerzo del día siguiente daría buena cuenta de ellos.  Enseguida añadió, sin meditar, que usaría una receta  pasada de generación en generación en su familia materna, arrepintiéndose nada más terminar de hablar. Ángel sabía que –por asociación de ideas-  todos habían pensado  al unísono lo mismo que él:  la receta de la que hablaba  había sido transferida tal como lo hacen  las herencias.   Un  incómodo silencio, sólo interrumpido por encorsetadas frases de cortesía sobre la decoración y otras nimiedades, se hizo del espacio y, para disgusto de los tres, se prolongó  hasta los postres. Saboreando el ligero mousse de limón, alguien tocó, de refilón,  el tema de las lindes, como si el asunto no despertara interés, como si hablar del tiempo se tratara. A la hora del puro, nuevamente en el porche, entre una somnolencia pertinaz y en aumento de los primos, un silencio profuso y rastrero se instaló entre ellos.  Los tres cavilaban: Ángel en cómo hacer frente a los hechos, tantas veces estudiados, que se sucederían vertiginosamente en cuanto terminaran de hacer efecto los somníferos mezclados con el postre; los primos  en los terribles síntomas que sufriría Ángel al día siguiente, tras la ingesta de las amanitas phalloides que esperaban por él en la cesta.