miércoles, 13 de junio de 2012

DÍA 80. INDIO



Demetrio Guacarán es un indio sabio.  Del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.  Tiene el pelo grueso y la mirada quieta y a esta hora suele echarse –como el sol– sobre un chinchorro de palma mientras en un fogón cercano se cuece para el hambre de unos pies descalzos:  cinco bocas hambrientas que juegan y esperan la llamada del indio, mientras él  ambiciona –sin ninguna esperanza– el veloz paso de las horas. Lleva, como una carga,  un sobre sin abrir entre la hilera de huesos en que se han convertido sus manos de indio rancio, pero... la tarde viene de a poquito, como el rabipelao, seguramente pa’ echarle una vaina y él lo sabe, claro que lo  sabe.  Lo supo esta mañana cuando  se miró viejo en el lodazal de la ciénaga y un zamuro cantó el nombre de su hijo Alcides, bajitico.  El indio olió a tufo de rejas justo en el momento en que la pequeña Amalia lo llamaba.  Lo hacía con esa voz limpia, -tan  parecida a la de su madre muerta– haciendo volar un sobre blanco; corre que te corre por el campo, con los brazos en alto, libre y escuálida como la grama que pisan sus pies sin zapatos.
        Un domingo, Demetrio sentó a Alcides bajo la churuata y, tomando caña, se lo explicó clarito, con estudiada complicidad, como quien no quiere la cosa.  Mientras el hijo sacaba al aire sus ganas de lejos y los vasos de caña compartidos iban menguando su guardia, le avisó que la ciudad no era de ellos, que era un enemigo dispuesto a darles caza y a comérselos vivos, si era preciso. Pero él no quiso creer en su sabiduría y una mañana de lluvia endemoniada, no lo encontró.  Tuvo por cierto que lo hallaría comiendo pomarrosas detrás del cerro donde alguna vez  se escondía  cuando era muchacho pero,  no  estaba.  Y  durante  cinco años,  inmensos  como una sabana, no estuvo más hasta esta tarde, cuando tampoco estaba.
        La carta que le entregó Amalia le duele sin abrirla porque conoce de sobra sus secretos cerrados con saliva, secretos mecidos por un chinchorro a las tres de la tarde, con un sol dormido como un lagarto con intención de quedarse para mortificarlo y hacerle más pesado el trance. Amalia y los otros niños siguen jugando en el fondo de la choza, ocultos a la verdad de su hermano metida en un sobre.  El indio observa sus pies descalzos pero mira más adentro para ver las huellas francas de sus pasos en la tierra, corriendo libres sobre la tarde densa, y sonríe.
     Con el calor siempre chorreante de esta parte del sur y la sonrisa ya vencida, al indio Guacarán se le presenta de puntillas el recuerdo de la noche en que enseñó a pescar sapoaras a su primogénito.  Fue bajo la luna –como debe hacerse– cuando aún Alcides era un hilo de bejuco vivaz y risueño,  y  no  era  tiempo  de  que  las  ganas  de  lejos le tocaran de cerca porque, conuco y tierra vivían pegados a su ombligo todavía.  Mientras vigilaba los cordeles sumidos en la quietud del río, el muchacho Alcides no escuchaba, ni decía; sólo jugaba a ser hombre y ese juego su padre –el indio– lo dominaba y, por ese entonces, ganaba siempre.
     –Caramba, muchachito, pescaste dos sapoaras.  La Negra se va a poner contenta.
     –Sí, padre.  Van a quedar sabrosas.  Va usté a ver la cara de madre cuando las vea y… ¿le va a explicar usté que las pesqué yo?
    –Claro que sí mijito, ¿acaso no es la puritica verdad?
    Ahora ese muchachito le escribe una carta que le sabe feo sin probarla… y esa carta la tiene atragantada y le ha ganado el miedo a abrirla pues teme que, al hacerlo, brote candela y se le quemen las ganas de vivir.
     Los niños chillan mientras se pierden, por la vereda del tamarindo enano, con el hambre olvidada, hacia la mancha de maíz que aún no viene.  Juegan con el aire como si fuera un juguete invisible.  Juegan y el padre les observa.  Juegan y el padre los ama más fuerte que nunca, a prudente distancia –como debe hacerse–.
     El sol agrede, con su llama viva, al indio sabio.   Le llega la soledad de cuerpo entero –toda oscura y de golpe–.  Él la reconoce.  Es la misma que se le arrimó la noche en que murió la Negra –la mujer que le parió seis hijos–.  Ella se fue, llamando al hijo ausente, sin poder verlo antes del gran viaje.  Y  es  eso, precisamente, lo que él no quiere que le suceda: Alcides, caramba, ya no vuelves…, regresa para una palabra.
     Ay, pero esta vez la soledad viene para quedarse y él lo sabe, claro que lo sabe.  Vino para quedarse prendida de una carta, porque él adivina que ese sobre blanco lleva encerrado consigo mala cosa: ¿quién sabe si la muerte?, porque  ¿quién  sabe  si  las rejas?.  Y es  que, la vida y la libertad  son  las cosas que un indio sabio, como Demetrio Guacarán, teme perder porque, como él bien dice: eso es lo único que un indio tiene.
       El viento rastrero de sus recuerdos baja desde el cerro. Por eso, su viejo cuerpo tiembla sobre el chinchorro cuando sus dedos, viscosos de romper la tierra, no logran abrir el sobre blanco y se mira viejo en el lodazal de la ciénaga y la niña Amalia corre con la carta en su mano y llueve como si la lluvia no fuera a acabarse.  El viejo busca a Alcides comiendo pomarrosas, al tiempo que cimbrea una dolencia de muerte hasta su cuello,  y caramba muchachito, pescaste dos sapoaras.  La carta habla y  le llama:  ¡padre!, sin que al indio le quede aliento para girar la cabeza y verse –ya por última vez– en los ojos de Alcides que ya está de vuelta, lejos de los mundos ajenos, sin que sus labios puedan pronunciar una  última querencia.
     La carta  anunciadora del regreso del hijo, resbala –sin abrir– fuera  de  las  manos  de Demetrio cuando la madre negra asoma detrás del tamarindo.  El indio puede verla mientras Alcides y los niños gritan su nombre, para espantar la tarde, que se marcha serpenteando, anunciando, afirmando que… Demetrio Guacarán, caramba, … era… un indio sabio y que del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.


©Isabel Expósito Morales 
*De Cuentos de estas y otras orillas, Domicran, 1995

5 comentarios:

  1. Me ha fascinado el lenguaje que has utilizado en este cuento, tan visual, tierno y efectivo...
    Isabel, muy hermoso y dulce, con una hondura sentimental de quilates. Tu indio Demetrio me ha atrapado y casi chillo de pena cuando "cimbrea una dolencia de muerte hasta su cuello" (qué expresión más bonita). Volvió Alcides para su muerte, ¡pobre Demetrio!
    Un grandísimo abrazo.

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  2. Ya conocía este cuento tuyo pero lo encuentro mucho más hermoso cada vez que lo leo. Triste pero bello.

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  3. Este cuento tiene una belleza guajira. Con palabras que he de desentrañar, pero que se intuyen. Un lenguaje que me hace recordar al poeta venezolano Ernesto Luis Rodríguez. Es un cuento para leerlo muchas más veces para llenarse de unos sentimientos entrañables y de unas vivencias tan cercanas como humanas. Una delicia Isabel. Lo atesoraré.Un fuerte abrazo.

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  4. Gracias Isabel, Bri, Tanci. Este es un cuento que me traje en la maleta desde Venezuela: dieciséis años de mi vida allí, lo escribieron por mí.

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  5. Qué buena utilización del lenguaje, qué buen uso de la narración. La vida de ese indio es más grande que la vida.Merece más de una lectura. Y de dos.

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