viernes, 27 de octubre de 2017

CARTA PARA SUSANA In memoriam

  

  Hay infinidad de cartas navegando en mis aguas: cartas largas, cortas, intensas, ligeras, sublimes, alegres, taciturnas. Aquellas que escribí movida por el amor, el dolor, la nostalgia, el deseo;  otras de las que fui destinataria, escritas para mí desde el cariño, la  obligación, el apremio, la soledad, el recuerdo. En esas mismas aguas discurren, incluso, aquellas cartas que esperé  detrás de la certeza de que no llegarían y que, sin embargo,  nadan en lo que hoy soy como si el remitente las hubiera escrito. Muchas han sido las cartas, es verdad, pero ninguna tiene más peso que aquella que no tuve el valor de escribirte, amiga mía...
    Por eso, y porque hoy es octubre 27 otra vez, ante esta página me dispongo a dejar volar esta misiva que no hablará de culpa, ni de dolor, ni de adioses para siempre, una carta que alce el vuelo por esas líneas invisibles del amor y la memoria, para que llegue a ti dondequiera que estés.
    

    Hola Ché, por fin me he sentado a escribirte la carta que bulle en mi cabeza desde hace tiempo.  Ya sabes como soy y como me cuesta enfrentarme a lo que duele. He ido postergando el momento, embutida en este egoísmo nacido del miedo, tan mío que  conoces.  Mientras tanto, el tiempo  va pasando tirano, cruelmente veloz, con su empecinada pretensión de que todo se apague o se atenúe o se olvide. No, no lo ha conseguido: tu vida en mí es nítida y aún late agazapada en mis rincones.  Recuerdo el día en que nos conocimos.   Yo por aquel entonces ahogaba mis días en aquel rincón del campus, en espera de un cupo en la universidad, ¿recuerdas?.  Yo tenía entonces apenas diecinueve años y casi estaba al principio de todo: aún era mía la inocencia.  Tú llegaste a mi vida aquella tarde de agosto de mil novecientos setenta y ocho, con tu porte elegante de mujer del sur, tu acento entrañable de Montevideo y ese particular empaque que debe ser oriundo  del intelecto de Pocitos, ya sabes: una sifrina intelectual de izquierda suave  (ahora me habrías dicho: ¡mocosa atrevida!.)  Entraste a aquella oficina detrás de ese despiste elaborado de los genios, ese que siempre cultivaste, muy a tu pesar…(o al de tus amigos?) Me acribillaste a preguntas sobre casi todo: estabas recién llegada a Guayana y como decía nuestro amadísimo Enrique, estabas  perdida . Entre otras muchas cosas, pretendí ponerte al tanto de dónde coger los "carritos por puesto", pero eso debió sonarte a chino, lo vi enseguida en tu cara.  Así que te invité a ir conmigo a Puerto Ordaz aquella tarde para que de ese modo aprendieras  cómo hacerlo.  Conectamos enseguida, yo descubrí en ti un libro abierto en el que aprender, una mente sabia y lúcida en la que poder reposar mis ansias de conocimiento, una amiga con la que contar, dispuesta siempre a escuchar.  Supe algo después, porque Enrique me lo contó, que tú me quisiste desde el primer momento, “es un alma buena” fue lo que dijiste.  Cuando lo supe, firmé definitivamente los papeles de la adopción y fuiste mía por siempre jamás hasta el día de hoy en que también lo eres.
Te quiero, Susanita y amaré tu memoria siempre



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