Cartografía del deseo y sus territorios
En En tu casa o en la mía, el poeta Antonio Arroyo Silva construye
un recorrido que atraviesa tres espacios —De amor y desmemoria, El
dulce fruto de vivir y La vulva del volcán— que pueden leerse como
una progresiva exploración del deseo: desde la evocación íntima hasta su
manifestación más física, para llegar a su dimensión más primaria y telúrica,
finalmente.
El propio título del poemario, En tu casa o en la mía, propone ya una clave de lectura: el cuerpo y
la intimidad como lugares que se habitan, se comparten y se negocian. No es una
pregunta, sino más bien una forma de situar el deseo en el espacio concreto
donde ocurre el encuentro. Desde el poema que abre la primera sección —donde el
amanecer es «la excusa del siempre» y los cuerpos que se aman son «la fiesta
del mundo»— el libro establece sus coordenadas: una celebración que no renuncia
a la conciencia de su propia fugacidad.
La primera sección, De amor y desmemoria, se mueve en un registro
más contenido, donde el amor aparece atravesado por la memoria y su desgaste.
El deseo aún no se despliega plenamente; se insinúa en la pérdida, en la
evocación de lo que fue o pudo haber sido. «La dulzura salvaje, la que duele primero»,
escribe el poeta en el poema que abre el libro, citando a Aleixandre: un
vínculo con la tradición que no es ornamento sino declaración de intenciones.
Esta zona inicial construye un sustrato emocional desde el cual el libro
comienza a avanzar.
En El dulce fruto de vivir, el poemario se abre a una imaginería
sensorial intensa. Las frutas —limón, sandía, granada, uva— se convierten en
eje simbólico de una exploración del cuerpo: la pulpa, el jugo, la mordedura o
la fermentación funcionan como modos de aproximarse al deseo desde lo táctil y
lo gustativo. La experiencia de lectura se vuelve física, casi palpable. Son
especialmente notables «La granada», donde el erotismo se articula con
precisión ritual —«Entra el cuchillo en el panal de abejas / granates»—, y «La
sequía», que interrumpe la celebración con una voz que registra la pérdida con
una honestidad austera: «Ya no sé qué perdí. Ya no importa». Esta tensión entre
gozo y duelo es lo que le da profundidad a la sección.
El tránsito hacia La vulva del volcán marca un desplazamiento
decisivo. El libro abandona progresivamente la mediación simbólica para
situarse en un territorio más directo: el cuerpo ya no se sugiere, se afirma.
El volcán —la Tajuya, el Tajogaite, la lava que fue y el magma que viene— se erige
en imagen central de una energía que desborda, transforma y remite a un origen.
El lenguaje gana en tensión y densidad, y el erotismo incorpora una dimensión
más radical donde conviven placer, riesgo y desbordamiento.
Los momentos más interesantes de esta última parte son aquellos en que el
poeta vuelve la mirada sobre el propio acto de escribir. En «Antipoema al
volcán» Antonio Arroyo llega a cuestionar sus propias premisas —«Me he atrevido
a decir que un volcán / no me causa emoción»— para concluir que la negación
también es un modo de estar habitado. Este gesto autocrítico, que evita el
cierre complaciente, abre el libro a una lectura más compleja y le otorga dimensión
reflexiva que eleva la totalidad.
Leído en su conjunto, En tu casa o en la mía propone una
cartografía del deseo: un itinerario que va de la memoria al cuerpo, y del
cuerpo a una forma de energía que traspaso lo íntimo para inscribirse en la
materia misma del mundo.
Gran poeta, Antonio Arroyo Silva. En tu
casa o en la mía no es un libro menor dentro de su obra. ¿Cómo puede serlo un poemario que no pregunta
dónde ocurre el deseo, sino que lo convierte en lugar?
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