viernes, 30 de septiembre de 2011

DÍA 29. LIBROS

 El   día  que  mis  padres  decidieron  comprar  a  plazos   la Enciclopedia Uthea para la Juventud, fue un día glorioso para todos los de casa y, en grado sumo,  para mí, pues con ella se me abrieron mil ventanas, a través de las cuales podía ver, conocer y disfrutar de todo lo maravilloso que el mundo podía ofrecer, sin salir de las cuatro paredes de la casa.
   Que mis padres dieran prioridad, en esos tiempos de absoluta escasez, a la compra de unos libros antes que a la ansiada televisión, es algo que siempre les agradeceré, pues con ese gesto -no  sé si estudiado o fortuito-, me regalaron algo maravilloso que, a partir de entonces, me ha acompañado siempre: el amor a las palabras.  Esos fueron mis primeros libros, los diez tomos completos de la fascinación más absoluta.  Mi padre también gozó con ella, sin lugar a dudas, y ahora que lo pienso tal vez fue su propio interés por conocer, el que trajo esta enciclopedia a nuestras vidas.  Recuerdo tardes especiales en que, mientras mi padre leía con fascinación en alguno de los tomos, supongo yo ahora que detalles sobre algún país o sobre la vida de algún personaje de su interés,  mi madre estaba sumergida en sus labores de casa –como correspondía entonces sin remedio-, y mis hermanos seguramente navegaban sin rumbo en sus juegos por un rato, yo transcribía en mi cuaderno del cole con la mejor letra que podía, que nunca fue buena, algún poema pescado en las páginas de mi  bendita enciclopedia, como parte de mis obligadas copias diarias, para sorpresa de don Juan, mi maestro.  Gracias a esas copias rutinarias que, ciertamente nunca me disgustaron, hoy gozo de buena ortografía y de un vocabulario razonable.
De la a la z, los doce tomos guardaban tesoros que poco a poco fui descubriendo.  Fragmentos de las Mil y una noches, Lazarillo de Tormes, El Quijote, poemas de Góngora, Santa  Teresa de Jesús,  Antonio Machado, paisajes en blanco y negro de países lejanos a los que soñé ir alguna vez, en fin, todo el mundo pasado y presente en mis manos, y el futuro en mi cabeza, repleta de utópicos proyectos alimentados de mucha ilusión. Era tiempo de soñar ser y hacer lo que quisiera porque todo estaba por venir, porque todo estaba por decir en las miles de páginas en blanco del resto de mi vida.




De  Palabra a palabra  ©Isabel Expósito Morales













jueves, 29 de septiembre de 2011

DÍA 28. Volar

Volar para volar para volar
y en el vuelo ser mar,
ser ola y playa,
abanico de espigas, pan y savia.
Volar para volar, alas y alas
de luz sobre la casa
y las esquinas
donde late el deleite
que es la vida.
Y en el revuelo ser, ser en el vuelo
ave de viento
y bruma;
.
pájaro cierto
que en el volar volar
resuma el tiempo
en palabras, en versos:
en poesía.



©Isabel Expósito Morales    

De Cuaderno de viaje, 2011

miércoles, 28 de septiembre de 2011

DÍA 27. EL HIERRO

Llegó el día en que la tierra late de emoción, repetidas, múltiples veces.  Vibra su corazón de fuego por el deseo, la voluntad precisa, de salir a la luz y hacerse isla. Le guía la premura por seguir las huellas indelebles de San Borondón. Sólo busca plasmar su estremecimiento a las orillas de algún mar en calma. No pudo haber encontrado lugar más hermoso para hacerlo:  El Hierro.



©Isabel Expósito Morales

martes, 27 de septiembre de 2011

DÍA 26. ¿Qué fue del dinosaurio de Monterroso?

Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.  Aún tuvo tiempo de acariciarlo y de ver en sus ojos prehistóricos el reflejo del agua, antes de la extinción.  Después, volvió a cerrarlos para seguir soñando.



o
Fotografía de  © Luis Eduardo Pérez
Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. La luna aún tuvo tiempo de hacerle compañía aquella última noche.



©Isabel Expósito Morales



lunes, 26 de septiembre de 2011

DÍAS 25. A bordo

A bordo de los días,
abrazada a las horas,
los minutos doblados
en páginas de agua.
A bordo de tus manos,
navegando en el tiempo,
tomo nota del viaje ...
de hoy para mañana.
Alimento segundos con tu voz en mi oído,
doy zancadas de estrella,
me sumerjo en la vida
que dibujo en bitácoras.

©Isabel Expósito Morales

sábado, 24 de septiembre de 2011

DÍAS 22 Y 23. Imaginario

En mi pueblo hay rutas que llevan
a la tierra heredada de las fábulas.
Sólo hay que madrugar en el recuerdo,
hurgar en los recodos del abuelo
y volar a lomos de caballos alados,
no en vano,
poseemos un lugar donde bailan las brujas
sobre las noches de los tiempos.


De Isla Absoluta, 2005
©Isabel Expósito Morales

jueves, 22 de septiembre de 2011

DÍA 21. Haikus

El horizonte
blande luz en el agua
como tus ojos


                                               Como tus ojos
                               el horizonte clama
                               luz en el agua




©Isabel Expósito Morales

miércoles, 21 de septiembre de 2011

DÍA 20. LA PIEL DE LA MEMORIA

Decir un nombre ahora,
es invocar un secreto de efigies,
es despertar la casa del origen
con dedos de marfil:
fuente primigenia
desde donde vuelan
estos atavíos sudorosos y cálidos,
llenos de victorias.


                            Decir un nombre, 
                            es pronunciar el nombre de todas las cosas,
                            sin la separación que el tiempo trajo
                            doblado en la contienda.
                            Nombrar es recordar,
                            decir besar tocar
                            la piel de la memoria.


De Isla Absoluta, 2005.                           

martes, 20 de septiembre de 2011

DÍAS 17, 18 Y 19. Isla



Nació en una isla pequeña y grávida, diminuta en la inmensa soledad de un océano amigo, enemigo, cotidiano.  Una isla donde la historia y la leyenda, lo real y lo mágico, las supersticiones y los sueños, pasearon de la mano por su niñez con aires de mar, bruma, agua...
Creció sabiendo que la mar y el mar eran cosas distintas.  La primera, había dejado algunas viudas en el pueblo, llevándose a sus hombres hacia una eternidad de sal.  El mar, sin embargo, les entregaba -solidario- sus ocultos tesoros para saciar el hambre y avivar los sueños.
En las tardes frías de invierno, cuando la bruma era la dueña pertinaz del paisaje y, pertrechada de presagios y sombras, susurraba a las puertas, a la luz de un quinqué, la abuela le contaba historias.  Así, oyó hablar del árbol santo que manaba agua y de Canifagua, su celoso guardián, siempre atisbando el mar en busca de señales venidas de un horizonte inalcanzable. Después de oírlas, dormían bajo el efecto mágico de estas leyendas y en sus sueños danzaban, en un ritual de isla: mar, bruma y leyenda, ya pegados como un sello a sus vidas para siempre.


De  Palabra a palabra (fragmento)

sábado, 17 de septiembre de 2011

DÍA 16. MANOS

Marian me dijo un día, mientras la profe de Latín hablaba de Cicerón, que la primera cosa que observaba en un hombre, eran las manos.  El asunto consistía en indagar muñeca abajo, lentamente, para no perder ningún detalle delator al que poder engancharse, para sumar o restar puntos, según fuera el caso.  Diez puntos era la nota máxima, de modo que una piel seca y gastada, restaba un punto, pero unas manos demasiado cuidadas, con uñas concienzudamente cortadas, limadas y esmaltadas, convertía a su dueño en un cero redondo.  Me resulta difícil recordar con total precisión cuáles eran los atributos de sus manos diez, aunque quizá me ayude evocar las manos de Miguel, flanco de nuestra mutua pasión aquel verano del setenta y cinco. 

Solía citarme con Marian y Miguel en la playa de Naos, bajo el sol demasiado cariñoso de agosto, con el propósito de compartir el aburrimiento común de un verano que, entonces, se vislumbraba largo y desprovisto de encanto.  Ellos, por su lado, también se reservaban horas propias para la lucha contra el tedio, pero ésas a mí, me estaban vedadas.
Sobre la arena, yo pronto inventaba, solapadamente, el juego de las manos.  Así, amparada en ese bien estudiado disimulo, podía disfrutar  de la absoluta libertad que me ofrecía el hecho de saber que mis ocultas intenciones no existían ni en sus ojos ni en su entendimiento.  De ese modo, mi imaginación, aliada con mi anhelo secreto, inventaba decenas de juegos en los que las manos de Miguel fueran las protagonistas.  En ese intento, buscaba  la manera de verle construir castillos de arena para vivir yo el deleite de sus dedos amasando, con dulzura, una almena, una torre o las pulsaciones torrenciales de un corazón de quince años como el mío.  Recuerdo con claridad de mapa, sus dedos largos de huesos marcados y sus palmas, apoyándose en mi hombro con descuido y Marian que llegaba para llevarse a Miguel a nadar o a correr por la playa.  Otras veces, eran sus manos como mariposas  en un movimiento original de nudillos anhelantes que en pleno vuelo esperaban en el aire una pelota.  Me gustaba disfrutar de aquel compás en cámara lenta, detenerme en la cima del dedo índice de Miguel para lanzarme, luego, por un tobogán de fuego  al que Marian no tuviera acceso, con nuevos juegos de la piel que, Miguel y yo, nos hubiéramos inventado.
Sucedió que una tarde, cuando agosto casi empezaba a ser septiembre, Miguel acudió solo a la cita.  Ninguno de los dos nombró a Marian y fue entonces cuando tuve el gesto, casi animal, de convertirme en pitonisa para alumbrarle un futuro de besos apoyándose en las yemas de sus dedos, el futuro de un intento de la piel por permanecer en el juego de manos conociéndose, descubriéndose, en la simplicidad de yemas y palmas que se tocan.  Marian sólo estuvo presente al principio, en un débil aleteo de culpa que se fue disipando, a medida que las manos diez de Miguel se acercaban sin miedo a mis sueños, para que éstos dejaran de serlo en un abrir y cerrar de manos, táctil, reducido sin darnos cuenta, a apremio y sorprendido deseo...


Sólo un poco después, ya en Tenerife,  Marian y yo volvimos de regreso a las aulas, donde el latín y las matemáticas estaban esperándonos con sus respectivos remolinos de declinaciones y quebrados torpes.  Por un tiempo, las manos de Miguel se convirtieron en hilos de pensamiento entrecruzados, pompas de jabón que volaban a nuestro alrededor para desvanecerse, poco a poco, hasta perderse en el tiempo que, indefectiblemente nos trajo de vuelta. Lo digo porque, volví este verano a Arrecife, después de unos larguísimos veinte años de ausencia. 
Fue en el supermercado próximo al apartamento que alquilamos donde lo vi.  Allí estaba Miguel, atado a unas manos sin nombre.  Yo me fije, sin remedio, en las suyas, mientras colocaba algo en su carro de la compra.  Sus manos, como las mías, eran otras.  Marian, tal vez, las habría puntuado con un cinco evocador y triste.


viernes, 16 de septiembre de 2011

DÍAS 14 Y 15. En algún lugar entre el condicional y el imperfecto

Uno podría sentarse al lado de la ventanilla para ver correr el paisaje, acercándose, alejándose.  Y en medio del amplio vacío en que se mueve el pensamiento, uno podría estimar que es un desecho rumbo a Perpignan.  Mientras piensa, uno podría seguir mirando, sin demasiado interés, las casas inclinadas hacia los raíles, que pronto serían casas olvidadas, árboles esqueléticos, alineados, repetidos hasta la indiferencia.  ¿Va usted a Cervera?.  Un inconfundible acento gallego podría sacarlo a uno de esos devenires que el pensamiento elude y atrapa, persigue y ahuyenta.  No, señora, voy a Perpignan.  Voy a ninguna parte, señora, me alejo y me acerco, sin presencia, sin ausencia.  Verá usted, en Cervera debo tomar un tren para Marsella, es la primera vez que viajo por aquí, antes siempre lo había hecho por Hendaya. No sé si le importa que me siente.  Sí me importa, señora, en realidad me molesta pero, no señora, claro que no, siéntese.  Girona detendría el tren cuando un reloj en la estación marcara tres menos cuarto.  Puntualidad. Tiempo.  Distancia.  Voy a ver a mi hija, ¿sabe usté?, ahora esto es un lío porque… le explico, ayer fui a comprar el billete y me dicen que esa línea no funciona ahora porque no es época de vacaciones, me dijeron que debía ir a Barcelona y es lo que he hecho, desde La Coruña, ¿sabe usté?, es la primera vez que hago el viaje por aquí, por eso no sé si debo bajar en Port Bou aunque…  Celrá se anunciaría y el tren podría gritar: ¡sí señora, en Port Bou cambiaremos de tren!.  Si quisiéramos podríamos cambiar de vida, podríamos decidir, incluso, no seguir nuestro perdón de cada día, ¿recuerda, señora? aquello de no sé por qué ni cómo, me perdono la vida cada día.  Claro, claro, usted nunca leyó a Miguel Hernández.  Tal vez ha hecho muy bien.  Es una suerte no conocer que existen las opciones: usted debe ir a Marsella porque su hija la espera, uno, sin embargo, habría decidido ir a Perpignan  porque es la última estación en un tren sin regreso; esa es la diferencia.  Justo al borde de este pensamiento, Llança nos asomaría al mar. No se duerma, señora, es el Mediterráneo.  Uno hasta podría emocionarse al verlo pasearse a nuestro lado; azul, marino, inmenso.  Si dejara de roncar, señora, podría usted saltar de la emoción de ver el mar, a ésta otra, efímera, de un abrazo en el andén mientras el tren pasa: Penélope  recibiendo, al fin, a Ulises.  Me he quedado traspuesta, no vea lo cansada que está una después de semejante viaje.  Claro que uno podría hacerse cargo, entenderlo casi todo, menos a sí mismo.  A fin de cuentas, aún no he tomado el tren, y usted va en él porque alguien la espera.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

DÍA 13. Poniendo voz a Escondido

La Voz  Silenciosa. Hermosa y profunda voz que le da una calidad y un color a mi relato, que no tenía. Infinitas gracias por ponerle matices, silencios y ecos a esta historia nacida en el patio de mi infancia.  Lo comparto con ustedes.
www.ivoox.com/escondido-isabel-exposito-morales-audios-..

martes, 13 de septiembre de 2011

DÍA 12. Deseo

Para que nada muera, siempre florezco
en facetas de luz sobre la tarde abierta.
Y me nacen los ojos en los surcos de vida,
y me crecen querencias, como si fueran hierba.



De:   Espejismos y espejos, 2009





lunes, 12 de septiembre de 2011

DÍA 11. Escondido

La Esfera Cultural.com: Escondido: E ra absurdo, irreal, pero existía. Ondulante y hondo, curvilíneo y suave, se arrastraba ante mí con una paciencia infinita, dejando su re...

viernes, 9 de septiembre de 2011

DÍA 8. ISLA

Dulce Loynaz, poeta cubana, decía que la isla es lo menos firme, lo menos tierra de la tierra. Sí, estoy de acuerdo, tal vez por eso al ser  yo, como ella,  criatura de isla, tengo alma de pájaro o de bruma y mis pies pisan siempre agua, cielo o imágenes, en la tierra sólo me poso a acariciar o ser acariciada.  

jueves, 8 de septiembre de 2011

DÍA 7. Horas para narrar

Damos comienzo hoy nuestras andanzas por la narrativa, después de casi tres meses de vacaciones. ¿Qué historias nos esperan? ¿Por qué mundos narrativos y poéticos nos conducirá nuestra voluntad de contar?. Disfrutemos juntos de la aventura cada jueves a las siete, como siempre.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

DÍA 6. LLUVIA

Siempre que la convoco, acude.  Llega a mí de todas las maneras posibles:  a través del aguacero repentino y cálido de mis años en el trópico, o como el diluvio universal de mi lejana infancia en Lanzarote, cuando un grupo de evangélicos canadienses me introdujo en aquella historia fascinante de la Biblia. A veces lo hace  en su papel más  pertinaz y,  sin embargo,  más dulce; el de la llovizna tenue observada tras distintas ventanas  a través de las cuales me he conectado con la vida, con el paisaje, con el transcurrir de los otros, con las preguntas, con la belleza, con la poesía.  De esto último habla  el hecho de que uno de los primeros poemas que recuerdo haber escrito –debía tener yo unos diez años-  ya hablaba justamente de esta asociación de ideas visual y emocionalmente hermanas; la lluvia y la lágrima: “Llora el cristal, lloro con él” .  Este primigenio prospecto de haiku, que escribí cuando aún desconocía su existencia y mucho menos su significado,  me habla de la clase de niña que fui y de qué manera se fue construyendo la mujer  en la que me he convertido.
     Existe, sin embargo, una conexión más profunda entre la lluvia y lo que soy, entre la lluvia y el modo en que se ha dibujado mi alma a través del tiempo.  Digo esto porque, el recuerdo de una sensación permanece aún en mi memoria y cada tanto me rozan sus ráfagas.  No sé si en un afán de revivir aquella percepción de mi misma que perdí.  Yo debía tener unos seis años y yo... éramos, entonces, tres pues mis hermanos  eran una prolongación de mí y dónde iba yo, iban ellos.  Mis padres ya habían dejado la pensión de Santa Cruz y vivíamos en Tacoronte, en una pequeña casa con patio trasero, al que se accedía a través de una escalera.  Esa escalera cubría un estrecho pasillo abierto al patio, en el que solíamos jugar a la sombra.  A mí me gustaba ese lugar, especialmente en los días de lluvia.  Cuando llovía, yoymishermanos bajábamos raudos las escaleras, en una especie de convocatoria no escrita formulada por el ruido de las gotas al caer, para acurrucarnos en aquel pasillo bajo techo, frente a la lluvia.  Y era  justamente  esa  sensación  de  saberme  frente  al peligro pero a salvo de él, en compañía de los seres que más amaba, la que producía en mí una extraña mezcla de placer y miedo, un sentimiento que oscilaba entre el temor y la fascinación y que sin duda hizo mella en mí, pues aún hoy me persigue su recuerdo.

     Hay algo de melancolía y placidez presente en el hecho de  ver y escuchar caer la lluvia  a través de los cristales de una ventana.  Bien sea sobre las aceras de una ciudad fría y perpleja por la prisa de sus transeúntes, o sobre el verde de los campos yendo sobre ruedas hacia alguna  cita  con  la vida  cotidiana.   La  lluvia  me  regala  siempre  esa inquietud arcana,  entre evocadora y taciturna...  

De  Palabra a Palabra

martes, 6 de septiembre de 2011

DÍA 5. Canto

Festejemos la vida en su latido:
el pelaje del tiempo y sus riberas,
los jardines antiguos,
la futura amapola.

Festejemos los labios y la luna,
la vida y sus derrotas,
los amables regalos del olvido.

Festejemos latir con la belleza,
viajar en la poesía,
llorar desde la ausencia,
tocar la lejanía,
aventar la pasión y, en la alegría,
rozar la mansedumbre:

…la solitud del corazón
danzando por la vida...

De  Cuaderno de Viaje 

domingo, 4 de septiembre de 2011

DÍA 3. Acerca de mi poética

Escribo por reiterada, persistente osadía.  Mil motivos y ninguno me han empujado desde hace mucho, mucho tiempo a adentrarme en este universo vedado, prohibido, permitiéndome caminar por senderos que no me pertenecen.  Tal vez me empuje a ello mi incapacidad para aceptar que el mundo, la vida, la existencia sea sólo esto que vemos.  

"Hubo una primera vez.   Seguramente fue una tarde y lo creo sólo porque es esa la parte del día que prefiero.  No sé que hilos me movieron hacia el papel donde deposité, con el temblor de las primeras veces, aquellos precoces versos nacidos de quién sabe qué emoción o qué propósito.  Yo debía tener unos diez años y de su contenido, perdido en mi habitual desorden, únicamente recuerdo la palabra pájaros.  Otros  han surcado mis versos desde entonces: pájaros imposibles, chorro de pájaro, brizna de pájaro, pájaros azules de fuego, pero aquéllos pájaros de ese poema primigenio, vuelan hoy en mi memoria, sin nombre y sin destino.  Tal vez por eso los perdí, para que viajaran libres fuera de mis dominios.  Pájaros y ventanas,  lluvia y tarde, mar y distancia, soledad y ausencia: estas son algunas -las más fieles-, de las parejas semánticas que han acompañado siempre a mi poesía.  Instalados, como estamos ahora, en la tarde de mi primer poema, debo decirles que me veo sentada frente a una ventana.  Afuera llueve y estoy sola. Hasta mí llega el olor del Charco San Ginés, muy cercano a la casa.  No lo veo, lo presiento golpeando la orilla con dulzura, sucio y caótico y sin embargo, bello.  Mis hermanos deben estar dormidos o al cuidado de mi madre en algún otro lugar de la casa porque no los veo.  Este instante es  mío solamente.  La buscada soledad me pertenece.  Mis alas interiores se mueven como las de un pájaro cálido al compás de una música que sólo escucho yo.  El aleteo de esa primera palabra se posa en el papel y entonces, en una suerte de aleación mágica, la música, el aleteo y las palabras se mezclan para explicar lo que no tiene nombre, aquello que sólo podía ser expresado de esa forma.  Sí, perdí aquel poema pero, a cambio, guardo para siempre en mis profundidades el latir de la poesía, hermosa amiga que nunca me abandona."
De  Palabra a palabra

sábado, 3 de septiembre de 2011

DÍA 2. Pequeñas cosas.



También hay algo extraordinario en las pequeñas cosas, puede incluso que un día de paseo con tu hijo por uno de tantos senderos que nos regala la tierra, nos topemos de pronto con toda la luz de la tarde y el asombro de verla.  ¿Habrá algo más extraordinario que esto?.  A veces la vida te regalas poemas como este.

DÍA 2. Reflexión.



Hoy en medio de las aguas de un día silencioso, reflexiono sobre estas palabras de Whitman:


No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

DÍA 1. Martina

MARTINA


        La lluvia  limpia todo, vuelve diáfana la vida por donde uno transita y a veces, como hoy, hace que me detenga a contemplarla a través de la ventana.  Ese gesto me acerca a la alacena donde, sobre una repisa, descansa su retrato.  Ver su rostro detrás de la bruma plomiza que le ha dado el tiempo, mirar su perfil triste, mientras afuera llueve, es como viajar en retroceso, como en una película o un viaje en el tiempo.  Estoy ahora en su pasado y puedo describirla entera, sola, taciturna.   Es otoño y ella camina, entre los árboles esqueléticos de un parque, con la cadencia sin adorno de la melancolía.  Algo pesa sobre sus espaldas, algo que no se toca.  ¡Pobre Martina!. Pobre en su lentitud, en su falda de paño, en sus zapatos de charol, en  toda  su  tristeza.  Se detiene.  Un perro pasa a su lado;un perro solo, abandonado, como ella.  Parece dudar pero al final se sienta sobre la losa de cemento helado de un banco del parque.  Hace frío.  Vuelve su rostro hacia una fuente que murmura a su izquierda y entonces la veo dibujada, tal cual aparece en este retrato, detrás de la bruma del sepia,  colocado hace tiempo sobre un anaquel de mi alacena.  Busco en el reverso lo que ya sé. Escrito a pluma, en un negro desgastado, hay un nombre y una fecha: a Martina, 1950.  Yo soy Martina, su hija; 1950 es el año en que mi madre apareció muerta, cerca de una fuente, sentada en un banco: un perro lamía sus zapatos de charol.


                                                
                                              De  Huéspedes de la lluvia, 2011