domingo, 12 de noviembre de 2017

VOLAR

Volar para volar para volar
y en el vuelo ser mar,
ser ola y playa,
abanico de espigas, pan y savia.
Volar para volar, alas y alas
de luz sobre la casa
y las esquinas
donde late el deleite
que es la vida.
Y en el revuelo ser, ser en el vuelo
ave de viento
y bruma;
.
pájaro cierto
que en el volar volar
resuma el tiempo
en palabras, en versos:
en poesía.



©Isabel Expósito Morales    

viernes, 27 de octubre de 2017

CARTA PARA SUSANA In memoriam

  

  Hay infinidad de cartas navegando en mis aguas: cartas largas, cortas, intensas, ligeras, sublimes, alegres, taciturnas. Aquellas que escribí movida por el amor, el dolor, la nostalgia, el deseo;  otras de las que fui destinataria, escritas para mí desde el cariño, la  obligación, el apremio, la soledad, el recuerdo. En esas mismas aguas discurren, incluso, aquellas cartas que esperé  detrás de la certeza de que no llegarían y que, sin embargo,  nadan en lo que hoy soy como si el remitente las hubiera escrito. Muchas han sido las cartas, es verdad, pero ninguna tiene más peso que aquella que no tuve el valor de escribirte, amiga mía...
    Por eso, y porque hoy es octubre 27 otra vez, ante esta página me dispongo a dejar volar esta misiva que no hablará de culpa, ni de dolor, ni de adioses para siempre, una carta que alce el vuelo por esas líneas invisibles del amor y la memoria, para que llegue a ti dondequiera que estés.
    

    Hola Ché, por fin me he sentado a escribirte la carta que bulle en mi cabeza desde hace tiempo.  Ya sabes como soy y como me cuesta enfrentarme a lo que duele. He ido postergando el momento, embutida en este egoísmo nacido del miedo, tan mío que  conoces.  Mientras tanto, el tiempo  va pasando tirano, cruelmente veloz, con su empecinada pretensión de que todo se apague o se atenúe o se olvide. No, no lo ha conseguido: tu vida en mí es nítida y aún late agazapada en mis rincones.  Recuerdo el día en que nos conocimos.   Yo por aquel entonces ahogaba mis días en aquel rincón del campus, en espera de un cupo en la universidad, ¿recuerdas?.  Yo tenía entonces apenas diecinueve años y casi estaba al principio de todo: aún era mía la inocencia.  Tú llegaste a mi vida aquella tarde de agosto de mil novecientos setenta y ocho, con tu porte elegante de mujer del sur, tu acento entrañable de Montevideo y ese particular empaque que debe ser oriundo  del intelecto de Pocitos, ya sabes: una sifrina intelectual de izquierda suave  (ahora me habrías dicho: ¡mocosa atrevida!.)  Entraste a aquella oficina detrás de ese despiste elaborado de los genios, ese que siempre cultivaste, muy a tu pesar…(o al de tus amigos?) Me acribillaste a preguntas sobre casi todo: estabas recién llegada a Guayana y como decía nuestro amadísimo Enrique, estabas  perdida . Entre otras muchas cosas, pretendí ponerte al tanto de dónde coger los "carritos por puesto", pero eso debió sonarte a chino, lo vi enseguida en tu cara.  Así que te invité a ir conmigo a Puerto Ordaz aquella tarde para que de ese modo aprendieras  cómo hacerlo.  Conectamos enseguida, yo descubrí en ti un libro abierto en el que aprender, una mente sabia y lúcida en la que poder reposar mis ansias de conocimiento, una amiga con la que contar, dispuesta siempre a escuchar.  Supe algo después, porque Enrique me lo contó, que tú me quisiste desde el primer momento, “es un alma buena” fue lo que dijiste.  Cuando lo supe, firmé definitivamente los papeles de la adopción y fuiste mía por siempre jamás hasta el día de hoy en que también lo eres.
Te quiero, Susanita y amaré tu memoria siempre



jueves, 5 de octubre de 2017

LA PIEL DE LA MEMORIA



                                               Decir un nombre ahora
                                               es invocar un secreto de efigies,
      es despertar la casa del origen
      con dedos de marfil

: fuente primigenia
desde donde vuelan
estos atavíos sudorosos y cálidos
llenos de victorias.

Decir un nombre
es pronunciar el nombre de todas las cosas
sin la separación
que el tiempo trajo
doblado en la contienda.

                              Nombrar es recordar
                                            decir besar tocar
                                            la piel de la memoria


ISBN 84-609-5633-4
Isla Absoluta

lunes, 10 de julio de 2017

DÍA 706. AMANDO

38 AÑOS Y UNAS HORAS

Por si deseas escucharlo en la voz de José Francisco Díaz-Salado Suárez , Programa de radio La Voz Silenciosa,
copia y pega
http://www.ivoox.com/amando-isabel-exposito-morales-audios-mp3_rf_2995369_1.html





La primera vez que lo amé, lo amé naranja, que es como se ama a los corceles rojos de miradas amplias.  Aquel amar fue estrépito fugaz y todo –amor, color y lumbre– fluyó en la torrentera sin que me diera cuenta. Fueron tiempos de selva.

La segunda vez que lo amé, rocé sus bordes.  Quise dibujar mariposas sobre su piel de agua.  Quise querer azules y violetas, adentrarme en las rutas que los corceles rojos esconden a alas temerarias. Deseé volar largo y profundo los segundos, despierta. Lo anhelé todo. Fueron tiempos sin tregua.

Después, llegó la primavera.  Se instaló en las orillas, entre manos de arena y voces de libélulas.  Y el amor se hizo puente y crecieron, la vida y las enredaderas, detrás de las ventanas, en las rutas de escarcha, sobre los charcos tristes, en medio de  palabras, invadiendo las risas de los patios, remontando batallas, venciendo la espesura, abrazando las noches.  Fueron tiempos de siembra.

La tercera vez que lo amé, lo amé despacio, tanto... que aún sigo amando…la estela caprichosa de los corceles rojos, la suavidad del tacto de su ternura antigua, el pasado de selva, los campos que sembramos sin tregua, el pliegue de sus sombras sobre mis madreselvas, las alas que aún nos llaman por las tardes del tiempo…

















domingo, 25 de junio de 2017

SENTIR

Sentir es lo que he hecho:
         respirar por la piel
adentrarme en rastrojos
 jugar con los placebos
aventurarme en imposibles caprichosos
llorar sin evidencias
engancharme a pasadizos secretos
        
morir por un amor incandescente
                            esperar…
          
esperar que las cosas cayeran;
no sé bien desde dónde
                   sin razones ni pesos
Sentir,
dejarse ir,
volver, siempre  volver
donde se construyen todas las sensaciones
         y quedarse a vivir en esa  antigua armonía
         que nos lleva
         a  la incesante  epifanía
         de las cosas



lunes, 22 de mayo de 2017

DÍA 1030. ¿QUIÉN NOS ROBÓ LA PRIMAVERA?



¿Quién nos robó la primavera?
gritan hoy los poetas,
los que saben de canciones sin prisa
y andaduras
y sueños fracturados
Hoy persiste este invierno
en el dolor de algunos,
en los ojos de todos,
sobre el frío, la lluvia,
la humedad del silencio,
el viento encarcelado en la pregunta:

¿Quién nos robó la primavera
derramada en la calle
esta mañana,
en los campos que refugian vergüenzas,
en la guerra y el trueno desalmado,
en el niño olvidado
hace un minuto apenas?

¿Quién roba versos a la esperanza?

Ayer por la mañana,
o hace un minuto apenas.




jueves, 13 de abril de 2017

ABRIL

Abril sabe mis tiempos
mis ritmos
mis compases.
De él partió mi barca
y a él vuelvo 
siempre
 para reconocerme.

Abril se me hace espejo
porque en él me veo
porque en él me invento
y me reinvento

cada primavera
hasta que el sol agoste
mi inventario del tiempo.




martes, 21 de febrero de 2017

INMEDIACIONES



Mar afuera
la proximidad se sugiere,
se insinúa en remotas arenas
que soñaba la noche,
en caricias ingrávidas
que acechaban los dedos.

Mar adentro de tí
la llama tibia de la cercanía
apremia,
como vientos húmedos
que abrazaban motivos
en costados efímeros.

Oceánica cabalgadura
                                                                 donde el abismo clama,
                                                                 donde el amor reclama
                                                                        inmediatez.

                                                                      Mar afuera de tí
                                                                         -luego-
                                                                   la insinuación tirita,
                                                                la inmediatez descansa.

miércoles, 18 de enero de 2017

DÍA 900. DOS DISPAROS


          El hombre, cincuentón e incoloro, se acerca a la ventana y mientras espera a la mujer, observa.  Llueve y hace frío en la opaca mañana de invierno, sin embargo muchas personas circulan por las aceras envueltas en gabardinas, bajo paraguas, todas iguales como si llevaran uniformes.  Su atención se posa por unos segundos en dos ancianas que caminan tomadas del brazo: aves oscuras de paso lento, piensa.  Ahora, un ramalazo de adolescentes sube las   escaleras de  la estación del Metro y el color hace  acto de  presencia en  el gris de un lunes tristemente invernal pero, los jóvenes se dispersan, se esfuman en bandadas, a cuenta de tres. Lástima.
        El hombre aguarda a que ella asome por la esquina Les Corts.  Desea ardientemente que lo haga antes de que llegue la enfermera del próximo turno, con la cápsula amarilla o la aguja inclemente, dando órdenes bajo el amparo de su bata blanca: tráguela o dese la vuelta.  Otea tan de cerca la calle que los vidrios se empiezan a empañar y es justo entonces, en el preciso instante en  que el hombre empieza a retirarse un poco de la ventana, cuando escucha, por primera vez, los dos disparos.  Mira angustiado hacia la calle, que mantiene el mismo aspecto, nada parece haber cambiado; hasta el vendedor de periódicos del estanco de la izquierda sigue frotando vigorosamente sus manos para entrar en calor.  Únicamente la  frecuencia de sus latidos acusa lo que nadie más escuchó. Con la mano en el pecho, un poco más arriba del estómago, suspira sin alivio: todo sigue igual.  Los dos disparos sólo han sonado en su imaginación, concluye.
         El hombre se sienta en la poltrona que mira la ventana   que  observa la avenida que atraviesa la ciudad y cierra los ojos para abrirlos de nuevo.  Alcanza a percibir que aún cae esa fina llovizna que lo complica todo.  Ese debe ser el motivo del atraso de la mujer.   El sillón donde está sentado se le antoja absurdamente primaveral.  De fondo azul, con algún matiz rojo aquí y allá, repiqueteos amarillos, violetas, rosas… ¡rosas!, como las que tiene plantadas en el jardín de su casa, allá en las islas, y que tanto él como la mujer cuidaban con esmero antes de que todo aquello empezara.  Y todo empezó con aquel diagnóstico feroz a quemarropa que él había aceptado con una resignación inesperada y ante el cual, sin embargo, ella se había enfrentado con un coraje a toda prueba.  Sólo ese incontenible afán de lucha suyo, les había traído a Barcelona, a aquel invierno y a ese hospital donde habían conseguido postergar, unos meses más, la certeza de una muerte próxima.
           El hombre, invadido de una ansiedad en aumento, se acerca nuevamente a la ventana y con la vista pegada en la esquina  por  donde  la  mujer  suele  llegar  todos los días, divaga sobre   lo fácil que debe ser para ella sentirse como una isla, sola sin él en una ciudad extraña, demasiado grande para las dimensiones a las que están acostumbrados.  Ojalá hoy lleve puesto el traje azul de rayas suaves, ese con el que se le alegran los ojos a ella, y a él, el alma. 
         La lluvia apenas sí moja el cristal de las ventanas.  El hombre mira el reloj de nuevo, anhelando sentir esa placidez que sólo le otorga la mutua compañía y añora con más fuerza  y  de  un  modo  nuevo,  su voz cálida.  Verla, oírla, sentirla cerca de él es lo único que le devuelve migajas de esperanza.  Intenta tranquilizarse.  Su voz llegará pronto a sujetarle a la mañana, a la vida, como un alfiler y nada habrá pasado, nada estará pasando. Y es al final de este pensamiento cuando estallan, por segunda vez, los dos disparos.  Los alcanza a percibir por encima del rumor profundo de la ciudad, junto al eco de los ladridos de un perro que no acierta a ver, cerca del sonido tan familiar de la sirena de una ambulancia entrando a Urgencias.  La historia de otro dolor, piensa.
          El hombre se levanta de la poltrona absurda y primaveral y busca el traje azul de rayas tras la ventana. Entonces acusa, con más intensidad, ese dolor que empieza un poco más arriba del estómago, pero tras la puerta que se abre, sólo aparece la enfermera de turno.   Allí, junto a ella, después de tomar la odiosa cápsula amarilla que lo ata a la verdad, percibe, por tercera vez, las dos descargas , y entonces sí, le aplasta la claridad letal de que su mujer jamás regresará y que lo que retumba  como dos disparos de hielo sobre su pecho, no es otro cosa que la soledad.