viernes, 28 de octubre de 2011

DÍA 53. SIN PALABRAS

Apaciguado el eco de tambores, 
detenemos la marcha sólo para mirarnos.
Los ruidos de la noche ya no hablan. 
Nos buscamos los ojos y aquí estamos

: desnudos y perfectos.

De modo que así éramos.
De modo que así somos.
Justo  como la noche quiso que nos viéramos


: transparentes
como gotas de agua

No hay palabras.
Las palabras se fueron con la noche,
a inventar días nuevos


©Isabel Expósito Morales

jueves, 27 de octubre de 2011

DÍA 52. LUGARES

Le emocionó el encuentro inesperado con aquel lugar, tal vez por descubrir en aquella diminuta plaza y su entorno, el espíritu cálido y cercano de una aldea, perdido en medio de una gran y moderna ciudad.  Notó como la gente, que estaba sentada en sus bancos, disfrutaba la placidez de aquel lugar tan alejado de las prisas, el tráfico, el bullicioso devenir de tan sólo unas calles más atrás.  Así deben sentirse los nómadas del desierto al descubrir  un oasis, pensó mientras descansaba en el borde de la pequeña fuente de la plaza, junto a su hijo adolescente.  De inmediato se sintió integrada a aquel momento, por finos hilos de quietud.  Observó a su primogénita y su padre, quienes sentados frente a ellos, conversaban dulcemente, disfrutando  del único espacio disponible; un banco de madera que compartían con  un desconocido que leía un libro sin título, ajeno a todo.  Se sonrieron desde lejos, mientras el hijo  le comentaba, casi al oído, algo gracioso sobre el  asombroso parecido entre su padre y su hermana: fíjate mamá, parecen la versión másculina y femenina de una misma cosa, concluyó divertido. Fue entonces cuando una vaga  plenitud les tocó, por un instante fugaz, el alma.  Fueron felices aquel pequeño instante.  Ella está segura de ello porque, en sus horas tristemente imprecisas, hace uso de momentos como ese. Saca del arca sagrada de la memoria, los detalles inmensos, portentosos, de las  brevísimas alegrías.  Lo hace porque ella sabe que la felicidad es tan volátil, tan juguetona, que le divierte hacer que nos olvidemos que está allí, justo en medio de las pequeñas cosas: una plaza testigo de la complicidad compartida de una hija y su padre, un hermoso adolescente que disfruta a tu lado del caer de la tarde, estar juntos sin más… en lugares que sólo el amor sabe.


©Isabel Expósito Morales

miércoles, 26 de octubre de 2011

DÍA 51. A FABIÁN

Te quiero ave, te quiero pez, te quiero agua .
Flor en el camino, paisaje despierto.
Te quiero gigante, te quiero pequeño.
Fuerte pero tierno,
jinete y caballo,
capitán de un barco,
marinero blanco, 
corcel en las manos
azules del aire.
Te quiero en silencio y a golpe de versos.
Dulce, vivaz, mordaz, plácido, ácido,
azul, amarillo, rojo, verde,
tal como eres,
como quieras ser.
Como te quiero, quiero que te quieran,
más allá del nombre de las cosas.




©Isabel Expósito Morales

lunes, 24 de octubre de 2011

DÍA 50. ALGO PERDIDO

Ayer,  mientras llovía, encontré un papel doblado dentro de un libro que  no recordaba  haber leído.  Al abrir sus tapas, me detuve –sorprendida– en la dedicatoria y entonces todo cobró sentido: aquel trozo de ayer, resumido en una hoja de papel de un amarillo viejo, había sobrevivido entre las páginas de ese poemario de autor desconocido que descubrimos juntos la tarde en que dejamos constancia en la piel de que estábamos enamorados para siempre y que, poco después, me regalaste. Sí, el hermoso poemario que había dado por perdido. De tal forma estuvo extraviado en el pasado, que se me habían olvidado por completo: tarde, libro, poemas y dedicatoria. Tuve trazas de miedo, expectación y alivio, mezcladas con esa amalgama de deseo contenido que hacía tiempo no me visitaba. Alargué el tiempo cuanto pude, atrasé lo que aquella combinación extraña de sentimientos me permitió. Retuve el momento de desdoblar aquel pretérito papel para colocarlo, en toda su extensión, sobre el presente. Busqué el momento propicio; tú ya habías marchado a la oficina, con prisas, como siempre. Los niños ya no lo son y estaban instalados en las horas de su propia vida. Acomodé mi interés sobre el sillón, ese territorio tuyo donde yo no tengo cabida cuando, todos los días, nadas en el periódico. Al leer, sin premura, lo que el tiempo y tú habían dejado escrito en él, un amago de lágrima se avino a mi mirada. Es por eso que te he escrito esta carta. Pienso dejarla doblada entre las páginas del periódico del día, que colocaré sobre el territorio del que, sólo tú, eres dueño; ya sabes, el sillón orejero. Lo hago con la ilusión de que me encuentres y de que, al hacerlo, te haga tan feliz como a mí, recordar de donde venimos.
















©Isabel Expósito Morales

sábado, 22 de octubre de 2011

DÍA 48. COSAS DE FAMILIA



–No, no es así… Estás equivocada, mamá.  La vida no es como me la cuentas  –dijo la niña que aún vivía en ella.

–¿Y tú qué sabes? –le respondió la abuela que aún no era, con evidentes signos de estar ya de vuelta, mientras la nieta por venir, se aproximaba muy lenta y consecuentemente a aquella sabia y arcana inexactitud de las cosas.



©Isabel Expósito Morales

jueves, 20 de octubre de 2011

DÍA 47. AQUELLO


     El tema siempre había pasado por tu lado sin que despertara en ti la más mínima curiosidad. Muy por el contrario, una indiferencia radical te hacía saltar –como si no existieran-, las páginas de los periódicos donde se anunciaba un avistamiento, un suceso de luces desconocidas, caras dibujadas por el más allá en paredes ajenas, en fin; todo lo que llevara el título de paranormal.
     Pero allí estabas, con un gesto de alivio dibujado en los ojos, bajando por la carretera de la cumbre de una isla tildada como mágica, disfrutando del  goce de unas esperadas vacaciones.
    Ver el mar allá abajo, con un sol a punto de caer redondo al agua, despertaba en ti aquella sensación de plenitud, intensa pero efímera porque nunca se queda más allá de unos segundos, con suerte unos poquísimos minutos.  Miraste a Irene, tu mujer, sentada a tu derecha.  Ella trataba de resolver, en ese momento, conflictos venidos del asiento trasero, donde tus hijos, inventaban su propia guerra sin consecuencias.  Aquella sensación tan agradable como volátil aún estaba allí, por eso tocaste su mano, en un intento de que ella se embarcara contigo en la misma emoción.  No sé si tu mano y la suya aún se tocaban cuando, unos pocos segundos después, Irene señaló hacia el horizonte preguntando qué era aquello que alcanzaba a ver cerca de las nubes, a la izquierda.  Tú miraste hacia  donde  ella te indicaba pero solo alcanzaste a percibir que el sol estaba a punto de sumergirse, mientras atrás los niños, ya tranquilos, cantaban canciones de escuela.
     Irene gritaba insistente y emocionada: ¡mira, mira, allá! ¡Imposible que no te des cuenta!. Tú buscaste –conmovido por el latido de tu corazón golpeando fuerte– lo que el dedo índice de tu mujer señalaba.  ¡Un barco, es un barco lleno de luces!, sentenció Mabel desde la inocencia de sus seis años.  Sí, allí estaba.  Al fin lograste verlo pero, desde tus pies sobre la tierra, descartaste aquella posibilidad inmediatamente:  aquellas luces estaban demasiado altas para tratarse de un barco.
    Irene te ordenó que detuvieras el coche a un lado de la carretera.  Ella miraba hacia el cielo con avidez, mientras tú descubrías en su rostro la mirada de asombro adolescente con la que te sedujo en otro tiempo, cuando aún no era tan difícil sorprenderse y el mundo –la vida interminable y plena- estaba llena de motivos y sorpresas.
     Decidiste darte tiempo para mirar, con detenimiento, aquello: una luz bailando intermitente entre las nubes.  Una luz demasiado extraña para desterrarla, demasiado insistente para olvidarla, y además, allí estaban tu mujer y tus hijos suspendidos en el sabor del desconcierto.  ¿Cómo podías ser inmune a todo eso?
     Irene anunció que definitivamente aquello se trataba de un ovni. La luz continuaba danzando alrededor de la nube, apareciendo y desapareciendo a intervalos cortos, más largos, más cortos.  Para entonces, ya estabas detenido en el movimiento circular de lo desconocido, de lo que no tiene nombre, más allá de la simple belleza. Sí, tú ya estabas abierto a la textura de un miedo nuevo: el miedo a que aquella luz se desvaneciera y se llevara, con ella, la sorpresa en los ojos de Irene y la tuya propia, de verla. Sé que quisiste detener el tiempo, prolongar aquel instante cuanto pudieras, que los ríos de tus venas se alargaran para que nunca se detuviera aquella corriente cálida de adrenalina.  Pero, muy a tu pesar, la vida -perentoria- te dejó caer de bruces hacia ella.  Estaba a punto de romperse aquel encanto donde no tenía cabida ni tu vieja indiferencia ni la apatía recurrente de Irene. La ilusión se empezaba a desdibujar en sus ojos, al tiempo que aquello estaba a un segundo de tener un nombre.  Quisiste detenerla, gritarle que no deshilara la madeja  pero ya era demasiado tarde.  ¡Mira, mira, pero si era la luna... ! No Irene, no, no, es un ovni, mira como se mueve, dijiste, tratando de engañarla.  Qué va, sí, sí, ahí está, clarísimo, es la luna jugando con las nubes.  Sólo eso.

Fue entonces cuando  yo, aquello, que los había  unido a la ilusión unos breves instantes, terminé cayendo al agua; el agua de una lágrima: la tuya.



De  Derroteros, 2011  ©Isabel Expósito Morales
     

miércoles, 19 de octubre de 2011

DÍA 46. HIJA

Por el camino azul que olvidó los almendros,
allí donde camina el agua quieta,  donde nunca es invierno
y las esquinas sueñan,
construimos la casa tras un muro de piedra .
Sin detener el viaje, reposamos las cargas a salvo del olvido.
Yo llevaba, en el lugar más tibio de mis cuevas, a la hija:
la que tú adivinaste al mirar mis océanos.
La forjamos un día con el brío del viento,
sobre un mar galopado por caballos de fuego
y allá, tras aquella muralla infinita,
vimos en ella tus ojos y mi frente
y su inédita luz serpenteando vivaz por los rincones.


©Isabel Expósito Morales

martes, 18 de octubre de 2011

DÍA 45. COLECCIONISTAS

Como cada mañana,  apenas hubo asomado el primer amago de sol, los dos viejos amigos salieron a dar el diario paseo matutino. Esta vez caminaron hasta  el final del barranco, al oeste del pueblo. Corroboraron, con alegría, que pronto nacerían las primeras ciruelas en los huertos de Juan. Después,  alcanzaron la cima donde a uno de ellos le encanta hundirse en la hierba y al otro, instalarse en la contemplación de la mañana, mientras se posa lentamente en las ramas de los árboles y cómo va entrando con sigilo por las ventanas, allá a lo lejos. De regreso a casa, dieron un pequeño rodeo para acercarse al prado donde habían visto aquella hermosa mariposa azul de ribetes claroscuros. Allí pasaron largo rato, ocupados en la búsqueda de aquella visión que tanto les había impactado el día anterior.  La buscaron con los ojos en cada flor, sobre la hierba, tras los rayos madrugadores del sol de cada día.  La mariposa ya no estaba.  Ambos concluyeron –sin rastro de amargura– que  se había ido para siempre. Aquel pasado encuentro con ella había sido el primero y el último.  Y con esa idea dibujada en sus mentes, el olor de la hierba pegado a la piel y la luz del amanecer metida en los ojos, llegaron a casa . 
Las horas corrieron, el sol fue cayendo. Más tarde, en medio de la soledad de la noche, ambos –perro y amo-, Juan y Trueno,  comprendieron que el recuerdo de aquella mariposa y sus colores, ya les pertenecía; era enteramente de ellos. Resoplaron de satisfacción que es como resoplan los coleccionistas de momentos efímeros cuando atrapan uno. El descubrimiento de los colores de aquella mariposa formaría parte de su colección de encuentros. Esos que pasan una vez en la vida. Por la mañana, bien temprano, saldrían juntos en busca de otro.
©Isabel Expósito Morales



sábado, 15 de octubre de 2011

DÍA 43. TE INVITO

                                                     


Te invito a dibujar pájaros imposibles,
amaneceres erigidos en púlpitos de luz,
desperezándose
:signos de oficio de inmensidad.


Pincelemos la hierba primaria,
moldeemos la tarde color adentro;
campo abierto
lleno de nombres y palabras.


Crucemos todos los abriles,
acariciemos todos los septiembres;
bajo la lluvia o sobre las vendimias.


Pintemos el gran viaje
que yo dibujaré,
terciopelos fugaces en tus ojos centauros,
sobre el agua





©Isabel Expósito Morales



             

jueves, 13 de octubre de 2011

DÍA 41. HOGUERA


Eché al fuego las últimas recetas
sobre divagaciones, nieblas y otras tumbas.
Atrás quedaron todas,
bailando con la ausencia
y sus desvestidos amuletos.
Quemé el resto de las fórmulas
y me tendí en los extremos de las horas,
sin más unión que algún retrato.
Ahora habito a la sombra de un jardín
donde re-uso la memoria
en una exaltación de mariposa.

No emplacé este día en los almanaques.
Hasta él sólo me trajo la demanda de luz
: no hay más rehén, no hay más efecto





©Isabel Expósito Morales

De Isla Absoluta, 2005

miércoles, 12 de octubre de 2011

DÍA 40. TREMOR o El descubrimiento de una nueva palabra

ardor
fragor
dolor
rumor                
temor
amor                    
Imágenes de Google Earth
   SI PINCHAS AQUÍ OIRÁS COMO  HABLA                                                              http://www.goear.com/listen/e16530a/tremor-volcanico-y-chicho-
terremoto-isla-del-hierro  ASÍ SUENA EL TREMOR.

tristor
furor
fervor 
claror          tremor tremor tremor  tremor tremor

TREMOR


martes, 11 de octubre de 2011

DÍA 39. MARÍA Y SU CERTEZA


Ocurrió nada más despertarse esta mañana. María, que odia las certezas como nadie porque no cree en ellas, supo que va a morir. Frente al espejo, sin razones ni causas,  aquella convicción se  ha adueñado de su pensamiento de tal forma que no le hace daño. Es como si, sin haber estado antes allí, ya formara parte de quien es.   Ser dueña de una verdad absoluta, tener en las manos, en la piel, en el alma y por vez primera, una certeza; ésta, le hace fuerte, distinta.  De tal modo esto es así que, sin haber siquiera asomado a sus ojos, desecha por completo el ejercicio de la esperanza. No se da a él.   Lo aparta, lo quema, lo borra por considerarlo del todo innecesario.
Se arregla el pelo ante el espejo y se ve joven.  Poder, se va vistiendo de poder a medida que se aleja de sus antiguos miedos. En este nuevo territorio en el que ahora se encuentra, no hay encrucijadas, no existen las dudas, ni esperanza, ni desesperanza. Sólo están: ella y esta fe gigante, resuelta. Lo tiene decidido:  después del desayuno  empezará a mover montañas.


©Isabel Expósito Morales



lunes, 10 de octubre de 2011

DÍA 38. LA LABOR DE NO ESTAR (Fragmentos)

                                                                           Autorretrato
Azotea imborrable sobre un nombre.
Nombre unido al episodio.
Episodio de piel
e historias tragicómicas:


magma que surge inédita.







Me ayudo de la palabra
y vuelo.
Me columpio en los nombres
y no regreso.
Yo y mis versos
en la intimidad de lo disponible

                                                                                       



Ningún ojo ve
como se va la tarde, de puntillas,
para no despertar este infinito estruendo que rodea las cosas.
Nadie observa la red deshilvanándose de las algarabías
:  nadie mira la rosa. 
                                                 

Primer Premio de Poesía Puerto de la Cruz, 1995
Patronato Municipal de Juventud del Ayuntamiento de Puerto de la Cruz

domingo, 9 de octubre de 2011

DÍA 37. COMO MARIPOSAS

Somos muchos.  Casi un ejército de soñadores a los que les gusta viajar por las palabras.  Tenemos maletas con alas.  Dejamos colgado el tiempo, como perchas vacías, y nos vamos por ahí, con nuestra vocación de mariposa, a valor por los mundos que nos inventamos.  A veces nos posamos en pequeños paréntesis, oasis en medio de la oquedad, de la sequía,  y allí aventamos la imaginación, a ver que sale de ella.  Alguna gloriosa vez, las historias crecen, como hierba, sobre el piso enlosado con los negros y grises de cada día.¡ Ah¡, es entonces cuando aleteamos con fuerza y nos sentimos partícipes del paraíso, por un rato.  Otras, como ésta, divagamos sobre una quimera pero, como la locura siempre nos acecha, hasta nos atrevemos a anotar en nuestra bitácora un relato como este.



©Isabel Expósito Morales




sábado, 8 de octubre de 2011

DÍA 36. ELLOS

Cuando les observo transcurrir por las horas, fuertes e independientes, me cuesta asumir que no me pertenecen y que, aunque alguna vez un cordón umbilical los ató a mí, soy yo ahora la única que va atada a ellos irremediablemente, más a su pesar que al mío.  Al mirarles, la primera palabra que me viene al alma y a la boca es Amor, con mayúsculas, un amor de tal dimensión que trasciende, se desborda, se abalanza más allá de las palabras para inundarlo todo y para que nada, absolutamente nada, sea más importante que ellos.  No sé si es sano amar tanto, pero en todo caso, no me importa.  Si existe la felicidad –esa sensación utópica que todos perseguimos y que, cuando creemos haber atrapado, se nos resbala, inalcanzable y juguetona de las manos-, los efímeros pero más intensos segundos, donde la felicidad plena y rotunda ha sido mía, fueron aquellos inmediatamente posteriores al llanto de mis hijos al nacer.  Maravillosa sensación fue tener la certeza de haber venido a este mundo sólo para aquel instante: este es el mejor regalo que la vida  me ha dado.

     El amor que les tengo, incondicional, profundo, inmenso, me ha hecho mejor persona.  A través de ellos, he aprendido a ser más tolerante, menos egoísta, a ser más comprensiva con los demás.  Ellos me han enseñado a navegar por uno de los sentimientos más sublimes y sin embargo peor entendidos en su amable acepción: la compasión.  Lejos de esa connotación peyorativa que parecen regalar los espacios donde se mueve esa palabra, la compasión nos habla de algo tan hermoso como sentir con el otro, de la misma manera, con la misma fuerza.

     Cuando hablo de ellos no puedo evitar hablar de nosotros. Nuestro pequeño mundo de cuatro  encierra un universo rico y complejo que, a veces roza, choca y estalla y es que el nuestro es un universo vivo, con los sentimientos, la sensibilidad y la emoción a flor de piel que se alimenta del amor que nos une.  Amamos incluso aquello que nos diferencia y nos hace únicos aunque, en ocasiones, nos veamos obligados a limar asperezas y sortear las aristas demasiado espinosas que trae la convivencia y el vivir con intensidad lo que nos toca.  Viajamos juntos por la vida, es cierto pero, cada uno de nosotros lleva nuestro propio viaje interior.  Yo adoro asomarme al viaje del otro, al viaje de ellos:  ella, por ejemplo, es un mundo en efervescencia, con un eje de rotación vibrante y poderoso que no pasa desapercibido.  La gente sólo podrá amarla o negarla porque su particular magia nunca pasará por el aro de la indiferencia.  Eso tal vez se deba a la rotundidad de sus ideas, la forma como las expresa, el modo en que se mueve por la vida, beligerante y combativo.  Sin embargo, el que piense que todo en ella es acero se equivoca pues, detrás de ese genio arrasador  pervive  otro, vulnerable y dulce,  que  ese  carácter  crítico, defensivo y amurallado protege pero estoy segura de que, en este proceso de aprendizaje que es la vida, saldrá a flote sabio y generoso.

   Él es un mar reposado que en sus profundidades guarda tesoros maravillosos, algunos aún por descubrir.  Ese mar en ocasiones sufre pleamares que, en su afán porque esa placidez de carácter no lo haga invisible, brotan salpicando duramente.  Está claro que él jamás permanecerá durante largo tiempo en la superficie de las cosas porque su alma sólo se siente cómoda en lo hondo y profundo, hurgando en los porqués, los cómos, entendiendo la raíz de todo lo que pasa y no pasa.  Todo despierta su interés y asombro, nada le es indiferente.  Posee una empatía generosa que regala sin medida a sus amigos y a todo el que conoce.  Vive cada nuevo descubrimiento con una intensidad absoluta, de niño grande que observa con ojos nuevos todo.  El día de su graduación de bachiller, se me acercó su profesor de historia para felicitarme por el discurso que preparé en nombre de los padres y para regalarme el hermoso  regalo de una  frase, una que guardaré para siempre en mi corazón y en estas páginas: su hijo es el hombre del renacimiento.   

de Palabra a palabra (fragmento)

©Isabel Expósito Morales

viernes, 7 de octubre de 2011

DÍAS 34 Y 35. MICRORRELATOS

ESPEJO 


¡Ayúdame!- dijo la mano, tendida hacia el


vacío.  Nadie escuchó su súplica. Por eso 


siguió rodando, ojos abajo, hasta caer en 


este brevísimo relato.  













VOYEUR


No sabe a partir de qué suceso, comenzó a ser quien es. 


Busca y no encuentra aquella sensación primera que, ahora,


domina todo:  la idea de que la vida no es sólo eso que 


percibe mientras respira, sino que es mucho más en la 


existencia de los otros.