jueves, 13 de abril de 2017

ABRIL

Abril sabe mis tiempos
mis ritmos
mis compases.
De él partió mi barca
y a él vuelvo 
siempre
 para reconocerme.

Abril se me hace espejo
porque en él me veo
porque en él me invento
y me reinvento

cada primavera
hasta que el sol agoste
mi inventario del tiempo.




lunes, 27 de febrero de 2017

NO CABE



No cabe su amplitud
en el estrecho domingo de este cuarto.
No caben
los tráfagos, las maguas,
el estertor vital de sus atardeceres,
la planicie profunda de sus aguas.
                           No cabe su amplitud en el poema

                           ni en la ciudad que es niebla.




martes, 21 de febrero de 2017

INMEDIACIONES



Mar afuera
la proximidad se sugiere,
se insinúa en remotas arenas
que soñaba la noche,
en caricias ingrávidas
que acechaban los dedos.

Mar adentro de tí
la llama tibia de la cercanía
apremia,
como vientos húmedos
que abrazaban motivos
en costados efímeros.

Oceánica cabalgadura
                                                                 donde el abismo clama,
                                                                 donde el amor reclama
                                                                        inmediatez.

                                                                      Mar afuera de tí
                                                                         -luego-
                                                                   la insinuación tirita,
                                                                la inmediatez descansa.

miércoles, 18 de enero de 2017

DÍA 900. DOS DISPAROS


          El hombre, cincuentón e incoloro, se acerca a la ventana y mientras espera a la mujer, observa.  Llueve y hace frío en la opaca mañana de invierno, sin embargo muchas personas circulan por las aceras envueltas en gabardinas, bajo paraguas, todas iguales como si llevaran uniformes.  Su atención se posa por unos segundos en dos ancianas que caminan tomadas del brazo: aves oscuras de paso lento, piensa.  Ahora, un ramalazo de adolescentes sube las   escaleras de  la estación del Metro y el color hace  acto de  presencia en  el gris de un lunes tristemente invernal pero, los jóvenes se dispersan, se esfuman en bandadas, a cuenta de tres. Lástima.
        El hombre aguarda a que ella asome por la esquina Les Corts.  Desea ardientemente que lo haga antes de que llegue la enfermera del próximo turno, con la cápsula amarilla o la aguja inclemente, dando órdenes bajo el amparo de su bata blanca: tráguela o dese la vuelta.  Otea tan de cerca la calle que los vidrios se empiezan a empañar y es justo entonces, en el preciso instante en  que el hombre empieza a retirarse un poco de la ventana, cuando escucha, por primera vez, los dos disparos.  Mira angustiado hacia la calle, que mantiene el mismo aspecto, nada parece haber cambiado; hasta el vendedor de periódicos del estanco de la izquierda sigue frotando vigorosamente sus manos para entrar en calor.  Únicamente la  frecuencia de sus latidos acusa lo que nadie más escuchó. Con la mano en el pecho, un poco más arriba del estómago, suspira sin alivio: todo sigue igual.  Los dos disparos sólo han sonado en su imaginación, concluye.
         El hombre se sienta en la poltrona que mira la ventana   que  observa la avenida que atraviesa la ciudad y cierra los ojos para abrirlos de nuevo.  Alcanza a percibir que aún cae esa fina llovizna que lo complica todo.  Ese debe ser el motivo del atraso de la mujer.   El sillón donde está sentado se le antoja absurdamente primaveral.  De fondo azul, con algún matiz rojo aquí y allá, repiqueteos amarillos, violetas, rosas… ¡rosas!, como las que tiene plantadas en el jardín de su casa, allá en las islas, y que tanto él como la mujer cuidaban con esmero antes de que todo aquello empezara.  Y todo empezó con aquel diagnóstico feroz a quemarropa que él había aceptado con una resignación inesperada y ante el cual, sin embargo, ella se había enfrentado con un coraje a toda prueba.  Sólo ese incontenible afán de lucha suyo, les había traído a Barcelona, a aquel invierno y a ese hospital donde habían conseguido postergar, unos meses más, la certeza de una muerte próxima.
           El hombre, invadido de una ansiedad en aumento, se acerca nuevamente a la ventana y con la vista pegada en la esquina  por  donde  la  mujer  suele  llegar  todos los días, divaga sobre   lo fácil que debe ser para ella sentirse como una isla, sola sin él en una ciudad extraña, demasiado grande para las dimensiones a las que están acostumbrados.  Ojalá hoy lleve puesto el traje azul de rayas suaves, ese con el que se le alegran los ojos a ella, y a él, el alma. 
         La lluvia apenas sí moja el cristal de las ventanas.  El hombre mira el reloj de nuevo, anhelando sentir esa placidez que sólo le otorga la mutua compañía y añora con más fuerza  y  de  un  modo  nuevo,  su voz cálida.  Verla, oírla, sentirla cerca de él es lo único que le devuelve migajas de esperanza.  Intenta tranquilizarse.  Su voz llegará pronto a sujetarle a la mañana, a la vida, como un alfiler y nada habrá pasado, nada estará pasando. Y es al final de este pensamiento cuando estallan, por segunda vez, los dos disparos.  Los alcanza a percibir por encima del rumor profundo de la ciudad, junto al eco de los ladridos de un perro que no acierta a ver, cerca del sonido tan familiar de la sirena de una ambulancia entrando a Urgencias.  La historia de otro dolor, piensa.
          El hombre se levanta de la poltrona absurda y primaveral y busca el traje azul de rayas tras la ventana. Entonces acusa, con más intensidad, ese dolor que empieza un poco más arriba del estómago, pero tras la puerta que se abre, sólo aparece la enfermera de turno.   Allí, junto a ella, después de tomar la odiosa cápsula amarilla que lo ata a la verdad, percibe, por tercera vez, las dos descargas , y entonces sí, le aplasta la claridad letal de que su mujer jamás regresará y que lo que retumba  como dos disparos de hielo sobre su pecho, no es otro cosa que la soledad.


    

miércoles, 7 de diciembre de 2016

AHORA


Huele a pan recién hecho.
Fuera de la ventana
hay un ardid de siembra.
Me levanto y camino.
Algo me espera.