miércoles, 18 de enero de 2017

DÍA 900. DOS DISPAROS


          El hombre, cincuentón e incoloro, se acerca a la ventana y mientras espera a la mujer, observa.  Llueve y hace frío en la opaca mañana de invierno, sin embargo muchas personas circulan por las aceras envueltas en gabardinas, bajo paraguas, todas iguales como si llevaran uniformes.  Su atención se posa por unos segundos en dos ancianas que caminan tomadas del brazo: aves oscuras de paso lento, piensa.  Ahora, un ramalazo de adolescentes sube las   escaleras de  la estación del Metro y el color hace  acto de  presencia en  el gris de un lunes tristemente invernal pero, los jóvenes se dispersan, se esfuman en bandadas, a cuenta de tres. Lástima.
        El hombre aguarda a que ella asome por la esquina Les Corts.  Desea ardientemente que lo haga antes de que llegue la enfermera del próximo turno, con la cápsula amarilla o la aguja inclemente, dando órdenes bajo el amparo de su bata blanca: tráguela o dese la vuelta.  Otea tan de cerca la calle que los vidrios se empiezan a empañar y es justo entonces, en el preciso instante en  que el hombre empieza a retirarse un poco de la ventana, cuando escucha, por primera vez, los dos disparos.  Mira angustiado hacia la calle, que mantiene el mismo aspecto, nada parece haber cambiado; hasta el vendedor de periódicos del estanco de la izquierda sigue frotando vigorosamente sus manos para entrar en calor.  Únicamente la  frecuencia de sus latidos acusa lo que nadie más escuchó. Con la mano en el pecho, un poco más arriba del estómago, suspira sin alivio: todo sigue igual.  Los dos disparos sólo han sonado en su imaginación, concluye.
         El hombre se sienta en la poltrona que mira la ventana   que  observa la avenida que atraviesa la ciudad y cierra los ojos para abrirlos de nuevo.  Alcanza a percibir que aún cae esa fina llovizna que lo complica todo.  Ese debe ser el motivo del atraso de la mujer.   El sillón donde está sentado se le antoja absurdamente primaveral.  De fondo azul, con algún matiz rojo aquí y allá, repiqueteos amarillos, violetas, rosas… ¡rosas!, como las que tiene plantadas en el jardín de su casa, allá en las islas, y que tanto él como la mujer cuidaban con esmero antes de que todo aquello empezara.  Y todo empezó con aquel diagnóstico feroz a quemarropa que él había aceptado con una resignación inesperada y ante el cual, sin embargo, ella se había enfrentado con un coraje a toda prueba.  Sólo ese incontenible afán de lucha suyo, les había traído a Barcelona, a aquel invierno y a ese hospital donde habían conseguido postergar, unos meses más, la certeza de una muerte próxima.
           El hombre, invadido de una ansiedad en aumento, se acerca nuevamente a la ventana y con la vista pegada en la esquina  por  donde  la  mujer  suele  llegar  todos los días, divaga sobre   lo fácil que debe ser para ella sentirse como una isla, sola sin él en una ciudad extraña, demasiado grande para las dimensiones a las que están acostumbrados.  Ojalá hoy lleve puesto el traje azul de rayas suaves, ese con el que se le alegran los ojos a ella, y a él, el alma. 
         La lluvia apenas sí moja el cristal de las ventanas.  El hombre mira el reloj de nuevo, anhelando sentir esa placidez que sólo le otorga la mutua compañía y añora con más fuerza  y  de  un  modo  nuevo,  su voz cálida.  Verla, oírla, sentirla cerca de él es lo único que le devuelve migajas de esperanza.  Intenta tranquilizarse.  Su voz llegará pronto a sujetarle a la mañana, a la vida, como un alfiler y nada habrá pasado, nada estará pasando. Y es al final de este pensamiento cuando estallan, por segunda vez, los dos disparos.  Los alcanza a percibir por encima del rumor profundo de la ciudad, junto al eco de los ladridos de un perro que no acierta a ver, cerca del sonido tan familiar de la sirena de una ambulancia entrando a Urgencias.  La historia de otro dolor, piensa.
          El hombre se levanta de la poltrona absurda y primaveral y busca el traje azul de rayas tras la ventana. Entonces acusa, con más intensidad, ese dolor que empieza un poco más arriba del estómago, pero tras la puerta que se abre, sólo aparece la enfermera de turno.   Allí, junto a ella, después de tomar la odiosa cápsula amarilla que lo ata a la verdad, percibe, por tercera vez, las dos descargas , y entonces sí, le aplasta la claridad letal de que su mujer jamás regresará y que lo que retumba  como dos disparos de hielo sobre su pecho, no es otro cosa que la soledad.


    

miércoles, 7 de diciembre de 2016

AHORA


Huele a pan recién hecho.
Fuera de la ventana
hay un ardid de siembra.
Me levanto y camino.
Algo me espera.






martes, 30 de agosto de 2016

GEOGRAFÍA


No sabes de mis árboles
ni de qué tierra mi raíz se alimenta.
Ignoras donde nace este río
que bordea mis sombras
y cuán alto es el monte
donde viven mis cíclopes
y de dónde procede mi propia panacea.
No sabes de mis brumas,
no te rozan mis vientos,
éstos que ahora te escriben
versos que no comprendes.
Mi geografía toda no responde a mi nombre,
ni mi rostro refleja todo lo que pretendes.
No quieras pues de mí algo que se te esconde,
no escales mis laderas, ni llores mis incendios,
ni visites el huerto donde entierro las flores.
Mis caminos a veces conducen al silencio
y, a veces, como ahora, a este acantilado
frente a un mar en tormenta.
No juzgues mis colinas cuando el dolor las sube
a pasos de gigante;
mis tristes promontorios son territorio hostil
donde el sol no despierta.
Espérame al final cuando el poema escampe
y la rutina temple el paso de las horas.
Espérame en la risa
y allí donde sembré mil campos de amapolas.
Ten tendido el mantel y dispuesto el olvido
sobre la hierba fresca.
Seguirás sin saberme pero…
tampoco yo me sé

y nada importa



martes, 5 de julio de 2016

DÍA 65. LA CASA

Una casa perturbó parte de mi infancia.  Vivíamos en Arrecife en ese entonces.  Un Arrecife con Charco San Ginés sucio y espléndido donde me escapaba con mi compañero de aventuras de aquellos años –Jacinto se llamaba–, sin que por allí rondara el miedo.  Un Arrecife enorme, con el mar siempre adelante, a nuestra vista y el Puente Las Bolas, la playa de El Reducto y… la casa vieja, sí, esa, la que me inquietaba.
        Casi sin remedio, yo solía pasar cerca de ella camino a la escuela y también de regreso,  ya  al  final  de  la tarde.  Jacinto se reía de mí cuando, muchas veces, cruzaba la calle para evitar su siniestra proximidad, desatendiendo una vez más, las indicaciones de mi madre que me ordenaba seguir el camino de vuelta a casa siempre por la misma acera.
        La casa vieja quedaba en medio de un amplio solar sólo acompañado por una palmera pobre y escurrida y, al pasar –pese a mi cobardía o tal vez por ella-,  la fisgoneaba casi de reojo.  La casa, vieja y lúgubre, de piedra, estaba casi envuelta por los ramajes de una enredadera de flor malva.  Tenía los techos de lata puntiagudos y las ventanas oscuras, apretadas de tal modo que no se lograba intuir reflejo alguno de su vida interior.  Sin embargo, yo creía adivinar algo abyecto, opaco o triste moviéndose en ella, intentando salir a la superficie del día, por algún resquicio, y entonces, llegaba aquel miedo con mayúsculas que me estrangulaba y que  me empujaba a lanzar una carrera sin tregua hasta la puerta de mi casa, mientras Jacinto me seguía, burlonamente fiel.  Mi amigo era muy dado a  mofarse de  la  gente  que  él catalogaba como rara.  Había  una  niña  en  clase, no en la nuestra sino en otra, a  la  que  atormentaba  repetidamente  en  los  recreos,  sólo  por ser pobre  y  extraña  y  venir  con  andrajos  al colegio  y oler como a viejo…  Estoy seguro, ahora, de que en su fuero interno también se burlaba de mí, etiquetándome como un  cobarde pajarraco que corría más que él.
        Decía que en la casa vieja se escondía un hombre que salía únicamente las noches de luna llena.  Un hombre al que no se podía mirar a los ojos, porque echaban fuego.  También me hablaba del hombre del saco. Yo, por aquel entonces ya era demasiado mayor para seguir creyendo en eso, pero ante  el terror, me invadía una duda perturbadora que, por puro orgullo, no podía compartir con él.
        Aquel verano logré olvidarme de la dichosa casa. Mi padre tuvo que trabajar durante aquellas vacaciones en un pueblo cercano  y todos nos fuimos con él, lejos del Charco San Ginés, y del tormento de cada mañana.  La playa, el sol y los nuevos amigos hicieron que el siniestro recuerdo de aquella casa se apagara por completo.

      Pero, el tiempo  pasó rápido  y,  sin darme cuenta, allí estaba yo, en medio de  mi primer día de colegio después de las vacaciones. Iba sin Jacinto pero, la verdad, ya por entonces no lo necesitaba.  Me acordé de que debía pasar por la casa de mis pesadillas  casi al doblar la esquina, cuando vi, desde lejos, la escuálida palmera, sobreviviendo en medio del solar.  Me había olvidado de mi miedo.  La hiedra de flor malva estaba  muerta, reseca, casi polvo después de un verano de fuego.  Hice el descubrimiento de  que  algo  había cambiado en mí, en ese mismo instante.  Lo que había aprendido aquel largo verano, una pelusilla en el bigote, tener ya casi doce años y encararme con los hechos sin mi amigo como testigo, me hacían fuerte.  Me había atrevido a enfrentarme a las olas, al primer cigarrillo, a los dientes del perro de un vecino y allí estaba, no había pasado nada. Había sobrevivido a todo aquello como un perfecto héroe.
     Sorpresivamente, comenzó a caer sobre mi cabeza de  imberbe, una  llovizna  fina,  casi  espuma. Me  dió tiempo de pensar  que  la  enredadera  muerta  se  habría alegrado de ello unas semanas atrás, pero para ella ya era demasiado tarde.   Traté de resguardarme bajo las casi inútiles hojas de la palmera, muy cerca de la casa. Sí, definitivamente el tiempo había obrado un milagro en mi persona, convirtiéndome en otro mucho más valiente; y todo eso  en un solo verano. 
        Se abrió la puerta.  Oí un ruido seco, que me puso en guardia.   Entre la casa y yo, se abrió el vacío y de él surgió ella; la sorpresa. Ni viejo, ni hombre del saco, ni nada.  La lluvia y ella, vestida con un trajecito raído, las mismas trenzas largas,  la niña de la que Jacinto se reía, la pobre niña de quinto que un día llegó oliendo a viejo, ésa, la de los ojos grandes y la media sonrisa y las manos de agua. Ella, la de la casa aquella que perturbó parte de mi infancia. Nada abyecto, nada lúgubre, nada siniestro. La primera.  Ella, yo y la lluvia, solamente.  Y el miedo se fue huyendo, voló sobre Arrecife, la playa de El Reducto, el Puente Las Bolas y el Charco San Ginés, sucio y espléndido. Se perdió entre la lluvia y mi niñez; no sé si para siempre.

De  Huéspedes de la lluvia, 2011

miércoles, 22 de junio de 2016

INDIO de Isabel Expósito Morales

     Demetrio Guacarán es un indio sabio.  Del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.  Tiene el pelo grueso y la mirada quieta y a esta hora suele echarse –como el sol– sobre un chinchorro de palma mientras en un fogón cercano se cuece para el hambre de unos pies descalzos:  cinco bocas hambrientas que juegan y esperan la llamada del indio, mientras él  ambiciona –sin ninguna esperanza– el veloz paso de las horas. Lleva, como una carga,  un sobre sin abrir entre la hilera de huesos en que se han convertido sus manos de indio rancio, pero... la tarde viene de a poquito, como el rabipelao, seguramente pa’ echarle una vaina y él lo sabe, claro que lo  sabe.  Lo supo esta mañana cuando  se miró viejo en el lodazal de la ciénaga y un zamuro cantó el nombre de su hijo Alcides, bajitico.  El indio olió a tufo de rejas justo en el momento en que la pequeña Amalia lo llamaba.  Lo hacía con esa voz limpia, -tan  parecida a la de su madre muerta– haciendo volar un sobre blanco; corre que te corre por el campo, con los brazos en alto, libre y escuálida como la grama que pisan sus pies sin zapatos.
        Un domingo, Demetrio sentó a Alcides bajo la churuata y, tomando caña, se lo explicó clarito, con estudiada complicidad, como quien no quiere la cosa.  Mientras el hijo sacaba al aire sus ganas de lejos y los vasos de caña compartidos iban menguando su guardia, le avisó que la ciudad no era de ellos, que era un enemigo dispuesto a darles caza y a comérselos vivos, si era preciso. Pero él no quiso creer en su sabiduría y una mañana de lluvia endemoniada, no lo encontró.  Tuvo por cierto que lo hallaría comiendo pomarrosas detrás del cerro donde alguna vez  se escondía  cuando era muchacho pero,  no  estaba.  Y  durante  cinco años,  inmensos  como una sabana, no estuvo más hasta esta tarde, cuando tampoco estaba.
        La carta que le entregó Amalia le duele sin abrirla porque conoce de sobra sus secretos cerrados con saliva, secretos mecidos por un chinchorro a las tres de la tarde, con un sol dormido como un lagarto con intención de quedarse para mortificarlo y hacerle más pesado el trance. Amalia y los otros niños siguen jugando en el fondo de la choza, ocultos a la verdad de su hermano metida en un sobre.  El indio observa sus pies descalzos pero mira más adentro para ver las huellas francas de sus pasos en la tierra, corriendo libres sobre la tarde densa, y sonríe.
     Con el calor siempre chorreante de esta parte del sur y la sonrisa ya vencida, al indio Guacarán se le presenta de puntillas el recuerdo de la noche en que enseñó a pescar sapoaras a su primogénito.  Fue bajo la luna –como debe hacerse– cuando aún Alcides era un hilo de bejuco vivaz y risueño,  y  no  era  tiempo  de  que  las  ganas  de  lejos le tocaran de cerca porque, conuco y tierra vivían pegados a su ombligo todavía.  Mientras vigilaba los cordeles sumidos en la quietud del río, el muchacho Alcides no escuchaba, ni decía; sólo jugaba a ser hombre y ese juego su padre –el indio– lo dominaba y, por ese entonces, ganaba siempre.
     –Caramba, muchachito, pescaste dos sapoaras.  La Negra se va a poner contenta.
     –Sí, padre.  Van a quedar sabrosas.  Va usté a ver la cara de madre cuando las vea y… ¿le va a explicar usté que las pesqué yo?
    –Claro que sí mijito, ¿acaso no es la puritica verdad?
    Ahora ese muchachito le escribe una carta que le sabe feo sin probarla… y esa carta la tiene atragantada y le ha ganado el miedo a abrirla pues teme que, al hacerlo, brote candela y se le quemen las ganas de vivir.
     Los niños chillan mientras se pierden por la vereda del tamarindo enano, con el hambre olvidada, hacia la mancha de maíz que aún no viene.  Juegan con el aire como si fuera un juguete invisible.  Juegan y el padre les observa.  Juegan y el padre los ama más fuerte que nunca, a prudente distancia –como debe hacerse–.
     El sol agrede, con su llama viva, al indio sabio al tiempo que   le llega la soledad de cuerpo entero –toda oscura y de golpe–.  Él la reconoce.  Es la misma que se le arrimó la noche en que murió la Negra –la mujer que le parió seis hijos–.  Ella se fue, llamando al hijo ausente, sin poder verlo antes del gran viaje.  Y  es  eso, precisamente, lo que él no quiere que le suceda: Alcides, caramba, ya no vuelves…, regresa para una palabra.
     Ay, pero esta vez la soledad viene para quedarse y él lo sabe, claro que lo sabe.  Vino para quedarse prendida de una carta, porque él adivina que ese sobre blanco lleva encerrado consigo mala cosa: ¿quién sabe si la muerte?, porque  ¿quién  sabe  si  las rejas?.  Y es  que, la vida y la libertad  son  las cosas que un indio sabio, como Demetrio Guacarán, teme perder porque, como él bien dice: eso es lo único que un indio tiene.
       El viento rastrero de sus recuerdos baja desde el cerro. Por eso, su viejo cuerpo tiembla sobre el chinchorro cuando sus dedos, viscosos de romper la tierra, no logran abrir el sobre blanco y se mira viejo en el lodazal de la ciénaga y la niña Amalia corre con la carta en su mano y llueve como si la lluvia no fuera a acabarse.  El viejo busca a Alcides comiendo pomarrosas, al tiempo que cimbrea una dolencia de muerte hasta su cuello,  y caramba muchachito, pescaste dos sapoaras.  La carta habla y  le llama:  ¡padre!, sin que al indio le quede aliento para girar la cabeza y verse –ya por última vez– en los ojos de Alcides que ya está de vuelta, lejos de los mundos ajenos, sin que sus labios puedan pronunciar una  última querencia.
     La carta  anunciadora del regreso del hijo, resbala –sin abrir– fuera  de  las  manos  de Demetrio cuando la madre negra asoma detrás del tamarindo.  El indio puede verla mientras Alcides y los niños gritan su nombre, para espantar la tarde, que se marcha serpenteando, anunciando, afirmando que… Demetrio Guacarán, caramba, … era… un indio sabio y que del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.

©Isabel Expósito Morales 


*De Cuentos de estas y otras orillas, Domicran, 1995