martes, 5 de julio de 2016

DÍA 65. LA CASA

Una casa perturbó parte de mi infancia.  Vivíamos en Arrecife en ese entonces.  Un Arrecife con Charco San Ginés sucio y espléndido donde me escapaba con mi compañero de aventuras de aquellos años –Jacinto se llamaba–, sin que por allí rondara el miedo.  Un Arrecife enorme, con el mar siempre adelante, a nuestra vista y el Puente Las Bolas, la playa de El Reducto y… la casa vieja, sí, esa, la que me inquietaba.
        Casi sin remedio, yo solía pasar cerca de ella camino a la escuela y también de regreso,  ya  al  final  de  la tarde.  Jacinto se reía de mí cuando, muchas veces, cruzaba la calle para evitar su siniestra proximidad, desatendiendo una vez más, las indicaciones de mi madre que me ordenaba seguir el camino de vuelta a casa siempre por la misma acera.
        La casa vieja quedaba en medio de un amplio solar sólo acompañado por una palmera pobre y escurrida y, al pasar –pese a mi cobardía o tal vez por ella-,  la fisgoneaba casi de reojo.  La casa, vieja y lúgubre, de piedra, estaba casi envuelta por los ramajes de una enredadera de flor malva.  Tenía los techos de lata puntiagudos y las ventanas oscuras, apretadas de tal modo que no se lograba intuir reflejo alguno de su vida interior.  Sin embargo, yo creía adivinar algo abyecto, opaco o triste moviéndose en ella, intentando salir a la superficie del día, por algún resquicio, y entonces, llegaba aquel miedo con mayúsculas que me estrangulaba y que  me empujaba a lanzar una carrera sin tregua hasta la puerta de mi casa, mientras Jacinto me seguía, burlonamente fiel.  Mi amigo era muy dado a  mofarse de  la  gente  que  él catalogaba como rara.  Había  una  niña  en  clase, no en la nuestra sino en otra, a  la  que  atormentaba  repetidamente  en  los  recreos,  sólo  por ser pobre  y  extraña  y  venir  con  andrajos  al colegio  y oler como a viejo…  Estoy seguro, ahora, de que en su fuero interno también se burlaba de mí, etiquetándome como un  cobarde pajarraco que corría más que él.
        Decía que en la casa vieja se escondía un hombre que salía únicamente las noches de luna llena.  Un hombre al que no se podía mirar a los ojos, porque echaban fuego.  También me hablaba del hombre del saco. Yo, por aquel entonces ya era demasiado mayor para seguir creyendo en eso, pero ante  el terror, me invadía una duda perturbadora que, por puro orgullo, no podía compartir con él.
        Aquel verano logré olvidarme de la dichosa casa. Mi padre tuvo que trabajar durante aquellas vacaciones en un pueblo cercano  y todos nos fuimos con él, lejos del Charco San Ginés, y del tormento de cada mañana.  La playa, el sol y los nuevos amigos hicieron que el siniestro recuerdo de aquella casa se apagara por completo.

      Pero, el tiempo  pasó rápido  y,  sin darme cuenta, allí estaba yo, en medio de  mi primer día de colegio después de las vacaciones. Iba sin Jacinto pero, la verdad, ya por entonces no lo necesitaba.  Me acordé de que debía pasar por la casa de mis pesadillas  casi al doblar la esquina, cuando vi, desde lejos, la escuálida palmera, sobreviviendo en medio del solar.  Me había olvidado de mi miedo.  La hiedra de flor malva estaba  muerta, reseca, casi polvo después de un verano de fuego.  Hice el descubrimiento de  que  algo  había cambiado en mí, en ese mismo instante.  Lo que había aprendido aquel largo verano, una pelusilla en el bigote, tener ya casi doce años y encararme con los hechos sin mi amigo como testigo, me hacían fuerte.  Me había atrevido a enfrentarme a las olas, al primer cigarrillo, a los dientes del perro de un vecino y allí estaba, no había pasado nada. Había sobrevivido a todo aquello como un perfecto héroe.
     Sorpresivamente, comenzó a caer sobre mi cabeza de  imberbe, una  llovizna  fina,  casi  espuma. Me  dió tiempo de pensar  que  la  enredadera  muerta  se  habría alegrado de ello unas semanas atrás, pero para ella ya era demasiado tarde.   Traté de resguardarme bajo las casi inútiles hojas de la palmera, muy cerca de la casa. Sí, definitivamente el tiempo había obrado un milagro en mi persona, convirtiéndome en otro mucho más valiente; y todo eso  en un solo verano. 
        Se abrió la puerta.  Oí un ruido seco, que me puso en guardia.   Entre la casa y yo, se abrió el vacío y de él surgió ella; la sorpresa. Ni viejo, ni hombre del saco, ni nada.  La lluvia y ella, vestida con un trajecito raído, las mismas trenzas largas,  la niña de la que Jacinto se reía, la pobre niña de quinto que un día llegó oliendo a viejo, ésa, la de los ojos grandes y la media sonrisa y las manos de agua. Ella, la de la casa aquella que perturbó parte de mi infancia. Nada abyecto, nada lúgubre, nada siniestro. La primera.  Ella, yo y la lluvia, solamente.  Y el miedo se fue huyendo, voló sobre Arrecife, la playa de El Reducto, el Puente Las Bolas y el Charco San Ginés, sucio y espléndido. Se perdió entre la lluvia y mi niñez; no sé si para siempre.

De  Huéspedes de la lluvia, 2011

miércoles, 22 de junio de 2016

INDIO de Isabel Expósito Morales

     Demetrio Guacarán es un indio sabio.  Del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.  Tiene el pelo grueso y la mirada quieta y a esta hora suele echarse –como el sol– sobre un chinchorro de palma mientras en un fogón cercano se cuece para el hambre de unos pies descalzos:  cinco bocas hambrientas que juegan y esperan la llamada del indio, mientras él  ambiciona –sin ninguna esperanza– el veloz paso de las horas. Lleva, como una carga,  un sobre sin abrir entre la hilera de huesos en que se han convertido sus manos de indio rancio, pero... la tarde viene de a poquito, como el rabipelao, seguramente pa’ echarle una vaina y él lo sabe, claro que lo  sabe.  Lo supo esta mañana cuando  se miró viejo en el lodazal de la ciénaga y un zamuro cantó el nombre de su hijo Alcides, bajitico.  El indio olió a tufo de rejas justo en el momento en que la pequeña Amalia lo llamaba.  Lo hacía con esa voz limpia, -tan  parecida a la de su madre muerta– haciendo volar un sobre blanco; corre que te corre por el campo, con los brazos en alto, libre y escuálida como la grama que pisan sus pies sin zapatos.
        Un domingo, Demetrio sentó a Alcides bajo la churuata y, tomando caña, se lo explicó clarito, con estudiada complicidad, como quien no quiere la cosa.  Mientras el hijo sacaba al aire sus ganas de lejos y los vasos de caña compartidos iban menguando su guardia, le avisó que la ciudad no era de ellos, que era un enemigo dispuesto a darles caza y a comérselos vivos, si era preciso. Pero él no quiso creer en su sabiduría y una mañana de lluvia endemoniada, no lo encontró.  Tuvo por cierto que lo hallaría comiendo pomarrosas detrás del cerro donde alguna vez  se escondía  cuando era muchacho pero,  no  estaba.  Y  durante  cinco años,  inmensos  como una sabana, no estuvo más hasta esta tarde, cuando tampoco estaba.
        La carta que le entregó Amalia le duele sin abrirla porque conoce de sobra sus secretos cerrados con saliva, secretos mecidos por un chinchorro a las tres de la tarde, con un sol dormido como un lagarto con intención de quedarse para mortificarlo y hacerle más pesado el trance. Amalia y los otros niños siguen jugando en el fondo de la choza, ocultos a la verdad de su hermano metida en un sobre.  El indio observa sus pies descalzos pero mira más adentro para ver las huellas francas de sus pasos en la tierra, corriendo libres sobre la tarde densa, y sonríe.
     Con el calor siempre chorreante de esta parte del sur y la sonrisa ya vencida, al indio Guacarán se le presenta de puntillas el recuerdo de la noche en que enseñó a pescar sapoaras a su primogénito.  Fue bajo la luna –como debe hacerse– cuando aún Alcides era un hilo de bejuco vivaz y risueño,  y  no  era  tiempo  de  que  las  ganas  de  lejos le tocaran de cerca porque, conuco y tierra vivían pegados a su ombligo todavía.  Mientras vigilaba los cordeles sumidos en la quietud del río, el muchacho Alcides no escuchaba, ni decía; sólo jugaba a ser hombre y ese juego su padre –el indio– lo dominaba y, por ese entonces, ganaba siempre.
     –Caramba, muchachito, pescaste dos sapoaras.  La Negra se va a poner contenta.
     –Sí, padre.  Van a quedar sabrosas.  Va usté a ver la cara de madre cuando las vea y… ¿le va a explicar usté que las pesqué yo?
    –Claro que sí mijito, ¿acaso no es la puritica verdad?
    Ahora ese muchachito le escribe una carta que le sabe feo sin probarla… y esa carta la tiene atragantada y le ha ganado el miedo a abrirla pues teme que, al hacerlo, brote candela y se le quemen las ganas de vivir.
     Los niños chillan mientras se pierden por la vereda del tamarindo enano, con el hambre olvidada, hacia la mancha de maíz que aún no viene.  Juegan con el aire como si fuera un juguete invisible.  Juegan y el padre les observa.  Juegan y el padre los ama más fuerte que nunca, a prudente distancia –como debe hacerse–.
     El sol agrede, con su llama viva, al indio sabio al tiempo que   le llega la soledad de cuerpo entero –toda oscura y de golpe–.  Él la reconoce.  Es la misma que se le arrimó la noche en que murió la Negra –la mujer que le parió seis hijos–.  Ella se fue, llamando al hijo ausente, sin poder verlo antes del gran viaje.  Y  es  eso, precisamente, lo que él no quiere que le suceda: Alcides, caramba, ya no vuelves…, regresa para una palabra.
     Ay, pero esta vez la soledad viene para quedarse y él lo sabe, claro que lo sabe.  Vino para quedarse prendida de una carta, porque él adivina que ese sobre blanco lleva encerrado consigo mala cosa: ¿quién sabe si la muerte?, porque  ¿quién  sabe  si  las rejas?.  Y es  que, la vida y la libertad  son  las cosas que un indio sabio, como Demetrio Guacarán, teme perder porque, como él bien dice: eso es lo único que un indio tiene.
       El viento rastrero de sus recuerdos baja desde el cerro. Por eso, su viejo cuerpo tiembla sobre el chinchorro cuando sus dedos, viscosos de romper la tierra, no logran abrir el sobre blanco y se mira viejo en el lodazal de la ciénaga y la niña Amalia corre con la carta en su mano y llueve como si la lluvia no fuera a acabarse.  El viejo busca a Alcides comiendo pomarrosas, al tiempo que cimbrea una dolencia de muerte hasta su cuello,  y caramba muchachito, pescaste dos sapoaras.  La carta habla y  le llama:  ¡padre!, sin que al indio le quede aliento para girar la cabeza y verse –ya por última vez– en los ojos de Alcides que ya está de vuelta, lejos de los mundos ajenos, sin que sus labios puedan pronunciar una  última querencia.
     La carta  anunciadora del regreso del hijo, resbala –sin abrir– fuera  de  las  manos  de Demetrio cuando la madre negra asoma detrás del tamarindo.  El indio puede verla mientras Alcides y los niños gritan su nombre, para espantar la tarde, que se marcha serpenteando, anunciando, afirmando que… Demetrio Guacarán, caramba, … era… un indio sabio y que del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.

©Isabel Expósito Morales 


*De Cuentos de estas y otras orillas, Domicran, 1995

viernes, 15 de abril de 2016

ABRIL

Abril sabe mis tiempos
mis ritmos
mis compases.
De él partió mi barca
y a él vuelvo 
siempre
 para reconocerme.

Abril se me hace espejo
porque en él me veo
porque en él me invento
y me reinvento

cada primavera
hasta que el sol agoste
mi inventario del tiempo.




lunes, 15 de febrero de 2016

MÁSCARA

Obra de Norma Gualini
Después del pan con mermelada,
habrá que decidir qué adjetivo vestir,
dónde colocar la herida,
cómo ocultar este acechado verbo
que bosteza.
                                            Escoger, elegir:
                                            decir o no decir
                                            risa o raíz,
                                            domingo o sombra.
Habrá que discernir:
sobre los zapatos,
                                            qué caminos descansan
                                            qué pensamientos brozan
                                            qué color te adivina
                                            qué diluvio te llora
                                            qué palabra eres

                                            dónde nace tu idioma...


miércoles, 3 de febrero de 2016

QUIZÁ

Quizá es demasiado
pretender más silencios
sonoros entre la algarabía.
Tal vez ya desconozca
cómo hilar las palabras
para que ellas me digan
cómo se dice el aire,
la belleza o la vida...

Quizá sea tan fugaz,
tal vez tan leve sea
que no resista más
prenderse de mis hilos
el poema...