martes, 28 de agosto de 2012

DÍA 115. MABEL O UNA GUITARRA


Ojos intensos e hinchados, cara trasnochada y larga, rictus áspero y sediento.  Juan piensa que este espejo es un asco: le devuelve la imagen exacta de un insomne con resaca, sin ningún asomo de indulgencia. Parece que no es él quien se mira en el espejo sino que es el espejo quien observa –con sarcasmo– su expresión de sábado por la mañana, regodeándose en esa especie de angustia en vertical por la que siempre está tentado lanzarse, ojos abajo, hasta que –como hoy– llueva desesperadamente y se disponga a tocar la guitarra y, en el rascar de cuerdas, esa fatigada desazón se diluya, como si se derramara un vaso de agua.
            No puede evitar recordar a Mabel.  A ella siempre le pareció insufrible la imperturbable exactitud de sus encuentros con la guitarra, por aquello de que fuera únicamente con la lluvia y no de otra forma.  Claro que ésta no era la única actitud suya que a Mabel le resultaba insoportable y es que ella era el sentido común con cuerpo de mujer y, en su cabecita organizada y clara, no cabían los matices de un neurótico recurrente: <<me has enseñado a odiar los días de lluvia, Juan, te transformas, no te reconozco>>.
            Qué sencillo sería todo, de haber asumido ella su neurosis como algo intermitente e inocuo que, como venía, se iba, sin daños, sin consecuencias.  Él no había podido o no había sabido explicarle que ella también había traído a  su vida, manías propias, instalándolas –lenta y hábilmente– en sus días, con el sabio proceder de quien lo hace  sin darse  cuenta.  Así, en aquel piso pulcro y recién estrenado, invadido de un orden frío e impersonal al que él trataba de acostumbrarse –por puro amor o encantamiento–, no se hablaba del pasado porque a ella le hacía daño.  Además, en las pocas horas en común que el mundo de afuera les dejaba, Juan había aprendido a dejarse guiar hacia donde Mabel quería: amarse en silencio y a oscuras, o discutir sin emoción en el salón blanco e impecable sobre pequeñas cosas del día; o disfrutar sin estridencias de la buena mesa –no grasa, no dulce, demasiado sana y lejana– mientras se sonreían, siempre con respeto, afecto y… lejanía, así como se ama la gente civilizada.  Todo eso llegó a formar parte de su existencia sin que  se rebelara.  Él sólo se dejaba llevar, sin demasiadas efusiones, con discreción, tal como entendía que ella creía era respetar el mundo ajeno; el mundo propio.
            Sin color,  metálico  día  de lluvia empecinada.  Calles casi vacías de ruidos y de gente. Juan piensa que esa ventana es un asco:  le devuelve  la  imagen  exacta  de  su existencia. La lluvia arrecia y él oye ese maldito golpeteo de las gotas  contra los vidrios  de  la ventana  y  busca  la guitarra  desesperadamente. 
            El cuarto  es  un  absoluto desorden –como su vida– y su fantasma de insomne con resaca se pasea sobre los calcetines de la semana y las botellas dispersas y los vasos medio vacíos y la tristeza que no cesa.  Sí, no puede evitar recordar a Mabel, cuando aún respiraba sobre esa cama deshecha, tan lejana ahora como entonces.  <<Este cuarto es también un fiel reflejo de tí mismo>>, habría dicho ella sin hablar.  Bastaba un gesto para que él entendiera.  Como la última vez.  También llovía y él trataba de explicarse, de hacerle entender de alguna forma lo que a veces no se puede exponer con palabras.
             –Sería  bueno,  Mabi,  que  alguna  vez  me  dejaras contarte, del derecho y del revés, mis cosas.  Si supieras escucharme quizá podrías entender que existen otras formas de estar.
            –Bien, cuéntame entonces...si te alegra.
     Y no fue lo que dijo, lo jura.  Fue ese gesto falsamente pueril bajo un tono de  no  hay nada que hacer, estás loco, se bajó el talón se acabó todo.  Y además llovía y por más que buscaba entre la voz de Mabel y su desesperanza, no lograba encontrar la guitarra.
            –Vamos, cuéntame, ¿a qué esperas?.  Ya te he dicho que si eso te hace feliz…
             – ¿Feliz?. Feliz me haría que enterraras ese tono irritado… irritante.  Dichoso me sentiría si te viera escupir sobre tu sentido común, tu compasión y tu incomprensión, Mabel. ¿Feliz? ¿Dices feliz?, pensándolo bien, feliz tal vez me haría… tocar la guitarra.
     Después, Mabel, su sentido común y su vida marchándose aquella noche mientras la lluvia seguía golpeando la ventana.  Mabel huyendo sin tratar de entender un poco su locura transitoria.  Mabel escapando sin que hubiera logrado convencerla de que los locos eran otros: aquellos que, como ella, viven sumidos en un absurdo permanente, sin ni siquiera darse cuenta de ello.
    Y  Juan, desde esa noche, acompañado  únicamente  por esta  angustia  vertical  por  la  que  a  veces  está  tentado lanzarse,  ojos abajo,  hasta que,  como ahora,  recuerde que allí, en  alguna parte de su vida en desorden,  está una guitarra o Mabel esperándole.  Su locura o la de ella.  











miércoles, 22 de agosto de 2012

DÍA 110. AGUAS




Exiliados de las íntimas fórmulas,
limpios de heredades y herrumbres
marcharon

hacia un nuevo orden
contemplado en las aguas,
en busca del canto
de los pájaros
azules de fuego

para crepitar la única existencia
a la orilla
de algún mar en calma.




de  Memorial de Agua  I

jueves, 2 de agosto de 2012

DÍA 100. 2 DE AGOSTO DE 1990


A el hijo, con infinito amor

...Y una tarde gloriosa de agosto trajo al hijo.
Nos lo puso en las manos, en la piel,
adentro de los sueños, atado al corazón.
Lo quisimos entonces,
para nunca dejar de quererlo después.
Y allí, en medio del océano por donde transcurríamos,
le buscamos un nombre que llevará su música
impregnada en la piel,
que al nombrarlo dijera:
suave y fuerte,
brisa y viento,
roca y agua sobre el atardecer