jueves, 6 de diciembre de 2012

DÍA 214. MIRADAS




Tus ojos son
el postigo ileso donde cuelgan
los atardeceres imposibles.
Desde los míos veo
un mechón de los tuyos
cabalgando
a lomos del basalto,
cruzando solos
las lavas de la tarde.

De pronto, sólo espero
refugiar el paisaje y su códice
tras mis párpados
e imperar en sus cuencas ilusorias



miércoles, 21 de noviembre de 2012

DÍA 198. TODO LATE EN LA AUSENCIA

Cuadro de Pío César Robla:  Alegoría de la ausencia 

Todo late en la ausencia:
cada palabra hueca,
 cada gesto baldío,
cada máscara inútil,
 cada silencio yermo,
cada sonrisa triste, 
cada mano de pez.
Cada mirada inerte,
cada espejo cubierto
 -con hieles-
tras los velos.

Todo late en la ausencia
que borró las palabras
de un contundente trazo:
las que se pronunciaron,
las que nunca dijimos, 
aquellas que besamos
y las que fueron dagas transitorias.
También aquéllas que quedaron
justo en la punta del olvido

domingo, 23 de septiembre de 2012

DÍA 139. OTOÑO








Un cántaro emite
elíxir
de otoño:
hojas de vida que caen
como un néctar agridulce
conjugado en las horas 






viernes, 21 de septiembre de 2012

FINALISTAS PREMIO NARRATIVA HERTE 2012


RELATOS      FINALISTAS
PREMIO DE NARRATIVA  HERTE 2012

Después de una siempre difícil selección, y posterior deliberación, el jurado del Premio Narrativa HERTE 2012, ha dado a conocer los títulos de los diez relatos finalistas.  La identidad de sus autores será desvelada el día de la entrega de premios (próximo mes de noviembre, la fecha se les comunicará en unos días).   El orden en que enumeraremos  los relatos seleccionados es absolutamente aleatorio y no tiene nada que ver con su posición en la selección.  Entre ellos están el primero, segundo y tercer premio.  Aunque hablemos de diez finalistas, verán ustedes en la lista doce relatos, eso es debido a que dos de ellos quedaron empatados en puntuación, no tratándose en ningún caso de los tres ganadores.  ¡Felicitaciones a todos, finalistas y no finalistas! Nos hicieron la tarea muy complicada, dada la calidad de los escritos presentados.


Milagro de verano
El último tren
Trabajo sucio
Noche sin luna
La otra
Dulce espera
El Reo
Mi hermano
Desamor
Cómo ayudar a su madre
Sangre, sudor y cebolla
La llamada de Dios




Pilar Gutiérrez, Mª Magdalena Padrón, Isabel Expósito Morales
Componentes del jurado



Directiva de Asociación HERTE   

lunes, 10 de septiembre de 2012

DÍA 128. MARÍA





Sentada en la escalera,
cubierta las espaldas
con no sé qué dolores
ni qué sueños,
te recuerdo.
Con la mirada limpia,
pendiente de la sombra
que el damasco
le regalaba al patio.

Las flores de clepsidra
penden de la memoria
y te dibujan para mí,
esta tarde.

Ya son las tres, María.
La sombra apenas empieza
a asomar su algarabía
y aquí estoy yo,
sentada en la escalera de otro tiempo
pensando en ti,
mirándote las manos
curtidas por silencios.

Ocho hijos, María
le obsequiaste a los días
y, los días, pasaron por ti
sin dádivas,
avaros,
con textura de esparto.
Cuánto dolor guardado
a la sombra del árbol.
Cuántos deseos de aire y libertad
cruzaron por tus campos
de adentro.
Cuántas palabras se quedaron
por decir,
marcándote al oído, 
el compás del silencio,

Yo te quise, María
y amé los ojos tristes que una niña no entiende.
Algo de ti regresa esta tarde a mi casa
para que pueda ver tu carita redonda
y el negro riguroso del pañuelo en tu frente.
Y aquí, instalada yo, en el silencio de tus horas,
sentir a la niña que hubo en mí,
jugar con las palabras que no dijo tu boca.



martes, 28 de agosto de 2012

DÍA 115. MABEL O UNA GUITARRA


Ojos intensos e hinchados, cara trasnochada y larga, rictus áspero y sediento.  Juan piensa que este espejo es un asco: le devuelve la imagen exacta de un insomne con resaca, sin ningún asomo de indulgencia. Parece que no es él quien se mira en el espejo sino que es el espejo quien observa –con sarcasmo– su expresión de sábado por la mañana, regodeándose en esa especie de angustia en vertical por la que siempre está tentado lanzarse, ojos abajo, hasta que –como hoy– llueva desesperadamente y se disponga a tocar la guitarra y, en el rascar de cuerdas, esa fatigada desazón se diluya, como si se derramara un vaso de agua.
            No puede evitar recordar a Mabel.  A ella siempre le pareció insufrible la imperturbable exactitud de sus encuentros con la guitarra, por aquello de que fuera únicamente con la lluvia y no de otra forma.  Claro que ésta no era la única actitud suya que a Mabel le resultaba insoportable y es que ella era el sentido común con cuerpo de mujer y, en su cabecita organizada y clara, no cabían los matices de un neurótico recurrente: <<me has enseñado a odiar los días de lluvia, Juan, te transformas, no te reconozco>>.
            Qué sencillo sería todo, de haber asumido ella su neurosis como algo intermitente e inocuo que, como venía, se iba, sin daños, sin consecuencias.  Él no había podido o no había sabido explicarle que ella también había traído a  su vida, manías propias, instalándolas –lenta y hábilmente– en sus días, con el sabio proceder de quien lo hace  sin darse  cuenta.  Así, en aquel piso pulcro y recién estrenado, invadido de un orden frío e impersonal al que él trataba de acostumbrarse –por puro amor o encantamiento–, no se hablaba del pasado porque a ella le hacía daño.  Además, en las pocas horas en común que el mundo de afuera les dejaba, Juan había aprendido a dejarse guiar hacia donde Mabel quería: amarse en silencio y a oscuras, o discutir sin emoción en el salón blanco e impecable sobre pequeñas cosas del día; o disfrutar sin estridencias de la buena mesa –no grasa, no dulce, demasiado sana y lejana– mientras se sonreían, siempre con respeto, afecto y… lejanía, así como se ama la gente civilizada.  Todo eso llegó a formar parte de su existencia sin que  se rebelara.  Él sólo se dejaba llevar, sin demasiadas efusiones, con discreción, tal como entendía que ella creía era respetar el mundo ajeno; el mundo propio.
            Sin color,  metálico  día  de lluvia empecinada.  Calles casi vacías de ruidos y de gente. Juan piensa que esa ventana es un asco:  le devuelve  la  imagen  exacta  de  su existencia. La lluvia arrecia y él oye ese maldito golpeteo de las gotas  contra los vidrios  de  la ventana  y  busca  la guitarra  desesperadamente. 
            El cuarto  es  un  absoluto desorden –como su vida– y su fantasma de insomne con resaca se pasea sobre los calcetines de la semana y las botellas dispersas y los vasos medio vacíos y la tristeza que no cesa.  Sí, no puede evitar recordar a Mabel, cuando aún respiraba sobre esa cama deshecha, tan lejana ahora como entonces.  <<Este cuarto es también un fiel reflejo de tí mismo>>, habría dicho ella sin hablar.  Bastaba un gesto para que él entendiera.  Como la última vez.  También llovía y él trataba de explicarse, de hacerle entender de alguna forma lo que a veces no se puede exponer con palabras.
             –Sería  bueno,  Mabi,  que  alguna  vez  me  dejaras contarte, del derecho y del revés, mis cosas.  Si supieras escucharme quizá podrías entender que existen otras formas de estar.
            –Bien, cuéntame entonces...si te alegra.
     Y no fue lo que dijo, lo jura.  Fue ese gesto falsamente pueril bajo un tono de  no  hay nada que hacer, estás loco, se bajó el talón se acabó todo.  Y además llovía y por más que buscaba entre la voz de Mabel y su desesperanza, no lograba encontrar la guitarra.
            –Vamos, cuéntame, ¿a qué esperas?.  Ya te he dicho que si eso te hace feliz…
             – ¿Feliz?. Feliz me haría que enterraras ese tono irritado… irritante.  Dichoso me sentiría si te viera escupir sobre tu sentido común, tu compasión y tu incomprensión, Mabel. ¿Feliz? ¿Dices feliz?, pensándolo bien, feliz tal vez me haría… tocar la guitarra.
     Después, Mabel, su sentido común y su vida marchándose aquella noche mientras la lluvia seguía golpeando la ventana.  Mabel huyendo sin tratar de entender un poco su locura transitoria.  Mabel escapando sin que hubiera logrado convencerla de que los locos eran otros: aquellos que, como ella, viven sumidos en un absurdo permanente, sin ni siquiera darse cuenta de ello.
    Y  Juan, desde esa noche, acompañado  únicamente  por esta  angustia  vertical  por  la  que  a  veces  está  tentado lanzarse,  ojos abajo,  hasta que,  como ahora,  recuerde que allí, en  alguna parte de su vida en desorden,  está una guitarra o Mabel esperándole.  Su locura o la de ella.  











miércoles, 22 de agosto de 2012

DÍA 110. AGUAS




Exiliados de las íntimas fórmulas,
limpios de heredades y herrumbres
marcharon

hacia un nuevo orden
contemplado en las aguas,
en busca del canto
de los pájaros
azules de fuego

para crepitar la única existencia
a la orilla
de algún mar en calma.




de  Memorial de Agua  I

jueves, 2 de agosto de 2012

DÍA 100. 2 DE AGOSTO DE 1990


A el hijo, con infinito amor

...Y una tarde gloriosa de agosto trajo al hijo.
Nos lo puso en las manos, en la piel,
adentro de los sueños, atado al corazón.
Lo quisimos entonces,
para nunca dejar de quererlo después.
Y allí, en medio del océano por donde transcurríamos,
le buscamos un nombre que llevará su música
impregnada en la piel,
que al nombrarlo dijera:
suave y fuerte,
brisa y viento,
roca y agua sobre el atardecer 

sábado, 28 de julio de 2012

DÍA 95. 28 DE JULIO



Para tí,  ¡Feliz cumplevida!

Si navego en tu cauce
y mis aguas se abren
en la región amada
que lleva a tus instantes,
es porque aquí reinan tus manos
como inmortales pájaros
sin ausencias


 No se agotan los sueños,
siguen de pie
–aunque algo cansados-
Y es que el hálito
es aún joven, 
tras la vieja armadura. 





Eres  un placer que asciende y se evapora,
un pacto secretísimo con íntimas fragancias.
Infalible talismán que otorga paz sobre el abecedario.

Eres : el más amado suceso en mis colmadas páginas 


sábado, 7 de julio de 2012

DÍA 92. ESCALERAS





    Casi podría contar la historia de mi vida, a través de las escaleras que han pasado por ella, aunque tal vez sería más justo decir, por las que yo he pasado y han quedado adosadas a mí para subirlas y bajarlas cuantas veces quiera.  Hubo una, cuando tenía unos trece o catorce años que, en mis veranos en el Hierro, me llevaba al mágico mundo de los libros prohibidos: las novelas de Corín Tellado.  Esta escalera estaba en Jarera Abajo en la casa de la bisabuela María, que aún vivía, y con ella  una hija todavía soltera, mi querida tía Imelda. Cuando  iba a visitarlas, yo buscaba cualquier pretexto para subir aquella escalera que, desde  el patio, me llevaba al piso de arriba.  Allí me esperaba un viejo arcón lleno de tesoros: los suyos, como traperas y sábanas nuevas, y los míos: aquellas historias de amor que no sólo me adentraron en el mundo de los relatos de amor romántico y apasionado, sino que también me regalaron buena ortografía y  afianzaron aún más  mi precoz pasión por la poesía. Estas novelas eran  literatura popular simple, sencilla, folletinesca pero, a fin de cuentas, literatura que, además de llenar mi cabeza de pajaritos, inundó mi espíritu de ganas de volar y soñar.

     Esa es la misma escalera donde se sentaba mi bisabuela a hilar, más que la lana, el tiempo, con su vieja rueca y su inseparable pañuelo negro. Así es como la recuerdo, sentada en los últimos peldaños, vestida de negro, observando como pasaban las horas, a través de las sombras que dibujaba un damasco sobre las piedras enlosadas del patio.  De esa manera, la bisabuela María podía adivinar si había llegado la hora del ayanto, del ordeño, del descanso…  Esa fue su única ocupación los últimos años de su vida, pues el duro hacer de parir y criar ocho hijos en la poquísima abundancia y el mucho trabajo, la llevó a una vejez prematura y agigantada cuyo peso casi le impedía  moverse más allá de cuatro pasos.

     Pero no fue esa mi  primera escalera, sino aquella otra en la  pensión de la calle Rosalía en Santa Cruz de Tenerife,  de la que  sólo conservo imágenes tan borrosas que a veces dudo de que éstas nazcan de la propia vivencia.  Las historias que partieron de aquel lugar han sido repetidas tantas veces desde entonces que casi han logrado convertirse en mito. En aquella pensión vivíamos, escaleras arriba, en una azotea que no sé si miraba a alguna parte porque no lo recuerdo.  Lo que si sé es que mi memoria sube hoy aquellos peldaños recónditos para traer los ecos de un episodio desagradable en el que estuvo involucrado mi hermano Antonio,  quien desde la inocencia de sus  dos años,  dejó caer un pequeño cepillo de cerdas  –de  esos que se usaban entonces para lavar la ropa-, con la mala suerte de golpear a alguien que convirtió esa pequeño accidente  en un escándalo, tan inútil como desproporcionado,  y cuyas consecuencias calaron de tal modo en el ánimo familiar que aún hoy, en estas páginas, rezuma la tristeza de lo injusto.  A veces las personas nos aferramos a lo banal para agigantarlo, sin darnos cuenta de que ese gigante construido sin sentido, afecta el ánimo de inocentes.  Ese episodio unido a muchos otros de los que he sido protagonista o simple espectadora, hace que a veces, aunque no quiera, ante una situación que de alguna manera me resulte  injusta, saque a la luz mi monstruo particular para enfrentarme ante la injusticia con un ardor desbordado, visceral; lo que a su vez, y paradójicamente, me hace injusta algunas veces.  Intento alejarme cuanto puedo del odio y el rencor pues entiendo perfectamente que esos sentimientos sólo hacen daño a quienes lo sienten, sin embargo no logro evitar cierta inquina contra aquellos que no tienen el mínimo de empatía necesario para ponerse en el lugar del otro.  
     Este hecho fue la excusa perfecta para  abandonar aquella habitacióncocina en la azotea con vistas a ninguna parte.  Así que,  una vez  mi padre hubo conseguido un trabajo en el Puerto de La Cruz , nos mudamos a Tacoronte.   Esa fue nuestra primera casa de verdad, con salón, comedor, cocina y habitaciones independientes, aunque los tres hermanos compartiéramos una.  Y allí estaba, también, mi segunda escalera sólo que, ésta me llevaba al paraíso del patio, con sus hiedras de flor morada y su limonero.  Allí mi madre, mujer de campo, al fin pudo plantar flores en macetas improvisadas hechas con latas de conserva vacías pues eran tiempos de buscar utilidad a todo.  Tengo buenos recuerdos de aquella escalera que me conducía, del calor de la casa a la aventura, y de ella, a los sueños y a las ganas de crecer junto a mis hermanos.  Me veo subida en una silla lavando los platos, ayudando a mi madre con las tareas de la casa, descubrir maravillada la primera navidad con turrón y peladillas, la primera muñeca fuera de las de trapo de la abuela María.  Salvo alguna excepción, conservo  en general recuerdos dulces de toda nuestra estancia en Tacoronte.  En una de sus escuelas aprendí a leer y escribir, disfruté del olor de las gomas recién estrenadas, los lápices a los que no paraba de sacar punta, mis primeras cuartillas de caligrafía a las que no debí prestar mucha atención pues no presumo hoy de tener buenos trazos.  A lo que sí me dediqué con frenesí fue a leer. Cuando descubrí lo que me esperaba al lograr unir una letra con otra, la sensación de poder que me regalaba construir palabras,  hizo que hiciera mío ese tesoro, convirtiéndolo en mi aliado, la fuente de donde parte el mundo poético donde me muevo y al mismo tiempo, hacia donde fluyen de vuelta, como un refugio cálido y seguro, lo que me toca, roza, agranda, entristece, enaltece o alegra el alma. 

miércoles, 13 de junio de 2012

DÍA 80. INDIO



Demetrio Guacarán es un indio sabio.  Del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.  Tiene el pelo grueso y la mirada quieta y a esta hora suele echarse –como el sol– sobre un chinchorro de palma mientras en un fogón cercano se cuece para el hambre de unos pies descalzos:  cinco bocas hambrientas que juegan y esperan la llamada del indio, mientras él  ambiciona –sin ninguna esperanza– el veloz paso de las horas. Lleva, como una carga,  un sobre sin abrir entre la hilera de huesos en que se han convertido sus manos de indio rancio, pero... la tarde viene de a poquito, como el rabipelao, seguramente pa’ echarle una vaina y él lo sabe, claro que lo  sabe.  Lo supo esta mañana cuando  se miró viejo en el lodazal de la ciénaga y un zamuro cantó el nombre de su hijo Alcides, bajitico.  El indio olió a tufo de rejas justo en el momento en que la pequeña Amalia lo llamaba.  Lo hacía con esa voz limpia, -tan  parecida a la de su madre muerta– haciendo volar un sobre blanco; corre que te corre por el campo, con los brazos en alto, libre y escuálida como la grama que pisan sus pies sin zapatos.
        Un domingo, Demetrio sentó a Alcides bajo la churuata y, tomando caña, se lo explicó clarito, con estudiada complicidad, como quien no quiere la cosa.  Mientras el hijo sacaba al aire sus ganas de lejos y los vasos de caña compartidos iban menguando su guardia, le avisó que la ciudad no era de ellos, que era un enemigo dispuesto a darles caza y a comérselos vivos, si era preciso. Pero él no quiso creer en su sabiduría y una mañana de lluvia endemoniada, no lo encontró.  Tuvo por cierto que lo hallaría comiendo pomarrosas detrás del cerro donde alguna vez  se escondía  cuando era muchacho pero,  no  estaba.  Y  durante  cinco años,  inmensos  como una sabana, no estuvo más hasta esta tarde, cuando tampoco estaba.
        La carta que le entregó Amalia le duele sin abrirla porque conoce de sobra sus secretos cerrados con saliva, secretos mecidos por un chinchorro a las tres de la tarde, con un sol dormido como un lagarto con intención de quedarse para mortificarlo y hacerle más pesado el trance. Amalia y los otros niños siguen jugando en el fondo de la choza, ocultos a la verdad de su hermano metida en un sobre.  El indio observa sus pies descalzos pero mira más adentro para ver las huellas francas de sus pasos en la tierra, corriendo libres sobre la tarde densa, y sonríe.
     Con el calor siempre chorreante de esta parte del sur y la sonrisa ya vencida, al indio Guacarán se le presenta de puntillas el recuerdo de la noche en que enseñó a pescar sapoaras a su primogénito.  Fue bajo la luna –como debe hacerse– cuando aún Alcides era un hilo de bejuco vivaz y risueño,  y  no  era  tiempo  de  que  las  ganas  de  lejos le tocaran de cerca porque, conuco y tierra vivían pegados a su ombligo todavía.  Mientras vigilaba los cordeles sumidos en la quietud del río, el muchacho Alcides no escuchaba, ni decía; sólo jugaba a ser hombre y ese juego su padre –el indio– lo dominaba y, por ese entonces, ganaba siempre.
     –Caramba, muchachito, pescaste dos sapoaras.  La Negra se va a poner contenta.
     –Sí, padre.  Van a quedar sabrosas.  Va usté a ver la cara de madre cuando las vea y… ¿le va a explicar usté que las pesqué yo?
    –Claro que sí mijito, ¿acaso no es la puritica verdad?
    Ahora ese muchachito le escribe una carta que le sabe feo sin probarla… y esa carta la tiene atragantada y le ha ganado el miedo a abrirla pues teme que, al hacerlo, brote candela y se le quemen las ganas de vivir.
     Los niños chillan mientras se pierden, por la vereda del tamarindo enano, con el hambre olvidada, hacia la mancha de maíz que aún no viene.  Juegan con el aire como si fuera un juguete invisible.  Juegan y el padre les observa.  Juegan y el padre los ama más fuerte que nunca, a prudente distancia –como debe hacerse–.
     El sol agrede, con su llama viva, al indio sabio.   Le llega la soledad de cuerpo entero –toda oscura y de golpe–.  Él la reconoce.  Es la misma que se le arrimó la noche en que murió la Negra –la mujer que le parió seis hijos–.  Ella se fue, llamando al hijo ausente, sin poder verlo antes del gran viaje.  Y  es  eso, precisamente, lo que él no quiere que le suceda: Alcides, caramba, ya no vuelves…, regresa para una palabra.
     Ay, pero esta vez la soledad viene para quedarse y él lo sabe, claro que lo sabe.  Vino para quedarse prendida de una carta, porque él adivina que ese sobre blanco lleva encerrado consigo mala cosa: ¿quién sabe si la muerte?, porque  ¿quién  sabe  si  las rejas?.  Y es  que, la vida y la libertad  son  las cosas que un indio sabio, como Demetrio Guacarán, teme perder porque, como él bien dice: eso es lo único que un indio tiene.
       El viento rastrero de sus recuerdos baja desde el cerro. Por eso, su viejo cuerpo tiembla sobre el chinchorro cuando sus dedos, viscosos de romper la tierra, no logran abrir el sobre blanco y se mira viejo en el lodazal de la ciénaga y la niña Amalia corre con la carta en su mano y llueve como si la lluvia no fuera a acabarse.  El viejo busca a Alcides comiendo pomarrosas, al tiempo que cimbrea una dolencia de muerte hasta su cuello,  y caramba muchachito, pescaste dos sapoaras.  La carta habla y  le llama:  ¡padre!, sin que al indio le quede aliento para girar la cabeza y verse –ya por última vez– en los ojos de Alcides que ya está de vuelta, lejos de los mundos ajenos, sin que sus labios puedan pronunciar una  última querencia.
     La carta  anunciadora del regreso del hijo, resbala –sin abrir– fuera  de  las  manos  de Demetrio cuando la madre negra asoma detrás del tamarindo.  El indio puede verla mientras Alcides y los niños gritan su nombre, para espantar la tarde, que se marcha serpenteando, anunciando, afirmando que… Demetrio Guacarán, caramba, … era… un indio sabio y que del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.


©Isabel Expósito Morales 
*De Cuentos de estas y otras orillas, Domicran, 1995

martes, 15 de mayo de 2012

DÍA 78. PRIMER POEMA



El primer poema que escribí para ti 
 llevaba el signo del anhelo.
Era inocente entonces y por eso creía
en la pasión de un príncipe que yo liberaría
de su cálida trampa.
Aquel primer poema 
fue una canción de luz 
encendida en tus brazos, atrapada
 en mi red de mariposa
Después volví a la tierra.
Posé mi fantasía de cristales hermosos 
sobre tu hierba fresca.
Ya en el cuarto poema 
había llegado el tiempo silencioso
en medio de un tropel de alas caprichosas,
circulando en los nombres, aventando a la prisa,
invadiendo los sueños,  pertrechado en las horas
y entonces,  me convertí en oculta gacela
 sin que te dieras cuenta .
Ha pasado la vida . Te escribí mil poemas.
He llegado a esta página.
Ahora no sé que nombre llevo, 
qué palabra me nombra.
Ya no soy mariposa,
ni gacela ni trampa.
Sólo sé que sostengo en mis manos la barca
en la que río abajo
navegamos
hacia un mar de palabras 

jueves, 3 de mayo de 2012

DÍA 77. LA CENA





Llegaron temprano.   Ángel los recibió  con una copa de ginebra en la mano. Sus primos habían traído un regalo de esos que uno lleva -de compromiso- cuando lo invitan a cenar.  Se trataba de una cesta con níscalos y setas. Junto al presente, llegaron los abrazos, las sonrisas, las palabras almidonadas, pretenciosas.  Ya conocía cada quien las máscaras de los otros. El tono falso con el que se trataban era viejo; venía de una antigua rencilla familiar por temas de herencia. Ángel los hizo pasar al salón de la casa con una efusividad mal ensayada.  Y allí estuvieron conversando largamente. Entre ponches y ginebras  fueron pasando, de los niños al último viaje a París, del delicioso aroma procedente de la cocina a la última película de los hermanos Coen.  Fue, instalados en la mesa del comedor y estando ya en el segundo plato, cuando los primos hicieron comentarios jocosos sobre el  hallazgo providencial de los enormes níscalos que habían traído, a lo que Ángel correspondió asegurándoles que en el almuerzo del día siguiente daría buena cuenta de ellos.  Enseguida añadió, sin meditar, que usaría una receta  pasada de generación en generación en su familia materna, arrepintiéndose nada más terminar de hablar. Ángel sabía que –por asociación de ideas-  todos habían pensado  al unísono lo mismo que él:  la receta de la que hablaba  había sido transferida tal como lo hacen  las herencias.   Un  incómodo silencio, sólo interrumpido por encorsetadas frases de cortesía sobre la decoración y otras nimiedades, se hizo del espacio y, para disgusto de los tres, se prolongó  hasta los postres. Saboreando el ligero mousse de limón, alguien tocó, de refilón,  el tema de las lindes, como si el asunto no despertara interés, como si hablar del tiempo se tratara. A la hora del puro, nuevamente en el porche, entre una somnolencia pertinaz y en aumento de los primos, un silencio profuso y rastrero se instaló entre ellos.  Los tres cavilaban: Ángel en cómo hacer frente a los hechos, tantas veces estudiados, que se sucederían vertiginosamente en cuanto terminaran de hacer efecto los somníferos mezclados con el postre; los primos  en los terribles síntomas que sufriría Ángel al día siguiente, tras la ingesta de las amanitas phalloides que esperaban por él en la cesta.

jueves, 19 de abril de 2012

DÍA 76. LAS HORAS



Nutrirnos de la inexacta presencia de las horas
es nuestro oficio
Sacarlas del fondo sin final de la memoria
con gesto de enredadera;
a vivirlas porque se necesitan,
a recrearlas porque la nada apremia.

Sumar dividir: construir meses años;
verdugos infalibles
que adornan el respirar con signos aleatorios.

Deshacer el tiempo
en un acre remedo
a un costado del mundo que se desvanece.

Almacenar memoria,
ahuyentar de nosotros la esencia de cigarra,
como si la vida fuera toda un invierno.

De  Isla Absoluta, 2005.

viernes, 6 de abril de 2012

DÍA 75, ÍNSULA



Mar 
en contornos de azul
pleno
en danzas de agua.

Tierra 
en juego con los gestos.

Alud
en barrancos caligráficos.

Copula en ramajes de luz
el viento.

Cielo oceánico.

En cuencas de luz
crepita la gaviota que sentencia

:continuidad en los espacios.



jueves, 22 de marzo de 2012

DÍA 74. POR SI OLVIDO



                     Por si olvido tu nombre algún día en las horas,
recuérdame esta tarde, al oído del viento,
cuando me acariciabas 
la tristeza en los ojos
y tus manos decían lo que nos esperaba  
al final de la siembra
Por si olvido tu música
 y me pierdo en la noche oscura de la bruma,
pon tu mano en mi boca.
Condúceme a este viaje de fragores y selvas,
hilváname al mañana con puntadas de hierba.
Recuérdame en silencio la voz de los orígenes,
cuando los días saludaban, solemnes, a las puertas.
Háblame de la belleza de lo simple:
la lluvia en el cristal, la mirada del hijo,
el compás de la hija, el paso de los sueños,
el mar tras la ventana, el roce de la risa,
tu piel sobre el temblor de mi deseo.
Susúrrame un poema, ponme un libro en la mano,
dime como me gusta el olor de la higuera,
y como adivinaba las siluetas amadas
que, con voz de guitarra, regresaban a casa.
Por si en medio de todo se me escapa el recuerdo
 y la memoria yerra,
o el espíritu acampa en los yelmos desiertos.
Por si el camino tuerce hacia un lado perdido,
por si olvido tu nombre, por si pierdo tus huellas,
amor, quiero que me prometas:
por si lo que te he dicho algún día ocurriera,
dime como te llamas y empecemos de nuevo. 

De Cuaderno de Viaje
©Isabel Expósito Morales 

jueves, 1 de marzo de 2012

DÍA 72. INVENTARIO






Atavíos  del viento,
aplastante certeza de la aurora,
inventario infinito de unicornios
y gemas de cristal sobre la noche.
Hay un añejo rumor entre las piedras,
una sutil presencia de infinitos
y un cordel con memoria atado a todo.
También una proclama
y un libro desgastado de tanta permanencia.
Las huellas de dos hijos que no nos pertenecen,
unas alas  que aún vuelan,
un estado intermedio entre el azul y el verde
y esta isla,
esta isla de caminos sin nombre y de manos abiertas,
de árboles de agua y murmullos de hierba.
Esto es lo que nos queda.
Nada más, nada menos.




de Cuaderno de viaje

martes, 14 de febrero de 2012

DÍA 70. DIGITACIÓN

Cuando el perfil del amado
pliega la boca suplicante,
sobre la noche gotea la amazónica digitación
y un bumerán  regresa
Sólo entonces late una inquietud de pájaros nocturnos:
el candor del antiguo animal que Baudelaire suplica
y reverbera el bosque imbuido
buscando el arribo
a la íntima selva
donde los dioses reinan 

lunes, 30 de enero de 2012

DÍA 67. ARRORRÓ





Con música de fondo,                                                            
banda sonora de los días largos,                        
 guijarros                                                                   
de sonido que resbalan                       
sobre el pentagrama                        
de sol                     
sobre los campos.                                                
O arpegios,                                       
notas cálidas                                                             
en la huerta manzana,                                            
cual horizonte abriéndose
bajo el morder del agua.    
                                   
          Rodar de roces limos,                                     
         de fusas sobre el árbol
         y arrullo de melenas
         en la brisa ciruelo
         de una tarde que canta:
         do re mi fa sol la
         sol la si do de un beso
         en la frente de un niño.

Una canción que nace
y unos ojos que inventan
siluetas navegando
sobre la risa llama
del niño arpa
por las horas volando.
         Arrorró* riguroso
         que tus sueños atrapa
         y tu vida persigue
         con música de fondo.


              


*Canción de cuna canaria




©Isabel Expósito Morales