jueves, 6 de diciembre de 2012

DÍA 214. MIRADAS




Tus ojos son
el postigo ileso donde cuelgan
los atardeceres imposibles.
Desde los míos veo
un mechón de los tuyos
cabalgando
a lomos del basalto,
cruzando solos
las lavas de la tarde.

De pronto, sólo espero
refugiar el paisaje y su códice
tras mis párpados
e imperar en sus cuencas ilusorias



miércoles, 21 de noviembre de 2012

DÍA 198. TODO LATE EN LA AUSENCIA

Cuadro de Pío César Robla:  Alegoría de la ausencia 

Todo late en la ausencia:
cada palabra hueca,
 cada gesto baldío,
cada máscara inútil,
 cada silencio yermo,
cada sonrisa triste, 
cada mano de pez.
Cada mirada inerte,
cada espejo cubierto
 -con hieles-
tras los velos.

Todo late en la ausencia
que borró las palabras
de un contundente trazo:
las que se pronunciaron,
las que nunca dijimos, 
aquellas que besamos
y las que fueron dagas transitorias.
También aquéllas que quedaron
justo en la punta del olvido

domingo, 23 de septiembre de 2012

DÍA 139. OTOÑO








Un cántaro emite
elíxir
de otoño:
hojas de vida que caen
como un néctar agridulce
conjugado en las horas 






viernes, 21 de septiembre de 2012

FINALISTAS PREMIO NARRATIVA HERTE 2012


RELATOS      FINALISTAS
PREMIO DE NARRATIVA  HERTE 2012

Después de una siempre difícil selección, y posterior deliberación, el jurado del Premio Narrativa HERTE 2012, ha dado a conocer los títulos de los diez relatos finalistas.  La identidad de sus autores será desvelada el día de la entrega de premios (próximo mes de noviembre, la fecha se les comunicará en unos días).   El orden en que enumeraremos  los relatos seleccionados es absolutamente aleatorio y no tiene nada que ver con su posición en la selección.  Entre ellos están el primero, segundo y tercer premio.  Aunque hablemos de diez finalistas, verán ustedes en la lista doce relatos, eso es debido a que dos de ellos quedaron empatados en puntuación, no tratándose en ningún caso de los tres ganadores.  ¡Felicitaciones a todos, finalistas y no finalistas! Nos hicieron la tarea muy complicada, dada la calidad de los escritos presentados.


Milagro de verano
El último tren
Trabajo sucio
Noche sin luna
La otra
Dulce espera
El Reo
Mi hermano
Desamor
Cómo ayudar a su madre
Sangre, sudor y cebolla
La llamada de Dios




Pilar Gutiérrez, Mª Magdalena Padrón, Isabel Expósito Morales
Componentes del jurado



Directiva de Asociación HERTE   

lunes, 10 de septiembre de 2012

DÍA 128. MARÍA





Sentada en la escalera,
cubierta las espaldas
con no sé qué dolores
ni qué sueños,
te recuerdo.
Con la mirada limpia,
pendiente de la sombra
que el damasco
le regalaba al patio.

Las flores de clepsidra
penden de la memoria
y te dibujan para mí,
esta tarde.

Ya son las tres, María.
La sombra apenas empieza
a asomar su algarabía
y aquí estoy yo,
sentada en la escalera de otro tiempo
pensando en ti,
mirándote las manos
curtidas por silencios.

Ocho hijos, María
le obsequiaste a los días
y, los días, pasaron por ti
sin dádivas,
avaros,
con textura de esparto.
Cuánto dolor guardado
a la sombra del árbol.
Cuántos deseos de aire y libertad
cruzaron por tus campos
de adentro.
Cuántas palabras se quedaron
por decir,
marcándote al oído, 
el compás del silencio,

Yo te quise, María
y amé los ojos tristes que una niña no entiende.
Algo de ti regresa esta tarde a mi casa
para que pueda ver tu carita redonda
y el negro riguroso del pañuelo en tu frente.
Y aquí, instalada yo, en el silencio de tus horas,
sentir a la niña que hubo en mí,
jugar con las palabras que no dijo tu boca.



martes, 28 de agosto de 2012

DÍA 115. MABEL O UNA GUITARRA


Ojos intensos e hinchados, cara trasnochada y larga, rictus áspero y sediento.  Juan piensa que este espejo es un asco: le devuelve la imagen exacta de un insomne con resaca, sin ningún asomo de indulgencia. Parece que no es él quien se mira en el espejo sino que es el espejo quien observa –con sarcasmo– su expresión de sábado por la mañana, regodeándose en esa especie de angustia en vertical por la que siempre está tentado lanzarse, ojos abajo, hasta que –como hoy– llueva desesperadamente y se disponga a tocar la guitarra y, en el rascar de cuerdas, esa fatigada desazón se diluya, como si se derramara un vaso de agua.
            No puede evitar recordar a Mabel.  A ella siempre le pareció insufrible la imperturbable exactitud de sus encuentros con la guitarra, por aquello de que fuera únicamente con la lluvia y no de otra forma.  Claro que ésta no era la única actitud suya que a Mabel le resultaba insoportable y es que ella era el sentido común con cuerpo de mujer y, en su cabecita organizada y clara, no cabían los matices de un neurótico recurrente: <<me has enseñado a odiar los días de lluvia, Juan, te transformas, no te reconozco>>.
            Qué sencillo sería todo, de haber asumido ella su neurosis como algo intermitente e inocuo que, como venía, se iba, sin daños, sin consecuencias.  Él no había podido o no había sabido explicarle que ella también había traído a  su vida, manías propias, instalándolas –lenta y hábilmente– en sus días, con el sabio proceder de quien lo hace  sin darse  cuenta.  Así, en aquel piso pulcro y recién estrenado, invadido de un orden frío e impersonal al que él trataba de acostumbrarse –por puro amor o encantamiento–, no se hablaba del pasado porque a ella le hacía daño.  Además, en las pocas horas en común que el mundo de afuera les dejaba, Juan había aprendido a dejarse guiar hacia donde Mabel quería: amarse en silencio y a oscuras, o discutir sin emoción en el salón blanco e impecable sobre pequeñas cosas del día; o disfrutar sin estridencias de la buena mesa –no grasa, no dulce, demasiado sana y lejana– mientras se sonreían, siempre con respeto, afecto y… lejanía, así como se ama la gente civilizada.  Todo eso llegó a formar parte de su existencia sin que  se rebelara.  Él sólo se dejaba llevar, sin demasiadas efusiones, con discreción, tal como entendía que ella creía era respetar el mundo ajeno; el mundo propio.
            Sin color,  metálico  día  de lluvia empecinada.  Calles casi vacías de ruidos y de gente. Juan piensa que esa ventana es un asco:  le devuelve  la  imagen  exacta  de  su existencia. La lluvia arrecia y él oye ese maldito golpeteo de las gotas  contra los vidrios  de  la ventana  y  busca  la guitarra  desesperadamente. 
            El cuarto  es  un  absoluto desorden –como su vida– y su fantasma de insomne con resaca se pasea sobre los calcetines de la semana y las botellas dispersas y los vasos medio vacíos y la tristeza que no cesa.  Sí, no puede evitar recordar a Mabel, cuando aún respiraba sobre esa cama deshecha, tan lejana ahora como entonces.  <<Este cuarto es también un fiel reflejo de tí mismo>>, habría dicho ella sin hablar.  Bastaba un gesto para que él entendiera.  Como la última vez.  También llovía y él trataba de explicarse, de hacerle entender de alguna forma lo que a veces no se puede exponer con palabras.
             –Sería  bueno,  Mabi,  que  alguna  vez  me  dejaras contarte, del derecho y del revés, mis cosas.  Si supieras escucharme quizá podrías entender que existen otras formas de estar.
            –Bien, cuéntame entonces...si te alegra.
     Y no fue lo que dijo, lo jura.  Fue ese gesto falsamente pueril bajo un tono de  no  hay nada que hacer, estás loco, se bajó el talón se acabó todo.  Y además llovía y por más que buscaba entre la voz de Mabel y su desesperanza, no lograba encontrar la guitarra.
            –Vamos, cuéntame, ¿a qué esperas?.  Ya te he dicho que si eso te hace feliz…
             – ¿Feliz?. Feliz me haría que enterraras ese tono irritado… irritante.  Dichoso me sentiría si te viera escupir sobre tu sentido común, tu compasión y tu incomprensión, Mabel. ¿Feliz? ¿Dices feliz?, pensándolo bien, feliz tal vez me haría… tocar la guitarra.
     Después, Mabel, su sentido común y su vida marchándose aquella noche mientras la lluvia seguía golpeando la ventana.  Mabel huyendo sin tratar de entender un poco su locura transitoria.  Mabel escapando sin que hubiera logrado convencerla de que los locos eran otros: aquellos que, como ella, viven sumidos en un absurdo permanente, sin ni siquiera darse cuenta de ello.
    Y  Juan, desde esa noche, acompañado  únicamente  por esta  angustia  vertical  por  la  que  a  veces  está  tentado lanzarse,  ojos abajo,  hasta que,  como ahora,  recuerde que allí, en  alguna parte de su vida en desorden,  está una guitarra o Mabel esperándole.  Su locura o la de ella.  











miércoles, 22 de agosto de 2012

DÍA 110. AGUAS




Exiliados de las íntimas fórmulas,
limpios de heredades y herrumbres
marcharon

hacia un nuevo orden
contemplado en las aguas,
en busca del canto
de los pájaros
azules de fuego

para crepitar la única existencia
a la orilla
de algún mar en calma.




de  Memorial de Agua  I

sábado, 28 de julio de 2012

DÍA 95. 28 DE JULIO



Para tí,  ¡Feliz cumplevida!

Si navego en tu cauce
y mis aguas se abren
en la región amada
que lleva a tus instantes,
es porque aquí reinan tus manos
como inmortales pájaros
sin ausencias


 No se agotan los sueños,
siguen de pie
–aunque algo cansados-
Y es que el hálito
es aún joven, 
tras la vieja armadura. 





Eres  un placer que asciende y se evapora,
un pacto secretísimo con íntimas fragancias.
Infalible talismán que otorga paz sobre el abecedario.

Eres : el más amado suceso en mis colmadas páginas 


miércoles, 13 de junio de 2012

DÍA 80. INDIO



Demetrio Guacarán es un indio sabio.  Del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.  Tiene el pelo grueso y la mirada quieta y a esta hora suele echarse –como el sol– sobre un chinchorro de palma mientras en un fogón cercano se cuece para el hambre de unos pies descalzos:  cinco bocas hambrientas que juegan y esperan la llamada del indio, mientras él  ambiciona –sin ninguna esperanza– el veloz paso de las horas. Lleva, como una carga,  un sobre sin abrir entre la hilera de huesos en que se han convertido sus manos de indio rancio, pero... la tarde viene de a poquito, como el rabipelao, seguramente pa’ echarle una vaina y él lo sabe, claro que lo  sabe.  Lo supo esta mañana cuando  se miró viejo en el lodazal de la ciénaga y un zamuro cantó el nombre de su hijo Alcides, bajitico.  El indio olió a tufo de rejas justo en el momento en que la pequeña Amalia lo llamaba.  Lo hacía con esa voz limpia, -tan  parecida a la de su madre muerta– haciendo volar un sobre blanco; corre que te corre por el campo, con los brazos en alto, libre y escuálida como la grama que pisan sus pies sin zapatos.
        Un domingo, Demetrio sentó a Alcides bajo la churuata y, tomando caña, se lo explicó clarito, con estudiada complicidad, como quien no quiere la cosa.  Mientras el hijo sacaba al aire sus ganas de lejos y los vasos de caña compartidos iban menguando su guardia, le avisó que la ciudad no era de ellos, que era un enemigo dispuesto a darles caza y a comérselos vivos, si era preciso. Pero él no quiso creer en su sabiduría y una mañana de lluvia endemoniada, no lo encontró.  Tuvo por cierto que lo hallaría comiendo pomarrosas detrás del cerro donde alguna vez  se escondía  cuando era muchacho pero,  no  estaba.  Y  durante  cinco años,  inmensos  como una sabana, no estuvo más hasta esta tarde, cuando tampoco estaba.
        La carta que le entregó Amalia le duele sin abrirla porque conoce de sobra sus secretos cerrados con saliva, secretos mecidos por un chinchorro a las tres de la tarde, con un sol dormido como un lagarto con intención de quedarse para mortificarlo y hacerle más pesado el trance. Amalia y los otros niños siguen jugando en el fondo de la choza, ocultos a la verdad de su hermano metida en un sobre.  El indio observa sus pies descalzos pero mira más adentro para ver las huellas francas de sus pasos en la tierra, corriendo libres sobre la tarde densa, y sonríe.
     Con el calor siempre chorreante de esta parte del sur y la sonrisa ya vencida, al indio Guacarán se le presenta de puntillas el recuerdo de la noche en que enseñó a pescar sapoaras a su primogénito.  Fue bajo la luna –como debe hacerse– cuando aún Alcides era un hilo de bejuco vivaz y risueño,  y  no  era  tiempo  de  que  las  ganas  de  lejos le tocaran de cerca porque, conuco y tierra vivían pegados a su ombligo todavía.  Mientras vigilaba los cordeles sumidos en la quietud del río, el muchacho Alcides no escuchaba, ni decía; sólo jugaba a ser hombre y ese juego su padre –el indio– lo dominaba y, por ese entonces, ganaba siempre.
     –Caramba, muchachito, pescaste dos sapoaras.  La Negra se va a poner contenta.
     –Sí, padre.  Van a quedar sabrosas.  Va usté a ver la cara de madre cuando las vea y… ¿le va a explicar usté que las pesqué yo?
    –Claro que sí mijito, ¿acaso no es la puritica verdad?
    Ahora ese muchachito le escribe una carta que le sabe feo sin probarla… y esa carta la tiene atragantada y le ha ganado el miedo a abrirla pues teme que, al hacerlo, brote candela y se le quemen las ganas de vivir.
     Los niños chillan mientras se pierden, por la vereda del tamarindo enano, con el hambre olvidada, hacia la mancha de maíz que aún no viene.  Juegan con el aire como si fuera un juguete invisible.  Juegan y el padre les observa.  Juegan y el padre los ama más fuerte que nunca, a prudente distancia –como debe hacerse–.
     El sol agrede, con su llama viva, al indio sabio.   Le llega la soledad de cuerpo entero –toda oscura y de golpe–.  Él la reconoce.  Es la misma que se le arrimó la noche en que murió la Negra –la mujer que le parió seis hijos–.  Ella se fue, llamando al hijo ausente, sin poder verlo antes del gran viaje.  Y  es  eso, precisamente, lo que él no quiere que le suceda: Alcides, caramba, ya no vuelves…, regresa para una palabra.
     Ay, pero esta vez la soledad viene para quedarse y él lo sabe, claro que lo sabe.  Vino para quedarse prendida de una carta, porque él adivina que ese sobre blanco lleva encerrado consigo mala cosa: ¿quién sabe si la muerte?, porque  ¿quién  sabe  si  las rejas?.  Y es  que, la vida y la libertad  son  las cosas que un indio sabio, como Demetrio Guacarán, teme perder porque, como él bien dice: eso es lo único que un indio tiene.
       El viento rastrero de sus recuerdos baja desde el cerro. Por eso, su viejo cuerpo tiembla sobre el chinchorro cuando sus dedos, viscosos de romper la tierra, no logran abrir el sobre blanco y se mira viejo en el lodazal de la ciénaga y la niña Amalia corre con la carta en su mano y llueve como si la lluvia no fuera a acabarse.  El viejo busca a Alcides comiendo pomarrosas, al tiempo que cimbrea una dolencia de muerte hasta su cuello,  y caramba muchachito, pescaste dos sapoaras.  La carta habla y  le llama:  ¡padre!, sin que al indio le quede aliento para girar la cabeza y verse –ya por última vez– en los ojos de Alcides que ya está de vuelta, lejos de los mundos ajenos, sin que sus labios puedan pronunciar una  última querencia.
     La carta  anunciadora del regreso del hijo, resbala –sin abrir– fuera  de  las  manos  de Demetrio cuando la madre negra asoma detrás del tamarindo.  El indio puede verla mientras Alcides y los niños gritan su nombre, para espantar la tarde, que se marcha serpenteando, anunciando, afirmando que… Demetrio Guacarán, caramba, … era… un indio sabio y que del Salto Cuyuní a esta parte del sur todo el mundo lo sabe.


©Isabel Expósito Morales 
*De Cuentos de estas y otras orillas, Domicran, 1995

jueves, 19 de abril de 2012

DÍA 76. LAS HORAS



Nutrirnos de la inexacta presencia de las horas
es nuestro oficio
Sacarlas del fondo sin final de la memoria
con gesto de enredadera;
a vivirlas porque se necesitan,
a recrearlas porque la nada apremia.

Sumar dividir: construir meses años;
verdugos infalibles
que adornan el respirar con signos aleatorios.

Deshacer el tiempo
en un acre remedo
a un costado del mundo que se desvanece.

Almacenar memoria,
ahuyentar de nosotros la esencia de cigarra,
como si la vida fuera toda un invierno.

De  Isla Absoluta, 2005.

viernes, 6 de abril de 2012

DÍA 75, ÍNSULA



Mar 
en contornos de azul
pleno
en danzas de agua.

Tierra 
en juego con los gestos.

Alud
en barrancos caligráficos.

Copula en ramajes de luz
el viento.

Cielo oceánico.

En cuencas de luz
crepita la gaviota que sentencia

:continuidad en los espacios.



lunes, 30 de enero de 2012

DÍA 67. ARRORRÓ





Con música de fondo,                                                            
banda sonora de los días largos,                        
 guijarros                                                                   
de sonido que resbalan                       
sobre el pentagrama                        
de sol                     
sobre los campos.                                                
O arpegios,                                       
notas cálidas                                                             
en la huerta manzana,                                            
cual horizonte abriéndose
bajo el morder del agua.    
                                   
          Rodar de roces limos,                                     
         de fusas sobre el árbol
         y arrullo de melenas
         en la brisa ciruelo
         de una tarde que canta:
         do re mi fa sol la
         sol la si do de un beso
         en la frente de un niño.

Una canción que nace
y unos ojos que inventan
siluetas navegando
sobre la risa llama
del niño arpa
por las horas volando.
         Arrorró* riguroso
         que tus sueños atrapa
         y tu vida persigue
         con música de fondo.


              


*Canción de cuna canaria




©Isabel Expósito Morales

viernes, 27 de enero de 2012

ADIÓS



El día llega de rodillas,
corren las cuentas de alabastro
y suenan los himnos y las sirenas.
Pasan las horas de dos en dos.
Afuera gime el tiempo.
Adentro
sólo clama tu ausencia.
Después nos vamos
sin ti,
instalados aún en el agua
de tu mar que ya no tiembla.


jueves, 19 de enero de 2012

DÍA 66. EL REGALO

 No vendrá, lo sé, y Maite está preciosa, debo reconocer que el blanco siempre le ha sentado muy bien.  Empieza a inquietarse.  Conozco el significado de esas dos líneas rectas en su frente, el arqueo de sus cejas, el brillo de sus ojos cuando está a punto de llorar y se contiene.  También sé porque me viene ahora a la mente un cuento que alguna vez leí:  La noche terrible de Arlt.  Exactamente cuando Ricardo Stepens  –su protagonista–   la víspera de   su boda,  se debate  en la duda: presentarse o no en la iglesia, mientras divaga –más bien se obsesiona–con  la idea de que casarse <es casi lo mismo que cometer un  crimen>.  Claro   que   lo    de Anselmo  es otra cosa;  la disyuntiva que a él se le presenta es otra, casi… distinta.
        La lluvia  ha sido un  gran  aliado   para  la confusión, para  la  demora  de  lo  evidente.   Por  ahora todos creen –aunque en el fondo esperan, en un adelanto de morboso placer, una razón más dramática y definitiva– que esta lluvia sorpresiva y obstinada es el único motivo de su retraso.  Al menos así será por cinco, tal vez diez minutos más, hasta que ese reflejo de fatalidad en los ojos de Maite se haga más patente y un coro de engañosa preocupación se acerque a rogar a Nora –la mejor amiga del novio– inquirirla, aturdirla: llámale, por favor, algo grave tuvo que pasarle, ¿lo viste esta tarde?,  ¿qué te dijo?, lo conoces de siempre,  es  tu amigo, se  habrá  arrepentido.   Y Nora busca mi mirada.  Yo la rehúyo como puedo: sólo nosotras conocemos el final de esta historia, al menos eso cree saber ella.
        Mientras tanto, continúo en mi papel de mejor amiga de la novia:  <tranquilízate  Maite, es esa maldita lluvia, ya sabes los atascos que se forman cuando llueve>. Y ella sin fuerzas para sacar a relucir su típica sonrisa de aquínopasanada.  Por el contrario, se acerca a mi oído para compartir  entre dientes su angustia conmigo: <Ana, aquí pasa algo raro, ya conoces lo puntual que es Anselmo>. Y yo sin poder, quiero decir, sin querer decirle lo que ocurre, cuál es la verdadera razón de que Anselmo no haya llegado a la cita con su vestido blanco.  Su vestido blanco y su <sí quiero> irrepetible, estudiado frente al espejo del baño esta mañana, mientras me preguntaba despreocupada si me gustaban las orquídeas de su bouquet.
        Me gustan las orquídeas de tu bouquet, Maite, tanto como a ti no te gustaría saber que anoche estuve con él, en el mismo cuarto de hotel de siempre –un Anselmo decidido, resuelto, sin un ápice de duda en su rostro ni en sus gestos–. Cómo hablarte de la intensidad con la que nos amamos, esa intensidad  que sólo conocen las despedidas o  los  reencuentros,  o  una  última decisión sin paliativos, cuando algo se salva pero todo se rompe, cuando amar, Maite, es <casi como cometer un crimen>.
        Observo este gran teatro que es hoy la catedral, donde un murmullo de abejas asesinas parece ir creciendo –in crescendo, in crescendo– hasta el retumbe de tambores más feroz, cuando doña Mercedes, larga estirada circunspecta, única en su interpretación de madrina entrando por la puerta principal de la iglesia sin el novio, hace acto de presencia.  Sí Maite, venció el plazo para los dos: tú  y  él.   Llegó  el momento  de  igualar  las  cargas, ¿recuerdas Maite?, el retumbar lejano y huero de una tarde en mi casa.  Aún puedo sentir ese vacío inmenso bajo el falso peso de tu mano en mi hombro, mientras escupías: <lo siento tanto, Ana, no debió haber pasado pero ocurrió, sin saber, sin darnos cuenta nos enamoramos> y la prisa –mal disimulada– por salir cuanto antes del trámite baboso de las explicaciones.  <Lo entiendo, Maite, no te preocupes por mí, lo superaré>, te dije.
        Y  ahora, al  pie de  una boda que no será, oculta tras un confesionario, Maite, blanca y rota, lee una carta de Anselmo que Nora le entregó un minuto atrás.  Mírame Maite, aquí estoy, aquí están mis ojos sin lágrimas.  Yo, al fin, veo dibujada en los tuyos la causa de su ausencia: puedo verme en ellos con la misma claridad con la que observo tu asombro por el descubrimiento.  Pero, no creas, Maite, este estupor tuyo se multiplicará por mil cuando, una  vez  en  casa, descubras  mi  regalo de bodas sobre la repisa del baño: La noche terrible de Arlt.  Para entonces, yo estaré recordando las últimas palabras de Anselmo, sopladas a mi oído frente a una ventana, con el vigor de sus brazos envolviendo mi espalda: <qué maravilloso haberte recuperado, haberme dado  cuenta de mi error>.
        Tu error, Anselmo, es estar esperándome impaciente, con las maletas hechas a un lado del sillón de tela gris, oteando con avidez la calle a través de los visillos que tan bien conocemos.  Casi puedo ver esa línea breve, casi imperceptible en tu barbilla cuando –como ahora– una decisión  importante  se  avecina,  y de qué forma aplastas contra el cenicero la undécima colilla, mientras la misma lluvia golpea la misma ventana.  Sí, Anselmo, tu error será decidir seguir esperándome, en ese lugar a donde nunca iré.