domingo, 27 de noviembre de 2011

DÍA 60. HERMANOS

Había un limonero
en el fondo del patio
con una flor de adiós
en maceta de lata,
una ventana abierta
a las tres de la tarde
y un pájaro sin nombre
besando los geranios.
Había una escalera
que subía y bajaba
al confín de la tierra
en zancadas de tallo,
caracolas de mar
que nos contaban
historias de fantasmas,
caminitos de piedra
a la sombra del árbol
y muñecos de trapo.
Había tres hermanos
recreando las esquinas
de la tarde,
jugando a no olvidarse.

Éranse una vez tres niños
a las tres de la tarde.


sábado, 19 de noviembre de 2011

DÍA 59. ALBOR



Llenaste mis alforjas con toda la belleza.
Vaciaste su horizonte en mis ojos,
la placidez de tus arroyos,
el tacto suave de tu lluvia en mis hojas,
la llanura apacible que vive en tus mesetas
y todo el estremecimiento de las horas.
Con todo el estremecimiento de las horas
llenaste mis alforjas,
las cubriste de mies, resguardaste del frío
el pasado dormido
y al alba, con el primer toque de sol, emprendimos el viaje.
Yo llené de palabras tus arcas,
en ellas coloqué mil ventanas al mar
y en un rincón oscuro escondí mis tristezas 
para que las cargaras.
A cambio te ofrecí -enteras- la lumbre y la promesa
de buscar para ti todos los versos, todos los paraísos,
todas las tierras prometidas.
Y al alba,
pertrechados de pasiones intactas,
apenas hubo asomado el sol, emprendimos el viaje.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

DÍA 58. MÚSICA

...

La banda sonora de mi infancia fue  el sonido que arrancaba mi padre a su inseparable guitarra.  Fiel amante de la música, por sus manos pasaron acordeón, timple, mandolina, hasta un prospecto de violín que él mismo intentó fabricar, sin ningún éxito, y a todos ellos,  pese a su nula educación musical, logró sacarles hilos de belleza. Entre toda la serie de instrumentos con los que intentó entablar relación, sin duda la  guitarra fue su favorita, su más amada compañera.  Lo recuerdo atado a ella nada más volver del trabajo.  Al regresar a casa, casi la segunda cosa que hacía, después de saludarnos,  era coger su guitarra de donde estuviera para empezar a sacar de ella acordes, melodías.   De algún modo, era su forma de decirle a la vida que él estaba allí para eso: tocar la música, amar lo bello, lo que trasciende, lo que vuela. Estaba claro que pasar diez horas diarias alicatando pisos, no lo definía. Aquel era el oficio con el que se ganaba la vida, pero no lo que era.

    Tenía mi padre, eso sí, pésima memoria, lo que causaba en él auténtica rabia. Recuerdo que alguna vez  insistía en preguntarme si me sabía esa o aquella canción y yo, en la medida de mis escasos conocimientos musicales, trataba de copiárselas para que se las aprendiera.  A cambio y, después de machacona insistencia por mi parte, él me regalaba el canto de alguna malagueña, con esa maravillosa voz de barítono que poseía. Yo la escuchaba siempre al borde de la lágrima, pues su cadencia triste y sus letras desgarradoras me emocionaban.  Mi padre entonces, disimulaba como podía su propia emoción y terminaba la sesión de canto y guitarra con un gesto que sabía que no me gustaba:  tocarme la cabeza, justo en la coronilla y con la presión justa para que yo me molestara y él se marchara riéndose de mi enfado.  Ese toque de cabeza me acompañó hasta su muerte. ¡Cuánto lo he echado de menos desde entonces!.




                                                                                                                         ...


    

De Palabra a Palabra  (memorias)

jueves, 10 de noviembre de 2011

DÍA 57. RECÓNDITA


Bajó despacio a sus profundidades. Conocía el camino. No era la primera vez que descendía en su búsqueda porque esa era la única manera de  acariciar sus aristas dolientes, su escozor palpitante y aquella antigua callosidad en la que siempre se detenía, creyendo adivinar motivos nuevos, argucias que la memoria tiene para esconder razones, causas, porqués.  Había agua acumulada en el trayecto; mares de lágrimas en plena tempestad. Descendió por  el huero tintineo del dolor baldío, despejó el recorrido de inútiles máscaras y… allí estaba: sola y profunda.   La abrazó.  Supo que ella esperaba. Le habló, al oído, de certidumbres y caminos. La rozó en su temblor. Y, entonces, acariciada en el núcleo exacto del estremecimiento, la recóndita herida sonrió tristemente, dándole  la bienvenida.  Pasado el tiempo,  deshizo lo andado, no sin antes haberle prometido esperarla, arriba, donde las cicatrices hablan.




©Isabel Expósito Morales

domingo, 6 de noviembre de 2011

DÍA 56. AGUA Y LUZ




Avío de luz; trasluz
sobre agua multiplicada
en horizontes, quiero.

Equilibrio en el agua:
chorro de pájaro
místico, inaccesible.

Equilibrio en la humareda
que galopa ahuyentada
por la música oscura
de un palacio fúnebre.

Avío, equilibrio:
reloj que detenga su episodio.
Viajero que fluya
por no sé qué mares íntimos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

DÍA 55. SIN CUENTO

      
                                     
  Él, antiguo personaje, le contó a  la historia que aún no era -sin ningún asomo de melancolía en los ojos-, de qué modo habían muerto los pájaros rosáceos, últimos pobladores de los cuentos de hadas.  Le habló de la terca princesa, obcecada en alejarse  de los sueños, sin fe en la fantasía y lo maravilloso, presa de la omisión, ¡tan lejos de sí misma!.  Le confesó, con sorna, que las brujas malvadas ahora se dedican a hacer croché en las tardes desiertas y que los castillos ya son sólo ruinas donde crecen el sopor y el hastío.  Mascando una rabia  nueva, recién estrenada, le miró despacio…como quien desea memorizar la vida, únicamente para no habitarla de la misma forma. Después de haber testificado ante ella, y tras un imborrable portazo en la puerta, el último príncipe azul, la abandonó. Así fue como esta historia quedó vacía, purgando su no cuento en esta página.






©Isabel Expósito Morales


martes, 1 de noviembre de 2011

DÍA 54. CONSONANCIA

Sobre la textura del otoño,
muevo mis dedos
en la evocación de tus espaldas.
Nada más hace falta
que no sea el ritual de tocarte
como certeza consumada.
Fuiste y eres el tacto;
el salobre deambular de una caricia
por mis reinos ocultos en colinas de agua.
Ojos derretidos en estos arabescos del amor
donde tu vida en mí
es un vaivén de péndulos rabiosos
donde mi vida en ti
 es una gacela negra en los blancos de la noche:
consonancia.








©Isabel Expósito Morales