sábado, 28 de julio de 2012

DÍA 95. 28 DE JULIO



Para tí,  ¡Feliz cumplevida!

Si navego en tu cauce
y mis aguas se abren
en la región amada
que lleva a tus instantes,
es porque aquí reinan tus manos
como inmortales pájaros
sin ausencias


 No se agotan los sueños,
siguen de pie
–aunque algo cansados-
Y es que el hálito
es aún joven, 
tras la vieja armadura. 





Eres  un placer que asciende y se evapora,
un pacto secretísimo con íntimas fragancias.
Infalible talismán que otorga paz sobre el abecedario.

Eres : el más amado suceso en mis colmadas páginas 


sábado, 7 de julio de 2012

DÍA 92. ESCALERAS





    Casi podría contar la historia de mi vida, a través de las escaleras que han pasado por ella, aunque tal vez sería más justo decir, por las que yo he pasado y han quedado adosadas a mí para subirlas y bajarlas cuantas veces quiera.  Hubo una, cuando tenía unos trece o catorce años que, en mis veranos en el Hierro, me llevaba al mágico mundo de los libros prohibidos: las novelas de Corín Tellado.  Esta escalera estaba en Jarera Abajo en la casa de la bisabuela María, que aún vivía, y con ella  una hija todavía soltera, mi querida tía Imelda. Cuando  iba a visitarlas, yo buscaba cualquier pretexto para subir aquella escalera que, desde  el patio, me llevaba al piso de arriba.  Allí me esperaba un viejo arcón lleno de tesoros: los suyos, como traperas y sábanas nuevas, y los míos: aquellas historias de amor que no sólo me adentraron en el mundo de los relatos de amor romántico y apasionado, sino que también me regalaron buena ortografía y  afianzaron aún más  mi precoz pasión por la poesía. Estas novelas eran  literatura popular simple, sencilla, folletinesca pero, a fin de cuentas, literatura que, además de llenar mi cabeza de pajaritos, inundó mi espíritu de ganas de volar y soñar.

     Esa es la misma escalera donde se sentaba mi bisabuela a hilar, más que la lana, el tiempo, con su vieja rueca y su inseparable pañuelo negro. Así es como la recuerdo, sentada en los últimos peldaños, vestida de negro, observando como pasaban las horas, a través de las sombras que dibujaba un damasco sobre las piedras enlosadas del patio.  De esa manera, la bisabuela María podía adivinar si había llegado la hora del ayanto, del ordeño, del descanso…  Esa fue su única ocupación los últimos años de su vida, pues el duro hacer de parir y criar ocho hijos en la poquísima abundancia y el mucho trabajo, la llevó a una vejez prematura y agigantada cuyo peso casi le impedía  moverse más allá de cuatro pasos.

     Pero no fue esa mi  primera escalera, sino aquella otra en la  pensión de la calle Rosalía en Santa Cruz de Tenerife,  de la que  sólo conservo imágenes tan borrosas que a veces dudo de que éstas nazcan de la propia vivencia.  Las historias que partieron de aquel lugar han sido repetidas tantas veces desde entonces que casi han logrado convertirse en mito. En aquella pensión vivíamos, escaleras arriba, en una azotea que no sé si miraba a alguna parte porque no lo recuerdo.  Lo que si sé es que mi memoria sube hoy aquellos peldaños recónditos para traer los ecos de un episodio desagradable en el que estuvo involucrado mi hermano Antonio,  quien desde la inocencia de sus  dos años,  dejó caer un pequeño cepillo de cerdas  –de  esos que se usaban entonces para lavar la ropa-, con la mala suerte de golpear a alguien que convirtió esa pequeño accidente  en un escándalo, tan inútil como desproporcionado,  y cuyas consecuencias calaron de tal modo en el ánimo familiar que aún hoy, en estas páginas, rezuma la tristeza de lo injusto.  A veces las personas nos aferramos a lo banal para agigantarlo, sin darnos cuenta de que ese gigante construido sin sentido, afecta el ánimo de inocentes.  Ese episodio unido a muchos otros de los que he sido protagonista o simple espectadora, hace que a veces, aunque no quiera, ante una situación que de alguna manera me resulte  injusta, saque a la luz mi monstruo particular para enfrentarme ante la injusticia con un ardor desbordado, visceral; lo que a su vez, y paradójicamente, me hace injusta algunas veces.  Intento alejarme cuanto puedo del odio y el rencor pues entiendo perfectamente que esos sentimientos sólo hacen daño a quienes lo sienten, sin embargo no logro evitar cierta inquina contra aquellos que no tienen el mínimo de empatía necesario para ponerse en el lugar del otro.  
     Este hecho fue la excusa perfecta para  abandonar aquella habitacióncocina en la azotea con vistas a ninguna parte.  Así que,  una vez  mi padre hubo conseguido un trabajo en el Puerto de La Cruz , nos mudamos a Tacoronte.   Esa fue nuestra primera casa de verdad, con salón, comedor, cocina y habitaciones independientes, aunque los tres hermanos compartiéramos una.  Y allí estaba, también, mi segunda escalera sólo que, ésta me llevaba al paraíso del patio, con sus hiedras de flor morada y su limonero.  Allí mi madre, mujer de campo, al fin pudo plantar flores en macetas improvisadas hechas con latas de conserva vacías pues eran tiempos de buscar utilidad a todo.  Tengo buenos recuerdos de aquella escalera que me conducía, del calor de la casa a la aventura, y de ella, a los sueños y a las ganas de crecer junto a mis hermanos.  Me veo subida en una silla lavando los platos, ayudando a mi madre con las tareas de la casa, descubrir maravillada la primera navidad con turrón y peladillas, la primera muñeca fuera de las de trapo de la abuela María.  Salvo alguna excepción, conservo  en general recuerdos dulces de toda nuestra estancia en Tacoronte.  En una de sus escuelas aprendí a leer y escribir, disfruté del olor de las gomas recién estrenadas, los lápices a los que no paraba de sacar punta, mis primeras cuartillas de caligrafía a las que no debí prestar mucha atención pues no presumo hoy de tener buenos trazos.  A lo que sí me dediqué con frenesí fue a leer. Cuando descubrí lo que me esperaba al lograr unir una letra con otra, la sensación de poder que me regalaba construir palabras,  hizo que hiciera mío ese tesoro, convirtiéndolo en mi aliado, la fuente de donde parte el mundo poético donde me muevo y al mismo tiempo, hacia donde fluyen de vuelta, como un refugio cálido y seguro, lo que me toca, roza, agranda, entristece, enaltece o alegra el alma.