lunes, 30 de enero de 2012

DÍA 67. ARRORRÓ





Con música de fondo,                                                            
banda sonora de los días largos,                        
 guijarros                                                                   
de sonido que resbalan                       
sobre el pentagrama                        
de sol                     
sobre los campos.                                                
O arpegios,                                       
notas cálidas                                                             
en la huerta manzana,                                            
cual horizonte abriéndose
bajo el morder del agua.    
                                   
          Rodar de roces limos,                                     
         de fusas sobre el árbol
         y arrullo de melenas
         en la brisa ciruelo
         de una tarde que canta:
         do re mi fa sol la
         sol la si do de un beso
         en la frente de un niño.

Una canción que nace
y unos ojos que inventan
siluetas navegando
sobre la risa llama
del niño arpa
por las horas volando.
         Arrorró* riguroso
         que tus sueños atrapa
         y tu vida persigue
         con música de fondo.


              


*Canción de cuna canaria




©Isabel Expósito Morales

viernes, 27 de enero de 2012

ADIÓS



El día llega de rodillas,
corren las cuentas de alabastro
y suenan los himnos y las sirenas.
Pasan las horas de dos en dos.
Afuera gime el tiempo.
Adentro
sólo clama tu ausencia.
Después nos vamos
sin ti,
instalados aún en el agua
de tu mar que ya no tiembla.


jueves, 19 de enero de 2012

DÍA 66. EL REGALO

 No vendrá, lo sé, y Maite está preciosa, debo reconocer que el blanco siempre le ha sentado muy bien.  Empieza a inquietarse.  Conozco el significado de esas dos líneas rectas en su frente, el arqueo de sus cejas, el brillo de sus ojos cuando está a punto de llorar y se contiene.  También sé porque me viene ahora a la mente un cuento que alguna vez leí:  La noche terrible de Arlt.  Exactamente cuando Ricardo Stepens  –su protagonista–   la víspera de   su boda,  se debate  en la duda: presentarse o no en la iglesia, mientras divaga –más bien se obsesiona–con  la idea de que casarse <es casi lo mismo que cometer un  crimen>.  Claro   que   lo    de Anselmo  es otra cosa;  la disyuntiva que a él se le presenta es otra, casi… distinta.
        La lluvia  ha sido un  gran  aliado   para  la confusión, para  la  demora  de  lo  evidente.   Por  ahora todos creen –aunque en el fondo esperan, en un adelanto de morboso placer, una razón más dramática y definitiva– que esta lluvia sorpresiva y obstinada es el único motivo de su retraso.  Al menos así será por cinco, tal vez diez minutos más, hasta que ese reflejo de fatalidad en los ojos de Maite se haga más patente y un coro de engañosa preocupación se acerque a rogar a Nora –la mejor amiga del novio– inquirirla, aturdirla: llámale, por favor, algo grave tuvo que pasarle, ¿lo viste esta tarde?,  ¿qué te dijo?, lo conoces de siempre,  es  tu amigo, se  habrá  arrepentido.   Y Nora busca mi mirada.  Yo la rehúyo como puedo: sólo nosotras conocemos el final de esta historia, al menos eso cree saber ella.
        Mientras tanto, continúo en mi papel de mejor amiga de la novia:  <tranquilízate  Maite, es esa maldita lluvia, ya sabes los atascos que se forman cuando llueve>. Y ella sin fuerzas para sacar a relucir su típica sonrisa de aquínopasanada.  Por el contrario, se acerca a mi oído para compartir  entre dientes su angustia conmigo: <Ana, aquí pasa algo raro, ya conoces lo puntual que es Anselmo>. Y yo sin poder, quiero decir, sin querer decirle lo que ocurre, cuál es la verdadera razón de que Anselmo no haya llegado a la cita con su vestido blanco.  Su vestido blanco y su <sí quiero> irrepetible, estudiado frente al espejo del baño esta mañana, mientras me preguntaba despreocupada si me gustaban las orquídeas de su bouquet.
        Me gustan las orquídeas de tu bouquet, Maite, tanto como a ti no te gustaría saber que anoche estuve con él, en el mismo cuarto de hotel de siempre –un Anselmo decidido, resuelto, sin un ápice de duda en su rostro ni en sus gestos–. Cómo hablarte de la intensidad con la que nos amamos, esa intensidad  que sólo conocen las despedidas o  los  reencuentros,  o  una  última decisión sin paliativos, cuando algo se salva pero todo se rompe, cuando amar, Maite, es <casi como cometer un crimen>.
        Observo este gran teatro que es hoy la catedral, donde un murmullo de abejas asesinas parece ir creciendo –in crescendo, in crescendo– hasta el retumbe de tambores más feroz, cuando doña Mercedes, larga estirada circunspecta, única en su interpretación de madrina entrando por la puerta principal de la iglesia sin el novio, hace acto de presencia.  Sí Maite, venció el plazo para los dos: tú  y  él.   Llegó  el momento  de  igualar  las  cargas, ¿recuerdas Maite?, el retumbar lejano y huero de una tarde en mi casa.  Aún puedo sentir ese vacío inmenso bajo el falso peso de tu mano en mi hombro, mientras escupías: <lo siento tanto, Ana, no debió haber pasado pero ocurrió, sin saber, sin darnos cuenta nos enamoramos> y la prisa –mal disimulada– por salir cuanto antes del trámite baboso de las explicaciones.  <Lo entiendo, Maite, no te preocupes por mí, lo superaré>, te dije.
        Y  ahora, al  pie de  una boda que no será, oculta tras un confesionario, Maite, blanca y rota, lee una carta de Anselmo que Nora le entregó un minuto atrás.  Mírame Maite, aquí estoy, aquí están mis ojos sin lágrimas.  Yo, al fin, veo dibujada en los tuyos la causa de su ausencia: puedo verme en ellos con la misma claridad con la que observo tu asombro por el descubrimiento.  Pero, no creas, Maite, este estupor tuyo se multiplicará por mil cuando, una  vez  en  casa, descubras  mi  regalo de bodas sobre la repisa del baño: La noche terrible de Arlt.  Para entonces, yo estaré recordando las últimas palabras de Anselmo, sopladas a mi oído frente a una ventana, con el vigor de sus brazos envolviendo mi espalda: <qué maravilloso haberte recuperado, haberme dado  cuenta de mi error>.
        Tu error, Anselmo, es estar esperándome impaciente, con las maletas hechas a un lado del sillón de tela gris, oteando con avidez la calle a través de los visillos que tan bien conocemos.  Casi puedo ver esa línea breve, casi imperceptible en tu barbilla cuando –como ahora– una decisión  importante  se  avecina,  y de qué forma aplastas contra el cenicero la undécima colilla, mientras la misma lluvia golpea la misma ventana.  Sí, Anselmo, tu error será decidir seguir esperándome, en ese lugar a donde nunca iré.