sábado, 24 de diciembre de 2011

DÍA 64. VIDA



Hemos dejado en el camino un reguero de historias
y enredado en el tiempo: uno, dos, tres ríos silenciosos
y un gato inexistente sobre un tejado limpio de despojos.
Hemos apagado las luces muchas veces,
abierto las ventanas
y, alguna vez, nos hemos inventado el mar para traerlo a casa
y llenar las paredes con el eco rabioso de un tifón de palabras.
Hemos llegado tarde a algunas cosas
-irremediable ausencia de lo que no será-,

Hemos sido felices e infelices.
Hemos amado mucho y odiado alguna vez,
-sólo para olvidarlo y enterrarlo después-
Hemos escrito páginas en lugares perdidos
y luchado en batallas cuyo nombre olvidé.
Hemos vivido apenas. 

De  Cuaderno de Viaje

domingo, 18 de diciembre de 2011

DÍA 63. LLUEVE





El agua que hoy nos llueve sólo moja el asfalto
y una plaza vacía.
No limpia
la hojarasca que trajo la tormenta
ni la humareda gris tras la mirada.
El agua que hoy nos llueve baja
-corriente abajo-
los barrancos del tiempo

…por si el tiempo no fuera
como lo imaginamos.


jueves, 8 de diciembre de 2011

DÍA 62. QUIERO

Que te suceda el aire y la belleza
y que el dolor -inevitable- haga un puente
entre la lluvia y lo que eres
para que a ti regreses después de la tormenta.
Que te suceda el río donde a veces navega una cierta tristeza
porque en su cauce habita ese tenaz latido
de encontrar alegría en las cosas pequeñas
Que un viento huracanado toque -alguna vez- tu puerta
para que tú la abras y la pasión te roce:
y con el venir del tiempo, el amor sosegado se quede
a vivir en tu orilla
Que aspires a lo que te mereces:
el buen amor, los sueños hilvanados,
la música, el silencio, el roce de unas manos,
el mar, la tarde… la vida solamente.
Que el refugio tranquilo de la paz te sostenga
porque… no hay palacio más fuerte
que el que empieza en tu frente.


sábado, 3 de diciembre de 2011

DÍA 61. AÑICOS


Recojo mis añicos porque llevan mi nombre
porque cuentan mi historia y dicen lo que soy 
y soy: no sé cuantos fantasmas,
una bruja malvada,
una pérfida boa en la inutilidad,
dos amores y un tigre arañando las sombras
de un dulce colibrí.
Un hombre  sentado en mis jardines,
diez paisajes y un charco de alas tristes
nacido el mes de abril.
Dos hijos sembrados por las llamas,
unas caderas anchas, 
ahítas de tierra y cataratas;
su música en oboes, la música en guitarras,
mil ventanas abiertas y tres puertas cerradas,
infinidad de dudas y una sola certeza
plasmada en cien poemas.
Seis abuelos sentados, un padre que fue tierra, 
una madre crisálida, algún que otro aguacero,
tres niños en un patio jugando a no olvidar.

Y soy ningún odio guardado, ninguna  indiferencia
y mil cosas pequeñas para coleccionar.
Trescientos quince libros sobre las alacenas
y diez guardados siempre bajo el atardecer.
Un muerto en el camino,
la  memoria dispuesta para todas las manos,
para todos los gestos que el tiempo no borró.
También soy la leal, la que no tiene causa,
ni dogmas, ni respuestas,
la creyente, la atea,
la justa e injusta, la amiga que no huyó
y la que huyó también.
La que quiso y aún quiere
la que siempre ganó, la que a veces perdió.
La que todo pregunta, la sabia,
la que no sabe nada;  aquella que navega por la contradicción.
La que dice verdades mientras cuenta mentiras,
la que dice perdón.
A quien quiero y no quiero,
a quien amo o amé.
Horizontes, crepúsculos, campos de luz e higueras,
dos casas y un dintel.
Una lengua dormida en anaquel de rabia,
una guerra perdida, una feliz batalla.
El peso de mi cuerpo sobre la hierba fresca,
tres pares de zapatos aún sin estrenar.
Una pócima amarga que a veces dejo al día,
una hora sangrante, un reloj, una escoba.
La mujer que seré, la que nunca seré,
un viaje en las pupilas, un tren que no pasó.
La belleza en los ojos de todo lo admirado,
diez mil sueños hilados y una pasión intacta.
Ah! y… sólo algunas veces, una diosa romana
oculta en las palabras,
un hada solitaria,
una niña perdida en bosques de cristal.
 Mas siempre llevo en mí
un palacio ocupado, un palacio vacío,
uno entero, otro roto siempre en reconstrucción
Estos son mis añicos servidos en bandeja:
los que cuentan mi historia, los que dicen quien soy
y aquellos que algún día dirán lo que seré.


De  Sobre las ruinas

domingo, 27 de noviembre de 2011

DÍA 60. HERMANOS

Había un limonero
en el fondo del patio
con una flor de adiós
en maceta de lata,
una ventana abierta
a las tres de la tarde
y un pájaro sin nombre
besando los geranios.
Había una escalera
que subía y bajaba
al confín de la tierra
en zancadas de tallo,
caracolas de mar
que nos contaban
historias de fantasmas,
caminitos de piedra
a la sombra del árbol
y muñecos de trapo.
Había tres hermanos
recreando las esquinas
de la tarde,
jugando a no olvidarse.

Éranse una vez tres niños
a las tres de la tarde.


sábado, 19 de noviembre de 2011

DÍA 59. ALBOR



Llenaste mis alforjas con toda la belleza.
Vaciaste su horizonte en mis ojos,
la placidez de tus arroyos,
el tacto suave de tu lluvia en mis hojas,
la llanura apacible que vive en tus mesetas
y todo el estremecimiento de las horas.
Con todo el estremecimiento de las horas
llenaste mis alforjas,
las cubriste de mies, resguardaste del frío
el pasado dormido
y al alba, con el primer toque de sol, emprendimos el viaje.
Yo llené de palabras tus arcas,
en ellas coloqué mil ventanas al mar
y en un rincón oscuro escondí mis tristezas 
para que las cargaras.
A cambio te ofrecí -enteras- la lumbre y la promesa
de buscar para ti todos los versos, todos los paraísos,
todas las tierras prometidas.
Y al alba,
pertrechados de pasiones intactas,
apenas hubo asomado el sol, emprendimos el viaje.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

DÍA 58. MÚSICA

...

La banda sonora de mi infancia fue  el sonido que arrancaba mi padre a su inseparable guitarra.  Fiel amante de la música, por sus manos pasaron acordeón, timple, mandolina, hasta un prospecto de violín que él mismo intentó fabricar, sin ningún éxito, y a todos ellos,  pese a su nula educación musical, logró sacarles hilos de belleza. Entre toda la serie de instrumentos con los que intentó entablar relación, sin duda la  guitarra fue su favorita, su más amada compañera.  Lo recuerdo atado a ella nada más volver del trabajo.  Al regresar a casa, casi la segunda cosa que hacía, después de saludarnos,  era coger su guitarra de donde estuviera para empezar a sacar de ella acordes, melodías.   De algún modo, era su forma de decirle a la vida que él estaba allí para eso: tocar la música, amar lo bello, lo que trasciende, lo que vuela. Estaba claro que pasar diez horas diarias alicatando pisos, no lo definía. Aquel era el oficio con el que se ganaba la vida, pero no lo que era.

    Tenía mi padre, eso sí, pésima memoria, lo que causaba en él auténtica rabia. Recuerdo que alguna vez  insistía en preguntarme si me sabía esa o aquella canción y yo, en la medida de mis escasos conocimientos musicales, trataba de copiárselas para que se las aprendiera.  A cambio y, después de machacona insistencia por mi parte, él me regalaba el canto de alguna malagueña, con esa maravillosa voz de barítono que poseía. Yo la escuchaba siempre al borde de la lágrima, pues su cadencia triste y sus letras desgarradoras me emocionaban.  Mi padre entonces, disimulaba como podía su propia emoción y terminaba la sesión de canto y guitarra con un gesto que sabía que no me gustaba:  tocarme la cabeza, justo en la coronilla y con la presión justa para que yo me molestara y él se marchara riéndose de mi enfado.  Ese toque de cabeza me acompañó hasta su muerte. ¡Cuánto lo he echado de menos desde entonces!.




                                                                                                                         ...


    

De Palabra a Palabra  (memorias)

jueves, 10 de noviembre de 2011

DÍA 57. RECÓNDITA


Bajó despacio a sus profundidades. Conocía el camino. No era la primera vez que descendía en su búsqueda porque esa era la única manera de  acariciar sus aristas dolientes, su escozor palpitante y aquella antigua callosidad en la que siempre se detenía, creyendo adivinar motivos nuevos, argucias que la memoria tiene para esconder razones, causas, porqués.  Había agua acumulada en el trayecto; mares de lágrimas en plena tempestad. Descendió por  el huero tintineo del dolor baldío, despejó el recorrido de inútiles máscaras y… allí estaba: sola y profunda.   La abrazó.  Supo que ella esperaba. Le habló, al oído, de certidumbres y caminos. La rozó en su temblor. Y, entonces, acariciada en el núcleo exacto del estremecimiento, la recóndita herida sonrió tristemente, dándole  la bienvenida.  Pasado el tiempo,  deshizo lo andado, no sin antes haberle prometido esperarla, arriba, donde las cicatrices hablan.




©Isabel Expósito Morales

domingo, 6 de noviembre de 2011

DÍA 56. AGUA Y LUZ




Avío de luz; trasluz
sobre agua multiplicada
en horizontes, quiero.

Equilibrio en el agua:
chorro de pájaro
místico, inaccesible.

Equilibrio en la humareda
que galopa ahuyentada
por la música oscura
de un palacio fúnebre.

Avío, equilibrio:
reloj que detenga su episodio.
Viajero que fluya
por no sé qué mares íntimos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

DÍA 55. SIN CUENTO

      
                                     
  Él, antiguo personaje, le contó a  la historia que aún no era -sin ningún asomo de melancolía en los ojos-, de qué modo habían muerto los pájaros rosáceos, últimos pobladores de los cuentos de hadas.  Le habló de la terca princesa, obcecada en alejarse  de los sueños, sin fe en la fantasía y lo maravilloso, presa de la omisión, ¡tan lejos de sí misma!.  Le confesó, con sorna, que las brujas malvadas ahora se dedican a hacer croché en las tardes desiertas y que los castillos ya son sólo ruinas donde crecen el sopor y el hastío.  Mascando una rabia  nueva, recién estrenada, le miró despacio…como quien desea memorizar la vida, únicamente para no habitarla de la misma forma. Después de haber testificado ante ella, y tras un imborrable portazo en la puerta, el último príncipe azul, la abandonó. Así fue como esta historia quedó vacía, purgando su no cuento en esta página.






©Isabel Expósito Morales


martes, 1 de noviembre de 2011

DÍA 54. CONSONANCIA

Sobre la textura del otoño,
muevo mis dedos
en la evocación de tus espaldas.
Nada más hace falta
que no sea el ritual de tocarte
como certeza consumada.
Fuiste y eres el tacto;
el salobre deambular de una caricia
por mis reinos ocultos en colinas de agua.
Ojos derretidos en estos arabescos del amor
donde tu vida en mí
es un vaivén de péndulos rabiosos
donde mi vida en ti
 es una gacela negra en los blancos de la noche:
consonancia.








©Isabel Expósito Morales

viernes, 28 de octubre de 2011

DÍA 53. SIN PALABRAS

Apaciguado el eco de tambores, 
detenemos la marcha sólo para mirarnos.
Los ruidos de la noche ya no hablan. 
Nos buscamos los ojos y aquí estamos

: desnudos y perfectos.

De modo que así éramos.
De modo que así somos.
Justo  como la noche quiso que nos viéramos


: transparentes
como gotas de agua

No hay palabras.
Las palabras se fueron con la noche,
a inventar días nuevos


©Isabel Expósito Morales

jueves, 27 de octubre de 2011

DÍA 52. LUGARES

Le emocionó el encuentro inesperado con aquel lugar, tal vez por descubrir en aquella diminuta plaza y su entorno, el espíritu cálido y cercano de una aldea, perdido en medio de una gran y moderna ciudad.  Notó como la gente, que estaba sentada en sus bancos, disfrutaba la placidez de aquel lugar tan alejado de las prisas, el tráfico, el bullicioso devenir de tan sólo unas calles más atrás.  Así deben sentirse los nómadas del desierto al descubrir  un oasis, pensó mientras descansaba en el borde de la pequeña fuente de la plaza, junto a su hijo adolescente.  De inmediato se sintió integrada a aquel momento, por finos hilos de quietud.  Observó a su primogénita y su padre, quienes sentados frente a ellos, conversaban dulcemente, disfrutando  del único espacio disponible; un banco de madera que compartían con  un desconocido que leía un libro sin título, ajeno a todo.  Se sonrieron desde lejos, mientras el hijo  le comentaba, casi al oído, algo gracioso sobre el  asombroso parecido entre su padre y su hermana: fíjate mamá, parecen la versión másculina y femenina de una misma cosa, concluyó divertido. Fue entonces cuando una vaga  plenitud les tocó, por un instante fugaz, el alma.  Fueron felices aquel pequeño instante.  Ella está segura de ello porque, en sus horas tristemente imprecisas, hace uso de momentos como ese. Saca del arca sagrada de la memoria, los detalles inmensos, portentosos, de las  brevísimas alegrías.  Lo hace porque ella sabe que la felicidad es tan volátil, tan juguetona, que le divierte hacer que nos olvidemos que está allí, justo en medio de las pequeñas cosas: una plaza testigo de la complicidad compartida de una hija y su padre, un hermoso adolescente que disfruta a tu lado del caer de la tarde, estar juntos sin más… en lugares que sólo el amor sabe.


©Isabel Expósito Morales

miércoles, 26 de octubre de 2011

DÍA 51. A FABIÁN

Te quiero ave, te quiero pez, te quiero agua .
Flor en el camino, paisaje despierto.
Te quiero gigante, te quiero pequeño.
Fuerte pero tierno,
jinete y caballo,
capitán de un barco,
marinero blanco, 
corcel en las manos
azules del aire.
Te quiero en silencio y a golpe de versos.
Dulce, vivaz, mordaz, plácido, ácido,
azul, amarillo, rojo, verde,
tal como eres,
como quieras ser.
Como te quiero, quiero que te quieran,
más allá del nombre de las cosas.




©Isabel Expósito Morales

lunes, 24 de octubre de 2011

DÍA 50. ALGO PERDIDO

Ayer,  mientras llovía, encontré un papel doblado dentro de un libro que  no recordaba  haber leído.  Al abrir sus tapas, me detuve –sorprendida– en la dedicatoria y entonces todo cobró sentido: aquel trozo de ayer, resumido en una hoja de papel de un amarillo viejo, había sobrevivido entre las páginas de ese poemario de autor desconocido que descubrimos juntos la tarde en que dejamos constancia en la piel de que estábamos enamorados para siempre y que, poco después, me regalaste. Sí, el hermoso poemario que había dado por perdido. De tal forma estuvo extraviado en el pasado, que se me habían olvidado por completo: tarde, libro, poemas y dedicatoria. Tuve trazas de miedo, expectación y alivio, mezcladas con esa amalgama de deseo contenido que hacía tiempo no me visitaba. Alargué el tiempo cuanto pude, atrasé lo que aquella combinación extraña de sentimientos me permitió. Retuve el momento de desdoblar aquel pretérito papel para colocarlo, en toda su extensión, sobre el presente. Busqué el momento propicio; tú ya habías marchado a la oficina, con prisas, como siempre. Los niños ya no lo son y estaban instalados en las horas de su propia vida. Acomodé mi interés sobre el sillón, ese territorio tuyo donde yo no tengo cabida cuando, todos los días, nadas en el periódico. Al leer, sin premura, lo que el tiempo y tú habían dejado escrito en él, un amago de lágrima se avino a mi mirada. Es por eso que te he escrito esta carta. Pienso dejarla doblada entre las páginas del periódico del día, que colocaré sobre el territorio del que, sólo tú, eres dueño; ya sabes, el sillón orejero. Lo hago con la ilusión de que me encuentres y de que, al hacerlo, te haga tan feliz como a mí, recordar de donde venimos.
















©Isabel Expósito Morales

sábado, 22 de octubre de 2011

DÍA 48. COSAS DE FAMILIA



–No, no es así… Estás equivocada, mamá.  La vida no es como me la cuentas  –dijo la niña que aún vivía en ella.

–¿Y tú qué sabes? –le respondió la abuela que aún no era, con evidentes signos de estar ya de vuelta, mientras la nieta por venir, se aproximaba muy lenta y consecuentemente a aquella sabia y arcana inexactitud de las cosas.



©Isabel Expósito Morales

jueves, 20 de octubre de 2011

DÍA 47. AQUELLO


     El tema siempre había pasado por tu lado sin que despertara en ti la más mínima curiosidad. Muy por el contrario, una indiferencia radical te hacía saltar –como si no existieran-, las páginas de los periódicos donde se anunciaba un avistamiento, un suceso de luces desconocidas, caras dibujadas por el más allá en paredes ajenas, en fin; todo lo que llevara el título de paranormal.
     Pero allí estabas, con un gesto de alivio dibujado en los ojos, bajando por la carretera de la cumbre de una isla tildada como mágica, disfrutando del  goce de unas esperadas vacaciones.
    Ver el mar allá abajo, con un sol a punto de caer redondo al agua, despertaba en ti aquella sensación de plenitud, intensa pero efímera porque nunca se queda más allá de unos segundos, con suerte unos poquísimos minutos.  Miraste a Irene, tu mujer, sentada a tu derecha.  Ella trataba de resolver, en ese momento, conflictos venidos del asiento trasero, donde tus hijos, inventaban su propia guerra sin consecuencias.  Aquella sensación tan agradable como volátil aún estaba allí, por eso tocaste su mano, en un intento de que ella se embarcara contigo en la misma emoción.  No sé si tu mano y la suya aún se tocaban cuando, unos pocos segundos después, Irene señaló hacia el horizonte preguntando qué era aquello que alcanzaba a ver cerca de las nubes, a la izquierda.  Tú miraste hacia  donde  ella te indicaba pero solo alcanzaste a percibir que el sol estaba a punto de sumergirse, mientras atrás los niños, ya tranquilos, cantaban canciones de escuela.
     Irene gritaba insistente y emocionada: ¡mira, mira, allá! ¡Imposible que no te des cuenta!. Tú buscaste –conmovido por el latido de tu corazón golpeando fuerte– lo que el dedo índice de tu mujer señalaba.  ¡Un barco, es un barco lleno de luces!, sentenció Mabel desde la inocencia de sus seis años.  Sí, allí estaba.  Al fin lograste verlo pero, desde tus pies sobre la tierra, descartaste aquella posibilidad inmediatamente:  aquellas luces estaban demasiado altas para tratarse de un barco.
    Irene te ordenó que detuvieras el coche a un lado de la carretera.  Ella miraba hacia el cielo con avidez, mientras tú descubrías en su rostro la mirada de asombro adolescente con la que te sedujo en otro tiempo, cuando aún no era tan difícil sorprenderse y el mundo –la vida interminable y plena- estaba llena de motivos y sorpresas.
     Decidiste darte tiempo para mirar, con detenimiento, aquello: una luz bailando intermitente entre las nubes.  Una luz demasiado extraña para desterrarla, demasiado insistente para olvidarla, y además, allí estaban tu mujer y tus hijos suspendidos en el sabor del desconcierto.  ¿Cómo podías ser inmune a todo eso?
     Irene anunció que definitivamente aquello se trataba de un ovni. La luz continuaba danzando alrededor de la nube, apareciendo y desapareciendo a intervalos cortos, más largos, más cortos.  Para entonces, ya estabas detenido en el movimiento circular de lo desconocido, de lo que no tiene nombre, más allá de la simple belleza. Sí, tú ya estabas abierto a la textura de un miedo nuevo: el miedo a que aquella luz se desvaneciera y se llevara, con ella, la sorpresa en los ojos de Irene y la tuya propia, de verla. Sé que quisiste detener el tiempo, prolongar aquel instante cuanto pudieras, que los ríos de tus venas se alargaran para que nunca se detuviera aquella corriente cálida de adrenalina.  Pero, muy a tu pesar, la vida -perentoria- te dejó caer de bruces hacia ella.  Estaba a punto de romperse aquel encanto donde no tenía cabida ni tu vieja indiferencia ni la apatía recurrente de Irene. La ilusión se empezaba a desdibujar en sus ojos, al tiempo que aquello estaba a un segundo de tener un nombre.  Quisiste detenerla, gritarle que no deshilara la madeja  pero ya era demasiado tarde.  ¡Mira, mira, pero si era la luna... ! No Irene, no, no, es un ovni, mira como se mueve, dijiste, tratando de engañarla.  Qué va, sí, sí, ahí está, clarísimo, es la luna jugando con las nubes.  Sólo eso.

Fue entonces cuando  yo, aquello, que los había  unido a la ilusión unos breves instantes, terminé cayendo al agua; el agua de una lágrima: la tuya.



De  Derroteros, 2011  ©Isabel Expósito Morales
     

miércoles, 19 de octubre de 2011

DÍA 46. HIJA

Por el camino azul que olvidó los almendros,
allí donde camina el agua quieta,  donde nunca es invierno
y las esquinas sueñan,
construimos la casa tras un muro de piedra .
Sin detener el viaje, reposamos las cargas a salvo del olvido.
Yo llevaba, en el lugar más tibio de mis cuevas, a la hija:
la que tú adivinaste al mirar mis océanos.
La forjamos un día con el brío del viento,
sobre un mar galopado por caballos de fuego
y allá, tras aquella muralla infinita,
vimos en ella tus ojos y mi frente
y su inédita luz serpenteando vivaz por los rincones.


©Isabel Expósito Morales

martes, 18 de octubre de 2011

DÍA 45. COLECCIONISTAS

Como cada mañana,  apenas hubo asomado el primer amago de sol, los dos viejos amigos salieron a dar el diario paseo matutino. Esta vez caminaron hasta  el final del barranco, al oeste del pueblo. Corroboraron, con alegría, que pronto nacerían las primeras ciruelas en los huertos de Juan. Después,  alcanzaron la cima donde a uno de ellos le encanta hundirse en la hierba y al otro, instalarse en la contemplación de la mañana, mientras se posa lentamente en las ramas de los árboles y cómo va entrando con sigilo por las ventanas, allá a lo lejos. De regreso a casa, dieron un pequeño rodeo para acercarse al prado donde habían visto aquella hermosa mariposa azul de ribetes claroscuros. Allí pasaron largo rato, ocupados en la búsqueda de aquella visión que tanto les había impactado el día anterior.  La buscaron con los ojos en cada flor, sobre la hierba, tras los rayos madrugadores del sol de cada día.  La mariposa ya no estaba.  Ambos concluyeron –sin rastro de amargura– que  se había ido para siempre. Aquel pasado encuentro con ella había sido el primero y el último.  Y con esa idea dibujada en sus mentes, el olor de la hierba pegado a la piel y la luz del amanecer metida en los ojos, llegaron a casa . 
Las horas corrieron, el sol fue cayendo. Más tarde, en medio de la soledad de la noche, ambos –perro y amo-, Juan y Trueno,  comprendieron que el recuerdo de aquella mariposa y sus colores, ya les pertenecía; era enteramente de ellos. Resoplaron de satisfacción que es como resoplan los coleccionistas de momentos efímeros cuando atrapan uno. El descubrimiento de los colores de aquella mariposa formaría parte de su colección de encuentros. Esos que pasan una vez en la vida. Por la mañana, bien temprano, saldrían juntos en busca de otro.
©Isabel Expósito Morales



sábado, 15 de octubre de 2011

DÍA 43. TE INVITO

                                                     


Te invito a dibujar pájaros imposibles,
amaneceres erigidos en púlpitos de luz,
desperezándose
:signos de oficio de inmensidad.


Pincelemos la hierba primaria,
moldeemos la tarde color adentro;
campo abierto
lleno de nombres y palabras.


Crucemos todos los abriles,
acariciemos todos los septiembres;
bajo la lluvia o sobre las vendimias.


Pintemos el gran viaje
que yo dibujaré,
terciopelos fugaces en tus ojos centauros,
sobre el agua





©Isabel Expósito Morales



             

jueves, 13 de octubre de 2011

DÍA 41. HOGUERA


Eché al fuego las últimas recetas
sobre divagaciones, nieblas y otras tumbas.
Atrás quedaron todas,
bailando con la ausencia
y sus desvestidos amuletos.
Quemé el resto de las fórmulas
y me tendí en los extremos de las horas,
sin más unión que algún retrato.
Ahora habito a la sombra de un jardín
donde re-uso la memoria
en una exaltación de mariposa.

No emplacé este día en los almanaques.
Hasta él sólo me trajo la demanda de luz
: no hay más rehén, no hay más efecto





©Isabel Expósito Morales

De Isla Absoluta, 2005