martes, 26 de noviembre de 2013

DÍA 564. LA CITA






Llegó a la cita a la hora prevista; unos minutos antes del ocaso.  Esta vez, la tarde la percibió de plomo y, extrañamente, el paisaje se le antojó lejano, como si no le perteneciera.  Se bajó del coche y apoyado en el capó, se dispuso a esperarla, mientras intentaba olvidar aquella inquietud sin nombre que le susurraba.  Al aguardar, quiso entretenerse observando el movimiento acompasado  que parecía surgir de las ramas de una acacia cercana. Por un rato se dejó llevar por el ritmo que la brisa  intermitente  le regalaba al árbol, hasta que su mirada se entretuvo unos instantes en el turbio reguero que dejaban  ínfimos hilos de agua al pasar por las grietas de aquel suelo seco y viejo, al borde del abismo.  Aquello lo mantuvo ocupado unos minutos.  No sabía cuántos.  Miró el reloj y el horizonte, casi a un mismo tiempo, y entonces, lo que vio le hizo entender que ella jamás llegaría a aquella cita.  Lo supo con certeza de clarividente: lo que siempre había buscado ante el espectacular escenario del crepúsculo, no vendría.  La tan codiciada paz que su espíritu ambicionaba, no acudiría a la cita, al menos aquella tarde.