sábado, 13 de diciembre de 2025

Una lectura de FUERA DE LUGAR (DÍPTICO DEL OASIS) de ACERINA CRUZ

 


EL DESAJUSTE COMO LUGAR POSIBLE

Isabel Expósito Morales



En Fuera de lugar (Díptico del oasis), Acerina Cruz (Editorial Palabras al límite, 2025) construye un espacio donde la luz turística y la memoria personal se tocan sin encajar del todo. El libro abre un oasis que respira, un territorio de arena donde la infancia aprende a mirar desde detrás del decorado, allí donde las postales brillan y, al mismo tiempo, se agrietan. Ese lugar, a medio camino entre lo real y lo fabricado, se convierte en un pequeño laboratorio íntimo donde la autora observa lo que permanece aunque todo parezca pensado para desaparecer.

     Acerina escribe desde un borde: la orilla de un hotel, una piscina que multiplica reflejos, unas dunas que brillan mientras el viento borra cada rastro. Desde ahí transforma lo cotidiano —una Barbie embarazada, un nudista cubierto de arena, un vendedor de toallas, un niño que parece aburrirse del sol— en escenas que revelan algo más profundo. No se trata solo de describir, sino de acercarse a esa extrañeza mínima que convierte lo trivial en señal.

     En el primer libro, Si la arena resiste, el espacio turístico funciona como escenario de aprendizaje. La infancia aparece como una zona porosa, vulnerable, donde mirar es ya una forma de entender que el decorado no alcanza para sostener toda la realidad. La piscina, el hotel, el sol inagotable: todo está ahí como una superficie que esconde su propio desgaste. La poeta acompaña ese descubrimiento con una voz contenida, clara, que ilumina sin subrayar.

     La segunda parte, Fuera de lugar, vuelve la mirada hacia dentro. Aquí el paisaje se vuelve más emocional: crecer implica desmontar la postal, aceptar que el hogar no siempre coincide con lo que se había imaginado, caminar entre restos y deslumbramientos. La voz se afina sin dramatismo, pero sí con una conciencia más nítida de que la desubicación no es un accidente, sino un modo de estar en el mundo.

     Uno de los aciertos del díptico es la tensión que crea entre dentro y fuera, entre lo luminoso y lo que se quiebra debajo. La autora trabaja con pequeños detalles —la arena, el agua, los reflejos, las huellas— para construir una escritura que no necesita elevar el tono para dejar marca. La identidad móvil, la observación constante y la memoria que persiste incluso cuando el paisaje cambia, van tejiéndose sin estridencias.

     Fuera de lugar es, finalmente, un territorio al que el lector entra casi descalzo. La poesía se despliega en el espacio entre lo que se ve y lo que se recuerda; en ese desajuste que a veces duele y a veces libera. Lo que brilla también hiere, lo que se aleja deja rastro, y lo que no encaja se convierte, paradójicamente, en el punto donde la autora halla su verdad. El libro nos recuerda que crecer quizá consista en eso: en aprender a mirar desde el borde, incluso cuando el borde es el único lugar posible.

 








jueves, 11 de diciembre de 2025

LA ARENA COMO PENSAMIENTO: mi lectura de Arena-s, poemario de Carmen Paloma Martínez

 

LA ARENA COMO PENSAMIENTO:

VIAJE HACIA EL FONDO DEL FONDO

Isabel Expósito Morales

 




En Arena-s, último poemario de Carmen Paloma Martínez, la autora compone un paisaje donde la materia —arena, polvo, sílice, fuego— se convierte en una forma de pensar. El poemario avanza desde lo físico hacia lo simbólico, y de ahí a una reflexión más amplia sobre el tiempo, la pérdida y aquello que queda cuando casi todo se ha deshecho. La arena es aquí, más que un motivo; un lenguaje.

     El libro se estructura como un recorrido. En la primera parte, los poemas se detienen en lo orgánico: cuerpos que se hunden o emergen, superficies que guardan huellas, texturas que rozan la piel. La voz poética observa esa materia con una mezcla de cercanía y extrañeza, como si en cada grano de arena hubiera un secreto mínimo que vale la pena descifrar. En estos poemas iniciales, la autora transmite una sensación de búsqueda lenta, de contacto con algo que se resiste a fijarse del todo.

     En las siguientes secciones, los poemas se vuelven más secos, más cortantes. El desierto y el fuego son ahora los elementos que sostienen la imagen. El tono se intensifica, y muchos de los textos adquieren un carácter casi de revelación. Aparecen referencias a migrantes, a territorios castigados, a cuerpos perdidos en lugares que no ofrecen refugio. La autora introduce estas realidades sin subrayarlas, dejando que entren en el poema como parte natural de la erosión que recorre todo el libro. El resultado es un cruce interesante entre lo íntimo y lo colectivo, que aporta densidad a la lectura sin abandonar el hilo lírico.

      Los últimos apartados reúnen conceptos como silencio, expolio, ceguera, polvo, fantasmas. Aquí el poemario se adelgaza: la voz se hace más  contemplativa, como si solo quedara la respiración final de la materia. El silencio no es vacío, sino residuo. Lo que resta cuando ya casi no quedan palabras.

     Una parte esencial del andamiaje del libro está en sus epígrafes, que no aparecen como citas ornamentales sino como señales que acompañan el tránsito. Barbery, Heidegger, Einstein, Cadenas, Lao Tse o Murakami, entre otros, forman un arco de referencias sorprendentemente cohesionado: desde el pensamiento del origen y la materia hasta la reflexión ética y el paso por la tormenta. Cada epígrafe abre una puerta y precisa el tono de la sección que encabeza, de manera que el poemario se sostiene no solo en sus imágenes sino también en un diálogo continuo con ideas que apuntalan su recorrido. Gracias a ellos, Arena-s puede moverse entre lo místico, lo físico y lo histórico sin perder hilo interno.

     En este recorrido general hay un poema que actúa como eje interno: Escarbo en el fondo del fondo, acompañado por un epígrafe de Lao Tse. En él, la autora realiza un movimiento decisivo: ya no observa la arena desde fuera, sino que desciende hacia lo que oculta. Este gesto cambia el tono del libro. Introduce una profundidad que no es solo filosófica, sino también emocional. A partir de ese poema —y gracias a él— la arena deja de ser únicamente símbolo de desgaste para convertirse en una especie de origen posible. Es un texto central porque ofrece un punto de apoyo desde el cual releer todo lo anterior y lo que vendrá después.

     Uno de los logros del libro está en su imaginería. Carmen Paloma combina elementos minerales, biológicos y míticos de una forma poco habitual. La sílice como resto de un tiempo remoto, el fango como materia que une, el fuego como prueba, la ceniza como aprendizaje. Sus poemas suelen partir de algo concreto para luego abrirse hacia una reflexión más amplia, sin abandonar del todo su raíz física. Este equilibrio, cuando funciona en su cima, produce versos de notable fuerza y crea una atmósfera que sostiene el conjunto.

    El poemario también asume ciertos riesgos. En algunos textos, la acumulación de imágenes o de términos técnicos puede generar una densidad que exige un ritmo de lectura más pausado. Arena-s tiene tal  intensidad sostenida que, en ocasiones, deja poco espacio para la respiración o para un cambio de registro. Aun así, estos momentos no restan coherencia al conjunto; forman parte de una apuesta estética que reconoce la importancia de la repetición y la insistencia como modos de pensamiento.

     Arena-s es, en su esencia, un libro que combina ambición conceptual y sensibilidad material. No busca la claridad inmediata ni la anécdota; prefiere el territorio más difícil de la metáfora que nace de la propia materia. La autora escribe desde la arena, pero también contra ella: mira lo que erosiona y lo que salva, lo que se borra y lo que permanece como un eco.

    Al cerrar el poemario, queda la sensación de haber atravesado un espacio que no es solo geográfico y simbólico, sino también emocional. Un lugar de despojamiento, pero también de conocimiento. La tormenta final —la de Murakami— no es tanto una referencia literaria como una manera de nombrar esa prueba silenciosa que recorre todo el libro: una transformación que no hace ruido pero deja marca en la mirada.